lunes, 21 de enero de 2008

Estaba embarazada desde hacía cuatro años, pero su metabolismo era lento por lo que apenas se diferenciaba el bulto incipiente de un malestar estomacal o una constipación leve. Lo había anidado entre la parte dorsal de sus riñones y los intestinos, a veces asomaba y luego reculaba, ya consiente de que era mejor guardarse de ese mundo y de esa tierra. Por supuesto no podía hablar con nadie de esto, era embarazoso por definición y mantenía oculto su estómago bajo pliegues de telas orientales y colores transparentes. Hacía cuatro años que pateaba en la parte baja y se mecía. Gustaba ser madre de una idea, de una imagen que aguardaba por ser descubierta y tomar vida propia. A veces la odiaba, era el espejo que no dejaba traslucir el chato perfil de moda y entonces esa curva dejaba de ser la esperanza de un después luego de tanta holgura, para volverse el temido enemigo de la noche y la fiebrina atacando de nuevo.

La criatura se mecía más que nada cuando se relajaba y le daba tiempo a expresarse, después de cuatro años no esperaba que saliese, estaba ahí adormilada y no conocía manera de revolverla. Conseguirle un padre era una puerta de salida, pero temía ser olvidada pronto y frente al anónimo ser de extremidades lánguidas y formas caricaturescas, advertir su mal desempeño de madre, su ignorancia y dolo. No había manera de evitar el pasaje de la infertilidad absoluta a un embarazo inmediato, en esa inquietud vivía con la certeza de haber perdido antes de su propio nacimiento lo que caracterizaba su sexo, porque su sexo había abandonado la cualidad de amparo, la propia definición de su existencia. No era importante, debería reinventar o crear otra función, no era grave, era cultural, pero más allá de eso la técnica quedaría y ese eje como condicionante la volvía susceptible, frágil, ¿inútil?
Todo había comenzado cuando los años aún se contaban en dos dígitos y la música recién empezaba a enrolarse sobre sí misma, a recrearse. Habían pasado unas Fiestas de Fin de Año repletas de dulces promesas y frasecitas que coleccionaba en tarjetas y postales. Pero nada había cambiado y el invierno apareció con el furor del viento helado y un infrecuente paisaje gris. Los ojos de los hombres de la ciudad no estaban preparados para una huida del sol tan dramática, pero al mes de la estación más húmeda ya conocían el sistema y hasta les pareció bonita la vista sobre el río de las nubes cargadas y las banderas en un flamear violento.
A Julio lo había conocido en esa época, una noche mientras entraba en la sala de un cine con las luces encendidas. Ella había llegado temprano, observar la gente se había convertido en una obsesión repetida en cafés tomando una lágrima sola o en las aulas atestadas de gente de su facultad. Lo había reconocido pronto y jurado en su atuendo la concreción de un amor eterno, una nimia intuición de mujeres hecha proyección. Tal vez su forma de mirar intrigada, los ojos alisándose en el esfuerzo de divisar un asiento conveniente, las ropas holgadas y el porte fuerte, infinitamente alto. Olor a hombre evaporado de su piel casi transparente.
Sabía de sus poderes, pero parecía que solamente funcionaban cuando se disponía a seducir a un hombre. No era especialmente hermosa, pero sabía llevar su cuerpo delgado y en el conjunto al observar más en detalle sus facciones y la musicalidad del movimiento en las manos y en los ojos convertía sus bajezas en cómodos huecos donde los hombres creían reposar largamente, por lo que luego de un par de encuentros se convertía en un objeto preciado, una membresía que le permitía absorberlos hasta vaciarlos. Su mente deseó tanto ese hombre del cine que por supuesto se sentó en el asiento vacío al lado suyo, no por haberla visto, simplemente por ser la sola butaca central vacía de la sala. El tinte rojo de las paredes se volvió purpúreo y luego negro y la película un simple gesto de hipnotismo febril que diluyó cualquier comunicación entre ambos. Entre capas de sonidos, por momentos se volvía a mirarlo de reojo, pero él no prestaba atención más que a la película, los ojos atraídos por una trama austera pero de excelente puesta y entonces la genialidad de algún autor se convertía en montaje para los amantes del cine.
Cuando se encendieron las luces y los títulos corrieron a la manera tradicional de abajo para arriba sintió por primera vez en la noche la mirada de él sobre su cuello, sabía que la languidez y finura de esa parte de su cuerpo siempre resultaban atractivas por el cabello recogido y el peinado alto. Su mirada de rimel y delineador observó unos ojos verdes trigo, una tonalidad de intenso glauco desprovistos de la liviandad de los iris cristalinos o del brillo suspicaz de los bellos ojos oscuros. Tenían toda la fuerza y energía de un verde de prados salvajes, la discreción inglesa de un mirar a la vez despierto e impasible. Tocarse en la mirada fue una tensión casi insostenible, muchas veces le pasaría lo mismo, la necesidad de buscar aire en otras visiones.
Caminado por los pasillos de la sala se volvió para confirmar que la estaba siguiendo. Alguna vez había deseado ser víctima de un hombre al que amara, para que en ese desenfreno no pudiera reprimir ningún acto; tener la causa que justificaba la rotación del mundo para algún idealista como la excusa firme para dejarse hundir. Lo que resultó fatal fue que hacer el amor con él se convirtió en una experiencia casi mística, una elevación espiritual que acompasó la sospecha de una universalidad extraña en ese cuerpo. Se empezaron a mezclar en su cabeza de noche y con los ojos abiertos escenas de sus anteriores amantes, los deseos hacia alguna mujer; y, cierta noche, luego de mucho alcohol y alguna otra cosa, vio en su cara un sexo desconocido, lo imaginó mujer y con vestido, sitió en su boca el sabor de unos labios femeninos por el rojo encendido de la boca de Julio y fue feliz.
Detenida mirando la cartelera se le acercó, ella fumaba un cigarrillo con ojos ausentes, se diría que en realidad pensaba en lugar de retener títulos o interesarse por filmes próximos. Algún comentario de acercamiento, esa clase de preguntas que son inicio de acciones, las palabras en busca de un contacto, la violencia de su irrupción hasta el leve rojo de los pómulos de ella.
- ¿Fuego?
El café duró tres horas y cada vez duraba más, él hablaba de estudios sobre culturas primitivas y las imágenes de alguna tierra inmemorial eran contadas desde el ardor de sus ojos que ganaban cada vez más espacio en el salón, abarcando las mesas vecinas, tapando las mozas de negro y la barra azulada, el tono crepúsculo de las paredes y el techo. Comenzó a bailar alguna danza tribal rodeada de gente de negrura compacta, un baile desenfrenado con el gusto del ritual burbujeando en su sangre y los viajes mentales en las noches de fiestas electrónicas parecieron de pronto infantiles espejos, montajes en blanco y negro de un rito mucho más complejo. Él le mostraba las fotos de sus inicios, las sacaba de una cartera marrón que estaba dentro del bolso, actualmente prefería hacer cosas más artísticas, pero su interés por culturas distantes no había variado. Y ahora, otras fotos eran el único lazo que los conectaba. Después de tanto tiempo ni una sombra de amor podría sentir sobre su cuerpo; ternura, simpatía lejana, pero la necesidad imperial de ver esas instantáneas que nunca había tenido ante sus ojos.
El trayecto hasta el hotel se convirtió en un pedazo de la ciudad sacada de algún libro clásico, el entusiasmo y la fascinación virgen que había provocado una zona geográfica ya antigua y habitual, con toda la novedad que había adquirido por esos años también fin de centuria, pero de otro siglo, refulgentes por el conglomerado de gente, las luces artificiales y el anonimato, años en que la regla pasaba de ser vecino a total desconocido.
Las calles se iban apareciendo con la naturalidad de la vista, se abrían nuevos pasillos a cada paso y entre árboles agigantados por las sombras y zaguanes vacíos o con grupos de chicos trasnochados, caminaban despacio abrazados como lo harían siempre, felices de tenerse al lado, con la justa satisfacción de quien ha encontrado la persona que cabe perfecta en ese brazo. La voz de él se volvía más grave recostado en la cama, y contaba mil cosas, se acostumbraron así y ella lo oía con los ojos asombrados y la piel erizada, a veces sólo quería que le hiciera el amor y siguiera hablando con esa voz que la traía de vuelta a alguna fantasía de la primera infancia. No importaba qué dijera en realidad.
Se negaba a creer que había sido su primer amor, un par de años de total fidelidad la había convertido en una novia siempre apasionada y dispuesta, pero encontró en él la falta que en otras parejas se vuelve el engaño, la relación sexual no como mera descarga o acto de amor, sino la pulsión mística, el umbral a lo sagrado sin necesidad de acercarse a teorías milenarias. Nunca se ocupó de tales ditirambos, nada más pensó en la coincidencia de deseos, en la reprocidad desigual de un amante y un amado.

La luna se asomaba entre nubes invisibles en el cielo nocturno, había oscuridad profunda en las calles y el murmullo de la noche a lo lejos anunciaba la hora tardía de entrada a los pubs y a las fiestas. Raramente asistía acompañada a algún lado, prefería armarse compañeros irregulares y poco coherentes y a la mañana siguiente estar triste por dentro, mirarse al espejo y tal vez llorar. En épocas de tranquilidad, cuando ya andaba con ganas de atormentarse, no podía dejar salir sus lágrimas, se quedaban estancadas formando un puño en la garganta que luego descendía hasta el pecho y se clavaba en el estómago, una gran bola fosforescente se anidaba allí y parasitariamente se alimentaba de lo que comía. Solía ponerle nombres extraños, mitológicos o de las heroínas de novelas rosa de su niñez. Después pasaba algo, se enamoraba, conseguía un nuevo trabajo, alguien desaparecía, y la bola se iba, apagada su fosforescencia salía expulsada y moría. La que llegaba después nunca era la misma.
Esa noche de entre semana, aunque inundada de gente por las vacaciones de invierno, no se había prometido ningún escape, sería cine y después cama sola. Pero la irrupción de esa figura, traída de algún tiempo de hombres de clásica apariencia y mirada desafiante se traspapeló y la encontró en el costado opuesto de la cama queriendo irse para mirarse en el espejo a gusto, borrar cualquier signo de la fatal persona final que presentía ya se había convertido esa presencia a su lado. El reflejo venidero desde el techo la ponía incómoda, no se gustaba en esa perspectiva descarada y él ya estaba dormido. Muchas veces había huido en mitad de la noche, buscaba las llaves si las puertas estaban cerradas y después las devolvía a través de la hendija para irse con sensación de extraño vacío hacia su casa, llena del sol de la mañana; agotada solía mirar el reloj, su cara en el espejo, y nada había cambiado.
Con Julio no fue posible irse, estaba aferrada a su brazo tocando con las nalgas sus piernas firmes, encontrando en el cosquilleo de los pelos de esa parte baja una conveniente excusa para permanecer allí. Pero le pasó que, después, comenzó a sentirse vacía de nuevo, los ojos ya no cubrían la densidad abstracta de las miradas de antes, se ensombrecía la voz y le resultaba diáfana, equivocada, queda. Para más adelante se dijo terminaría engañándolo, fue una intuición difusa, de ésas como sentía a montones, muchas veces irrealizables e irrealizadas.
Las lluvias sin tormenta eran más frecuentes en el invierno en esa ciudad en la que el clima subtropical del verano se iba pareciendo más al de una geografía central donde faltara el sub. Y esa era noche de invierno. La lluvia gorgoteonte raspaba la cara con la temperatura cruel de bajos grados y elevada humedad ambiente. Se despidieron tiernamente, recordaría con melancolía esos besos tímidos, la paciencia ancestral que le profesaría y que siempre se propondría alterar, encantada de los choques y de las peleas absurdas.
Pronto empezó a escribir sobre él, pero no por una convulsión orgánica de necesidad de expresarse sino como una manera de tenerlo cerca, de perpetuarlo en infinitas sombras de páginas y devolverle la mirada que cada vez sentía más alejada. Empezó a escribirlo cuando sintió que no duraría para siempre. En toda separación hay una bisagra, la cúspide que devuelve el envión de una decadencia próxima y, mientras, el cuerpo se va preparando para lo que sigue. Ella se armó como pudo, consiguió nuevos amantes, se desprendió de a poquito corrompiendo en innumerables y sutiles actos la ternura de un amor que, sabía, no podría atestiguarla eternamente.

La habitación se iluminaba cuando a su paso iba encendiendo las perillas, no podía aún dominar los miedos de la infancia, letargos de fantasmas la acosaban en crujidos de muebles o en sombras reflejadas en intermitentes flashes venidos de la calle. El piso era alto y el edificio excedía la media, eso le permitía asomarse y ver desde la panorámica un ángulo de la ciudad desconocido por la mayoría. En ese reflotar del viento contra su cara y las luces despiertas y movedizas de los automóviles se dibujaba desde la altura en cada manzana una caja de zapatos, conectada con la otras por prolijas hileras de avenidas y calles.
Prendió un cigarrillo en el pequeño balcón, la brisa con olor a río aledaño al mar le daba en los pómulos encendidos. Le gustaba volver a casa y estar consciente, cuando despierta podía pensar en las cosas que le habían pasado, cuando aún estaba con fuerza como para sacarse la ropa y el maquillaje y no caer en picada olvidada de las horas.
Y ahora necesitaba recordarlo para recuperar las fotos. Fue una controversial velada, la que marcó la decadencia de sentimientos. Quería verse porque sabía que en la mirada que tenía esa noche estaba la clave para vivir el resto de su vida. Reconstruir la historia municiosamente para acercar las pistas que le indicaran dónde podría estar él ahora.
El segundo encuentro se produjo en casa de él. Habían convenido encontrarse en la plaza a las seis de la tarde. Ya era de noche, muy frío el viento y húmedo el aire, pero los niños seguían en las hamacas o corriendo por el césped, armando comida con pasto y jugando a ser grandes y tener familia, casa y esas cosas. Caminaron por los senderos que permitían el paso, él le agarró la mano con decisión y empezaron a salir las primeras estrellas. Los árboles nocturnos daban la sensación de tener los troncos aún más intrincados, enredados en sí mismos, con ramas doblegadas y superpuestas sobre las raíces que sobresalían la hierba y dibujaban un posible banco. Pasaron por un almacén a comprar pan casero y queso y fiambres, y vino.
Entraron en la sala con el Syrah entre las manos.
- Las fotos que hago no muestran nada, son un juego de formas. No hay sentimientos, ni pasión, es puro buscar, pura linealidad
- Pero todo dice, habla, nada es inocente. Está bien, yo sé que escribo y aunque sea primera persona nada de lo que exprese es otra cosa que eso que el lector le pone encima, o si juego con formas es contenido en la media de que un sujeto se aproxima a ellas. Y en tu caso, tus fotos significan o si no lo hacen aún, van a ser decodificadas en los parámetros de nuestra cultura por lo que, lamentable o no, no van a quedar sin interpretación.
- Sinceramente prefiero obviar la instancia de recepción, quiero creer que mis fotos sólo valen para las galerías visitadas a las tres de la tarde por las señoras mayores que salieron del curso de Feng Shui y están prontas para el té. Mientras haya revistas alternativas que publiquen mis fotos y galerías ávidas de material, tengo vino y cigarros y puedo vivir.
- Puede ser... no sé cuál es el límite entre una simple terapia para canalizar emociones y una obra que pueda ser de interés al mundo. Como esas radios en los institutos de enfermos mentales o las poesías de psicópatas, a veces pienso que hago eso, un simple juego y si es así más vale que no publique nunca.
- Publicar es vivir, ¿sabés hacer otra cosa? ¿hay algo que te interese más? Entonces, es empezar a buscar la manera de escribir y hacerlo con seriedad.
- Es lo único que sé hacer, pero no puedo evitar analizar sobre eso. El lugar ocupado hoy por la literatura, su futuro próximo, en un mundo donde más allá de presunciones apocalípticas está lejos de extinguirse, pero que en calidad de tolerancia universal ya no hay preocupación teórica por nada, no existen análisis serios de nada.
El vino empezaba a terminarse y la luz era más tenue después de que la vista se volviera borrosa y los sentidos se aquietaran, el cuarto tomaba una tonalidad más roja, más oscuras las paredes y los objetos. Las luces eran una pincelada ocre en un cuadro fauvista.
Y la alfombra estaba creciendo en espesor, cada vez se volvía más mullida al tacto, más cómoda al cuerpo con sus arabescos intrincados y brillantes, los vaivenes de las curvas del tapizado subían y bajaban siempre en paralelo hasta encontrarse en algún extremo y montarse unos espacios para volver a desanudarse y seguir caminos a veces opuestos entre azules, dorados y granates. Las pupilas dilatadas de él le hicieron sentir su propia dilatación, su mano no podía dejar de jugar con los extremos peludos de la alfombra, en movimiento regular anudaba y alisaba los pelos, el contacto le hacía cosquillas en las palmas y suavemente mecía su cabeza al compás del acid jazz que se esparcía en el aire de la habitación en ecos y suaves ronquidos. Dejaba la copa en actitud abstinente y reanudaba la conversación y el vino, sus muñecas demasiado finas y de elasticidad anormal jugaban en el movimiento de llevarse la bebida a la boca y luego sostenerlo indefinidamente, su seguridad depositada en el elemento y las pestañas largas arremolinadas, extendidas en el reflejo del piso, su propia sombra. El cuerpo de él era gigantesco esa noche y apiñaba encima todas las virtudes de los hombres que alguna vez había querido o respetado, y también acreditaba los perversos defectos que buscaba y ante los cuales se rendía. En realidad, después lo supo, sólo caían en perfecta armonía cuando el tiempo era de ellos y podían pasarse la noche entera, era la comunión más bonita a la que habrían de llegar; el día se pasaba entre tedioso y cetrino, entre discusiones abominables que a ninguno de los dos convencían y en donde parecía que ella estaba siempre a punto de dejarlo.

Al beber alcohol asumía la idea de que se adormecía una parte de su cerebro, no podía dudarlo las palabras se retardaban, el hormigueo de la piel se volvía un poderoso inhibidor de las temperaturas molestas o los efectos medio ambiente estresantes, y la mente se dirigía a caminos neuronales distintos, se despertaban fuegos fatuos en zonas poco exploradas y sobre todo, al contacto de otra piel, la sensibilidad acentuada por una especie de calor amniótico se dilataba en placer. En esa dimensión se movía a gusto y segura, la había descubierto hacía tiempo..., el estómago de a poco aceptó su gusto y su influencia era la mayor parte del tiempo dominada pero sobre todo, y esto era lo importante, previsible.
No había sueño y terminaron por besarse despacio y no demasiado. Después la cama en sombras y pensamientos extraños. El problema empezó cuando a fuerza de escribirlo terminó por percibir que ya no era de Julio de quien hablaba, en su mente las letras fueron dibujando una coloración más profana en sus ojos, un aire más relajado de su persona. Se había permitido introducir en sus discursos frases jamás dichas, espacios nunca frecuentados, en la línea se seguía que ese personaje no sólo existía sino que vivía en esas escenas. Era normal que ocurriera y figuraba entre los riesgos previstos, pero en ciertas actitudes nuevas que iba adquiriendo le pareció ver más un desconocido asomo que lo sucedido entre ambos. La sorpresa se abrió al mirarlo de cerca, cierta noche que lo encontró de casualidad en un bar lleno de gente y descubrir que su sombría mirada y su natural postura rígida no se condecían con la masa uniforme y vagamente romántica del Julio de la noche anterior. Entre un saludo apenas esbozado a lo lejos y su imagen deformada a través de la copa tipo martini se dio cuenta que podría hacer la genealogía de su vida a través de los hombres con los que había estado o amado, y que en realidad eran siempre el mismo, desde su padre hasta el Hombre Final, él que tal vez nunca llegaría y que en esa historia estaría reflejada la suya como muestra de sus acciones, aciertos y torpezas.
Estoy en esos días en nada tiene sentido, no hay referente, las palabras son huecas, sin categorías dónde ubicarlas... encima comienza el invierno, se aplaca la repleta melodía de unas calles cada vez más lejos de las ventanas cerradas, y cuando el día está gris en la ciudad se está más gris que en cualquier parte del mundo y lo tremendo es que hoy la ciudad es la mayor parte del mundo. Allá, en las sierras, los días con nubes dan un respiro a los ojos, la naturaleza adquiere un color más nítido desligado por unas horas de la brillante luminosidad del sol amarillo y las casas bajas generan más y más humo de un fuego místico corriendo desde las tejas al cielo encapotado.
Alejarse de la tierra donde uno nace, tantas veces escrito, tantas veces hablado, el día que sentí en carne propia que todo lo que uno hace o genera (que es lo mismo) deja marcas, que todo plasma una impronta que es necesario convertir en huellas para relacionarlo con otra cosa, para saber de dónde viene, no para dejar de sufrir sino para al menos sentir ese dolor conociendo la procedencia; ese día fue crucial, pero triste porque ya había perdido demasiado. Vivir todo, de modo omnipresente, estirar el globo pero que no explote, extender los límites de las personas... hasta que cansados pinchan y ahí quedo revolviéndome en la cama con dolor de cabeza por haber bebido demasiado y con la culpa original que ya no me causa placer, no más, cuando desmitifiqué su sentido y pasó a ser un gesto de autocomplacencia y nada de descubrimiento. Pero entonces la sierra se renueva para mí, son esos fetiches a los que se vuelve para sobrepasar momentos, la intensidad debiera definir cada uno de mis actos, pero la contradicción entre lo fútil y lo imperecedero se vuelve más profunda cuantos más momentos de quietud encuentro, porque mis pequeños espasmos son felices, la vista magnífica de un río que se esfuma en la brisa alta, luces borroneándose a través del vidrio de una copa de vino, el olor profundo de un cuerpo, un beso inquietante en el cuello, engañar al Hombre... en cada pequeño acto la felicidad se agolpa en sangre que bombea y estalla. El día después, de resaca y temblor, la cabeza es la que late y se expande en ondas punzantes hasta los ojos, ahí y sin calma, soy triste, ni siquiera estoy.
No puedo alejarme de la manera barroca de escribir. Simplemente quisiera huir de mis maneras siempre heterónomas de decir lo mismo, una escritura austera y extraña que no me implique. Julián se fue hace tres noches y el gato se vuelve una furia de maullidos y el dolor de cabeza que sube, Nick Cave de fondo a piano y voz, pero ya no hay más cerveza en la heladera.

Se cuidó mucho de mostrarle su parte depresiva, no quería influir en su visión nada negativo, por supuesto después salieron las partes bajas y pudo sentir que él tal vez se divertía con esos caprichos, o que su inocencia a veces lo fascinaba, pero después de un tiempo buscó atención en otros lados...
Los hombres se le aparecían como algo incomprensible, jamás entendería su cosmovisión del mundo, inalcanzables, de repente sintió que se quedaría sola para siempre. El inconveniente de la escritura no era para ella entonces, buscar cómo describir las cosas, sino darle un marco más autónomo, una serial accional donde transcurriera la historia, “hacer avanzar el relato”, pero Julio se le iba mutando, lo describió demasiado bien hasta que tomó diferentes formas, hasta su amante ya no era ella misma, tal vez fuera su alter ego, pero nunca esa imagen que le devolvía el reflejo o sus mismos escritos autobiográficos. Y para destruirlo no podía ser otro, estaba dando a luz un ser sin haber matado al otro, estaba armando un nuevo fantasma sin haber devorado al viejo.
En el parque de diversiones había elefantes girando alrededor de una torre dorada sostenidos por hilos metálicos, tal vez demasiado delgados para los que debieran soportar un peso de tales características. El lomo era la parte que contenía la cápsula de los asientos, donde personas, divertidas, asomaban los brazos y sus cabezas hacia un aire de verano.
Marco a su lado la escuchaba fascinado, tenía apenas veinte años y la cara rubia inocente, estaba con un libro en la mano, se lo había recomendado cuando después de unas clases de filosofía alemana del siglo dieciocho puedo percibir que se había interesado por el idealismo, ella ya comenzaba a odiar todas esas construcciones teóricas gigantescas, pero le parecía natural una iniciación deslumbrante para después derribar todos esos ideales de un plumazo con el aberrante siglo veinte y su relativismo, ni siquiera pesimismo. Paseaban pero no subían a los juegos, y hablaba nada más que ella. Se repetía la primera escena que los había tenido en su casa, el rol de la profesora y del alumno extendiéndose hasta el escenario incompatible de un parque recreativo.
Tenía los labios rojos y las mejillas un poco doradas por el sol, un rubio de ojos castaños, la variedad más exquisita para sus veinte años aún no cumplidos y la timidez de su pequeña decisión de no acercarse a las mujeres. Ella se reía un poco de su firmeza y le prometía regalarle Foucault para descontracturarlo un poco.
El predio estaba lleno de risas, caramelos de colores y niños con dedos entrelazados al agarre de sus padres. Las pieles sudaban humedad ambiente entre las ramas de los árboles dinamita y los copos de azúcar. Una hierba seca, dura por el calor y las lluvias que escaseaban, resbalaba entre los pies semidesnudos del calzado de verano y dejaba en las pieles un poco de su savia ardiente causada por las temperaturas estivales y la constante fricción de los hombres y sus pasos. Caminaba con la vista dolida, sus ojos se entrecerraban buscando inútilmente ver claro, buscando inútilmente a secas. Porque esa vez no aparecería. Lo cierto es que las veces que se habían chocado en la ciudad era producto de una conexión avasallante y ya no se permitían tales demostraciones. Hoy, por lo pronto, seguramente estaría en cualquier otro lado de la ciudad y, tal vez, con otra mujer entre sus brazos.
¿Podría ella también amar a una mujer alguna vez? ¿Competirlo hasta en ese aspecto? Ahí fue cuando apareció Marco. Las primeras noches de conocerlo soñó que corría por una casa vieja, esas largas y delgadas casas de la inmigración, con pasillos profundos y sinuosos, cobertizos en las tejas y paredes desvencijadas, alambres plateados para colgar la ropa y miradas surcadas de arrugas, frentes ceñidas a los párpados. Tiempo irreal para recorrerla de principio a fin, sólo que esta casa era un barrio o un camino, el pasillo representaba la ruta o la calle, y las habitaciones de los costados, a veces separadas por baldíos en donde miradas indígenas se posaban como estamentos en su cuerpo vagante, eran las viviendas. Tenían las puertas abiertas, las camas destendidas, vacías o con gente haciendo el amor. Perros desaliñados se movían entre vaivenes de cortinas de principios de siglo con el bordado de las abuelas de antes y los manteles cosidos a mano y el olor a estofados baratos y a tierra semi bañada por la lluvia de las ropas tendidas al sol. Recorrer ese laberinto de imágenes era también pasear por los corredores pintorescos de un cementerio de montaña, a la ladera de las sierras de su tierra, donde algún hermano de sangre fulguraba ya hacía tiempo, solía maravillarse ante el silencio sólo interrumpido por el exabrupto de los pájaros en un “úuu úuu”, y los árboles delgados y de verde intenso, luminosos por tardes de cielos totalmente abiertos, cayendo en oblicuo regazo sobre las tumbas en tierra y los prolijos y modestos nichos, de paredes más bien bajas y de largo poco extenso. Una ciudad laberinto, una ruta cementerio, un cobertizo abierto a una huida, o a una persecución, aunque las caras del perseguido o el perseguidor fueran anónimas y ella no podía decidir cuál de estos dos era su rol.
“¿Dónde estaba mi amor? ¿A dónde fuimos mi amor?”. Pero ahora Marco ocupaba todo su tiempo, porque gustaban hacer las mismas cosas, Julio era él del vino y la cama. Pero Marco condescendía su situación de mujer en esa mezcla de fascinación y envidia sana, todos los gustos que en otro momento y otros hombres se volvían esfuerzo y pesar intolerables. Y así se movían. El reflejo nítido y la complementación acabada, aunque sin contactos sexuales. La amistad se cristalizó cuando la regla en su vida siempre había sido volverla agua. Pasaban días juntos visitando ferias y paseando por parques verdes brillantes y callejuelas escondidas de los barrios de casas bajas y lunas colgantes. Parecían hombre y mujer pero nunca ella había sido tan hombre y él tan mujer que como cuando estaban juntos. La gente los confundía y la preciosa pareja de risas fuertes no dejaba huellas en el semblante de ella de la mujer grave de otrora. Su sensualidad era ingenua ahora, se miraba al espejo y pasaba por alto los detalles. A Julio lo mantenía preso en su memoria y solía convencerse de la infelicidad que le propiciaba en el día, aún cuando la noche se volviera tiempo indeterminado y pasaje fugaz a la durée. Igual lo imaginaba enamorado de otra, y se le revolvían las entrañas con el sólo recuerdo de no poseerlo. Se obsesionó con Marco a quien quiso educar, convertir, asimilar, plasmar, violar.
Marco cruzaba todas las tardes hasta su casa y leían juntos, cada uno iba en lo suyo, pero el tiempo se le hacía cada vez más inestable y necesitaba tenerlo adentro.


Entrar en el espacio Marga no fue una rampa, terminó convirtiéndose en esas relaciones que se siguen por inercia. Un despecho frente a la vida y la triste realidad que insistía en ser dura con ella, arrebatarle un cuadro, conocerlo a Marco, uno a uno se iba hilando el cerco que perecería contenerla para siempre, un subtejido del entramado total. Necesitaba un nuevo nodo, distante, para salir de esos contactos y evitar rodearse de personas que siempre traerían el recuerdo de un posible contacto con Julio.
La poca luz del atardecer la despertó enredada entre las sábanas, en su cabeza
había residuos de alcohol pero no un dolor punzante como solía ocurrirle, había dormido lo suficiente como para desenhebrar de su cerebro los velos que el vino y/o cerveza le había traído entre manos. Pero no podía disipar lo acontecido, no podría volver a mirarse en el espejo con la liviandad de las semanas pasadas bajo el sol de una ciudad extraña y las medias lunas ociosas. Se le ocurrió una noche larga, un viaje en auto, pero no podía darle fin a la historia, en una fase temprana del delirium tremens, ahí donde aún no preocupan las adicciones, le pasaba de olvidarse lo qua había vivido. Ensayó reconstruir la noche desde que se miraba en el espejo y se vestía despacio para poder verificar los mínimos detalles, en su cabeza algo le decía que las cosas no habían sido como ella hubiese querido, una afirmación de más, una copa de sobra en la que introdujo sus ganas y las abrió al vacío. Estaba en la casa, con el camisón puesto y solamente pensaba en reconstruir la noche, hacerla aparecer, de puntillas en su memoria, se había despertado con olor a hombre en su cuerpo y sabía que el cierre había sido seguramente un turno de dos horas y la mirada clavada en el espejo del techo. Había incomprensiones que hacían que su vida fuera más desacertada, pero las aceptaba tibiamente, con la cabeza encogida y las manos atadas. Se acordaba del río tempestuoso por la tormenta y las ventanillas del auto atigradas por las gotas de lluvia, un vino terminado en el auto, habían empezado a beberlo en el bar, y era el segundo, y ahora había una mancha en su pollera que indicaba que era tinto y fuerte, especiado y reposado en roble. Pero no había rastros del recuerdo de su lengua entre los dientes, o de cuánto había disfrutado el momento en que él entró en su cuerpo y le dedicó la noche que más acopiaría en toda su vida. Un amor insondable, ella con la mirada siempre vuelta hacia otros velos y nuevas sombras, se le acodaba bajo las axilas buscando refugio, tantas veces había sido ella quien en vastas horas había hurlado pidiendo auxilio. Un quiebre y noches enteras de silencio, para volver a verlo con la distancia y un nervio ausente, aniquilado por el alcohol y la manera tan natural de evadirse del presente no por la sublimación del acto, sino por la ausencia de su sentir, enfocado en vaya a saber qué nuevos gestos, cuáles aparecidos nombres.
Su no memoria la traía de vuelta al presente de su casa y el balcón como inmensidad intangible. Estaba ya oscuro y la soledad de los domingos la hacía voluble a los designios de lo que su mente ya conocía, y a partir de su experiencia reconstruyó una noche que fue maravillosa, no por la compañía o el buen vino y el paisaje urbano de la pasarela en la costanera o el río avasallante, sino por el descentrarse de sí misma y pujar sus manos hacia un cuerpo indeseado, volver a lo nimio, a la vulgaridad de un hombre que no era para ella más que un ser precioso y enlatado.
Todo podría haber sucedido como lo estaba recordando, pero nunca lo sabría, los pasajes de amnesia son filtros por lo que se escapa un pedazo de vida, inevitablemente tendría agujeros negros su marcha por la superficie de esa ciudad. Con Julio no solía sucederle, bebían demasiado, fumaban y se iban, pero guardaba cada momento. La perfecta estabilidad de esos espacios, la intensidad con que gustaba vivirlos los perpetuaba más allá de los enajenamientos infundidos, lograba retenerlo porque era el hogar, estar con Julio era volver a casa. Años antes, lustros después, cada vuelta de su mirada hacia la profundidad de los lugares comunes volvía a tenerlos en el primer momento en que él la miró distinto y ella se sintió radiografiada por los ojos cuya lupa designaría cómo comportarse el resto de su vida. Sólo momentos y sólo palabras, que mutan y adquieren en el tiempo nuevas significaciones, no por una evolución de la lengua sino porque el tiempo las amolda a una evocación imperfecta que las contornea para volverlas más digeribles, nunca las ofensas duelen tanto al instante del repaso, son simplemente ofuscaciones perdonables.
Nadie vio esa traición, sólo fue entre ellos un discurso en metáfora que nunca pudo adquirir las palabras de disculpas de ella y las de redención de él. Un discurso es fácil de soportar, más aún en la distancia.
Las excusas del final fueron muchas, por debajo el miedo.
Página 21 y ya se dilucida el final, de cualquier manera y en cualquier momento, por la intensidad de los acontecimientos, era natural que sucediera.
El timbre sonó insistente en la casa. Era su alumno de filosofía de los jueves, siempre que bajaba a abrile la puerta de entrada del edificio le parecía notarlo algo incómodo. La esperaba en el zaguán con los libros apretados contra su pecho y la cara iluminada por la emoción o las luces. Ella casi siempre estaba en falda y musculosa ajustada; su andar era femenino e incitante, pero no había provocación violenta en sus ademanes. Traía encuadernaciones introductorias a Kant y Hegel bajo el brazo y no paraba de esquivar su mirada: se concentraba en las ventanas, los cuadros, los libros de los estantes. Se sentaba despacio en la silla que ella le ofrecía y la enfrentaba y abría su cuaderno de anotaciones, en su cabeza aún resonaba la teología de San Agustín y Tomas de Aquino en lecturas de terceros. Eso implicaba una doble complejidad, pasar de un idealismo teológico a un idealismo metafísico y pasar de lectura de tercera a los autores en sí.
Como profesora no era apasionada al hablar, al menos no al principio. Intentaba introducir al alumno en los senderos filosóficos de manera rítmica. Para envolverlos, al comienzo, no arremetía con esa violencia que puede resultar muy interesante en algunos profesores, quienes, desde la primera clase dejan deslumbrado a su auditorio. Iba en pausas, creando el misterio, anidando un clima que se reproducía en ecos en el cerebro de sus receptores. Masticaba despacio los temas resaltando sus conflictos, las puertas condenadas, sus posibles salidas. El escape en filosofía es impensable, hay una muralla infranqueable que es la muerte, cuyo guardián es Dios y en donde todos los pensadores de la historia (filósofos) dan vueltas en círculos. Curiosa imagen, todos ellos tomados de la mano, con mochilas inmensas en sus hombros donde descansan construcciones teóricas, en círculo, como infantes jugando y cantando alrededor de un pozo ciego, que es pared, puerta y encierro.
Estaba siempre un poco bronceada y las pestañas largas se alzaban cuando enfatizaba alguna palabra. Su voz introducía a la dialéctica y a veces parecía que se volvía más suave, áspera pero cálida, y Marco no lograba reconocer si emitía sonido alguno o las frases iban entrando por osmosis, a través de sus capilares dilatados.
Lo reconoció en seguida. Era un chico ambiguo y cuidaba mucho sus modales, era un precioso chiquillo de buena familia, excelentes costumbres y caballos en casa. Lo imaginó montado y jinete mientras citaba a algún filósofo y se sonrosó. Le pareció divertido jugar un poco con él, buscaba otro rol para ella misma. Verse de pronto arremetiendo a un muchacho un lustro más joven y, en tales circunstancias, su papel se duplicaba porque no era del estilo de su preferencia. Lo arengó despacio, casi sin dejarse notar le fue hablando de ella misma y de sus cualidades.
Era débil y no podía decidir cuánto en realidad le atraían los hombres.
Sonó el timbre, insistente, en la casa. Era domingo, ella le daba clases los jueves por la tarde, pero necesitaba prestados unos libros para el examen del martes. Llevaba un camisón corto, con los hombros desnudos como siempre, pero con desconocidas transparencias.
- Perdoname Marco que esté en este estado. Estuve mal del estómago todo el día y no me vestí en ningún momento. No tuve fuerzas para nada.
- No, está bien, disculpame vos que venga a esta hora, pero son muy caros estos libros como para comprarlos y pensé que
- Me parece genial que estés acá, yo misma me ofrecí, lo recuerdo – Estaba
tomando vino, le contó que en pocas cantidades lograba anestesiar el dolor y le convidó una copa. Él estaba rígido, tomaba rápido y no lo disfrutaba. Tenía la verborragia de las noches en las que se bebe demasiado alimentada por un ocaso en el que decidió seguir en sintonía con el vino, porque no había sentido punción en su cabeza, porque el dolor en su estómago era viejo compañero y no podía culpar al alcohol de ese daño. Aún no había perdido la razón, era conciente de que estaba seduciendo a su alumno y si bien no había Institución de por medio que la sancionara, en su mente sabía que estaba presionando la situación a un límite en el cual él salía corriendo o ella lo echaba de su departamento sin los libros en mano.
Le agarró la muñeca y se llevó la copa de él a su rostro, la olió unos instantes y luego la colocó en sus labios, dejó reposar largo rato el cristal y Marco vio como su lengua absorbía el líquido. Cuando le devolvió la copa, la miraba absorto. Se dio cuenta de que era virgen y se excitó enseguida. Le molestaba un poco que hasta las perversiones fueran tipificadas, tan naturales: su cara de ángel, la ambigüedad, su condición de alumno, la fascinación profesada.
No quería tomar demasiado porque rompería su abstinencia, ella no paraba de caminar por la sala pequeña, el camisón le flotaba un poco y entre las cortinas abiertas, el apagado desierto del cielo (era lo único que se veía a esas alturas y a esa hora) era un haz de luz que interrumpía un cosmos apartado. Había viento y su cuerpo de mujer era una sombra negra donde el camisón se sacudía, las facciones de la cara se sospechaban, apenas los labios sobresalían rojos por el vino y besar demasiado.
En el momento en que había entrado en el living y ella estaba relajada sobre el sillón, y aún había una lámpara tenue amenazando la escena, él le había visto unas manchas oscuras en el cuello. Ella le había contado que no podía contar nada de la noche anterior, nada desde el primer beso con aquel hombre del auto y el río sobre sus ojos, de la unión entre sus extremidades y el cuarto de hotel y las manchas de vino que atestiguaba su falda sólo reconocía el olor en su cabello y esos besos profundos marcados en la garganta. Marco sintió deseos de besar en exactos lugares del redondo y delgado cuello que el vestido le ofrecía en su entera desnudez, morder con intensidad los hematomas de hermosas variaciones moradas y coloradas, reproducir en una tela esa belleza minuciosa de los colores en donde es imposible percibir el pasaje de una tonalidad a la otra. Ahora, la noche le impedía verlos, sólo veía sus labios y el vino le había dejado el mismo color que los besos en la piel.
Se había puesto inquieta, no podía decidir parase y acompañarla en su recorrida por la casa, que no era muy grande y que no podía contenerla, menos aún a ambos. Después se sentó al lado y la claridad era más intensa porque la Luna se movía y se iba acercando a su pedazo de cielo y sobre todo, porque las pupilas estaban dilatadas y acostumbradas a la oscuridad que había sido sorpresiva en el instante de apagar la perilla y reconocer que aún bajo la negrura incipiente, ella lo seguía mirando, esperando con placer su cara de sorpresa y la educada displicencia de no comentar nada. Estaba aún más incomodo que antes, pero ella se sentó al lado teniendo extremo cuidado en no rozar su piel, en no producir ningún contacto, solamente le sirvió más vino, una botella, igual a la otra, con el mismo sabor de madera y especias y la lengua que exigía otra vez el líquido rasposo y envolvente para adormecerla y luego las papilas despiertas de nuevo buscando más vino, más rugosidad en el contacto líquido/lengua, vino/ membranas.
A la tercera copa, él empezó a hablar. Ella le iba preguntando cosas y de a poco conseguía alguna información. No tenía novia, tenía dos hermanas, una mayor, otra igual, la más grande había desaparecido en Europa apenas cumplidos los 18 años, y los pequeños apenas si tenían recuerdo de ella. Cuando volvió, después de cinco años, él ya tenía diez y su intento de acercamiento fue vano, porque era un ser extraño, de costumbres difíciles. La madre les decía que se drogaba fuertemente y que tenía relaciones con muchos hombres, en su momento les resultó reprobatorio, él y Martina decidieron romper relaciones. Cuando crecieron nunca más hubo un real acercamiento, más allá de que los ideales cristianos habían perdido fuerza en su fe y que a los mellizos ya no les parecía tan salvaje tener sexo con diferentes personas a lo largo de la vida, la imagen de esa mujer, artista maldita a los ojos de su familia, no les atraía demasiado. Martina, de todos modos, a sus dieciocho había seguido iguales pasos, se fue en un circo a recorrer el continente, con una muda de ropa en una mano y un libro de Moliere en la otra. Él sólo quedaba en la casa, con la quietud de su madre y los libros. Estaba poco y su último año había sido de fiestas y sonidos tribales con bases electrónicas, bastantes pastillas y encuentros olvidados. Hasta el Año Nuevo, en que decidió abandonarse a la filosofía, en un acto de recomposición personal.
Ella asentía mucho y retenía nombre y situaciones. Estaba más tranquilo, el vino le había coloreado la tez y por momentos movía las piernas entre espasmos. Podía verlo en el puff, sentado al lado de ella que estaba en el piso con las piernas flexionadas, su pantalón, entre las nalgas, era más prominente que hacía una hora. Ella le sacó la copa de vuelta y volvió a tomarle su vino, esta vez no le soltó la muñeca sino que hizo que sea él mismo quien la ayudara a llevarse el vaso hasta los labios. Después se paró y lo llevó hasta el cuarto.
(Fue ella quien lo tiró en la cama con suavidad inusitada y sin sacarse las ropas, montada sobre él, lo besó despacio, después con violencia. Le dejó oscuras marcas en su cuello, cerca de la nuez de adán y un perfecto círculo morado en la nuca)
Cuando él comenzó a buscarla ya habían pasado varios años, recordaba la última tarde, la del baño y la mancha roja en las baldosas. Fue un ocaso que había seguido una noche de ésas en las que se la pasaban despiertos y después la mañana en duermevela y toda la tarde en REM.
A veces él se iba unos días y al volver la encontraba arisca. Había que enseñarle todo de nuevo, ablandarla, llevarle flores, hablarle de África y mostrarle fotos. Ahora ella estaba escribiendo sobre él, había sido su culpa, él la había animado. Pero necesitaba saber qué decían esas líneas, su intimidad violada en unos textos que verían luz pronto. Además quería encontrarla, sus ojos preciosos y la curva perfecta de los hombros, extrañaba más que nada esa parte de su cuerpo: la redondez de las caderas y los hombros.
Fue un trabajo delicado empezar a observarla desde atrás, evitar ser percibido y en cada movimiento que ella hiciera perseguirla para arrebatarle las hojas, los cuadernos, la PC. No quería ni siquiera leer los escritos, quería poseerlos y a veces ojearlos, recordarse de niño con sus caprichos y la visión que de él ella se había formado.
Encontrarla fue fácil, aún vivía en el piso alto de esa torre lindante al río, con su gata y una pequeña araña de quien desconocía la existencia. La veía salir todas las mañanas con sus polleras sueltas y los anteojos de sol y la seguía hasta la entrada del subte, la miraba mirar fascinada la curva tubular del pasillo subterráneo y el tren corriendo con furia sobre los rieles, sabía que adoraba esa curva y el subte entrando en el espacio del andén, el momento justo en que aparecía desde la oscuridad con sus dos ojos de soles y los colores amarillentos, abrazando la superficie y arrastrando consigo un puñado de hombres de corbata y mujeres floreadas.
Era un momento mágico, nunca se cansaba de disfrutarlo y ahí ni siquiera tenía que esconderse, ella nada más miraba el hueco negro y la lombriz gigante apareciendo por el tubo.
Una recorrida por un barrio de casas bajas.
Fue un domingo, estaba buscando abrirse en una ciudad que la contenía pero donde no hallaba frontera. En las calles que frecuentaba, siempre podría asombrarse con algún nuevo negocio, un edifico de alturas insignificantes pero jamás vistas o el encuentro de un personaje curioso, historias urbanas tantas veces relatadas. El paseo era simplemente búsqueda, y como siempre, saldría mal, o al menos se contentaría con unos ojos verdes y la nada. Después el barrio se le volvió mítico, un pasadizo irrenunciable a través de calles cada vez más conocidas.
Se había inaugurado una feria en la que el barrio se volcaba a la calle, los negocios abrían sus talleres, las panaderías sus cocinas, las diseñadoras exponían sus máquinas. La plaza volvía a ser medieval, stands de pequeños objetos, imprentas improvisadas, revistas que se olvidarían pronto, y novelas que en vida de libro apenas llegarían a la fase del espejo. Las caras que iba reconociendo eran algo difusas, estaba buscando la persona que se había aparecido en un sueño. Pero no encontró a nadie, tan sólo un libro de fotografías, un libro de un corresponsal de guerra y allí vio imágenes inimaginables, África meridional, Somalia, el Congo, la mirada vacía del hombre, el estado cercano al objeto, materia inerte, sin vida. Fue antecesor a cualquier pensamiento, comprendió el dolor que ya no es dolor porque es anterior al lenguaje, años después leería teorías al respecto que pondrían en palabras el despojo espiritual de esos ojos de crueldad infinita, aún más crueles por no saber serlo.
Caminaba despacio, disfrutando de esa soledad que era suya y en la que la ciudad le pertenecía, pocos momentos de placer le brindaba, siempre apurada, con bocinas y ruidos constantes, con sus apretujones y las manchas de los edificios... Esta vez, estaba apaciguada. La tarde de invierno se mezclaba en aromas de hojas caídas e inciensos silvestres, el enigmático atardecer temprano anunciaba las luces tenues y distantes del alumbrado público. Volvería temprano y movilizada, con los ojos de un somalí en su mirada. Sabía que debería comenzar a escribir, en su cabeza rondaban algunas ideas ilusorias pero funestas, quería hablar más que nada de los hombres, de los que había amado y a los que sin quererlo se había apostado en un convencimiento de ser más mujer. La Súper mujer le diría su analista, la súper mujer a la que nada faltaba (con cara de pícara) e intentaría explorar su homosexualidad como un desafío. Plantear un límite es realizarlo, tanto como imaginar una idea es consumar el hecho.
Pero con las fotos comenzó otra búsqueda, le haría falta toda la vida para realizar su empresa, tanto sería así, que en el momento en que lo lograra tal vez no se daría cuenta. El amor... sin embargo, el amor, como logia a la que debía pertenecer y de la que huía al menor asomo no tardaría en llegar y esas profecías de las cuales una de diez se cumplen, tal vez se realizara de noche en un cine cualquiera y ante el personaje de un sueño. Siempre se está en transición, siempre se mira atrás con la certeza de algo nuevo, de un cambio, puentes, pasajes, viajes.

Atardecer frío, una noche de cucharita y película, pero era joven y hermosa y debería apaciguar su pena en esos bares que eran raros, oscuros y le generaban la sospecha de algo que se le desvanecía entre los dedos, un eslabón perdido que era la clave de su inseguridad. No buscaba el diálogo fácil y la mirada coqueta. Esa noche se vistió de negro y se acordó del tiempo en que todo tenía su explicación, había una llave que daba paso al mundo infinito de las respuestas. Cuando descubrió la linealidad, el espesor del tiempo consiguió una dimensión tangible, pudo situar a distancias inteligibles los hechos, Jesús y la Conquista de América no eran coetáneos y los griegos eran anteriores a la Edad Media. También se formó la esfera del mundo en su mente, descubrió los países y las provincias y cuál cajón se incrustaba en el otro. Todo poseía la tranquilidad inquietante de poder ser descubierto, pero existía esa posibilidad, la Ilustración de la vida; de ahí a la total apatía, al desconcierto de una tierra sin misterios y por eso aún más increíble la volvía tatuaje del mundo, como cada ser humano: la Historia no lineal, no inmolada de un planeta mezquino. Necesitaba pasar a la otra etapa, una vuelta a la fe que la despabilara de tanto racionalismo.
Era de esos días en los que respiraba como si fuera la última vez, los sentidos abiertos, totalmente inherentes a la anestesia urbana. Tenía el papel arrollado en una mano, los dedos lo habían reducido a un rectángulo con montones de arrugas y callos en los bordes, se encontraría con Facundo, pero Facundo sería una excusa que volvería a repetirse. Esa noche no pudieron verse y extrañó un poco en sus ojos dorados la espuma de una velada que invitaría a reponer al día siguiente en un incoherente cuadro conceptual cómo había llegado a estar en esa cama y desnuda, aunque fuera la propia, aunque estuviera sola y no la hubiera compartido con nadie. Pero el papel seguía ahí y no había andado más de tres horas entre puestos y gente de mejillas rojas no por calor, sino por frío, cuando el celular empezó a sonar.
- Tengo guardia esta noche, no podemos vernos.
- Ok, hablamos en la semana.
El colectivo era un sinfín de cabezas modeladas y peinados altos, no había gente de los bajos fondos, barrios enteros de bailanta se difuminaban al otro lado de la ciudad, oscuros e inaccesibles como los sótanos de los bares que frecuentaba, donde presentía se le escondía otro bar, descendiendo las escaleras, tras alguna puerta, igual al otro donde ella estaba, pero más oscuro, los brebajes más destructivos, las drogas más virulentas y las personas con sus bajos fondos en superficie. Allí, donde deseaba acceder pero jamás podría por instinto, por imaginar demasiado y lograr reconstruir con sus pequeñas experiencias ese mundo subterráneo prohibido. Sería cine y casa.

Primera coquetería

Una hamaca en el jardín más lleno de margaritas que jamás vería. Pero también había choclos descoloridos en su vaina, un maíz fresco que solían comer en almuerzos de mesas larguísimas, siempre vestidas de manteles floridos y con la infaltable caja de vino blanco. Estaba la hamaca blanca en el jardín, nunca habría tanto verdor como en esa época, su abuelo la sostendría entre las piernas y ella bailaría como un jinete, el olor de colonia de hombre de su abuelo... tal vez tuvo tres primeros amores: su abuelo, su padre y el vecino.
El vecino era rubio y de alguna religión devota, era un niño muy prolijo y venía de recién bañarse esa tarde noche que fue violeta, como lo son siempre en el verano los crepúsculos frescos, con la luna baja y las estrellas de bichitos de luz rodeándoles las espaldas. Estaba perfumado y el cabello aún húmedo marcado al costado, sin flequillo con toda la cara delgada y blanca al descubierto. Ella sabía que venía y estaba nerviosa. Se pintó las uñas con el esmalte que venía en una bolsa de tela y puntillas, junto con otros cosméticos, el rubor y lápiz labial. Su padre no aprobaría tanta coquetería, pero la tía le pintó las uñas y el conjunto de musculosa y short rosa vivo le sentaba bien, tenía además unas cuantas pulseras de plástico de todos los colores, muy de moda en esa época.
Contenta de verlo aparecer, utilizó la estrategia de la sonrisa pícara pero no alevosa, una invitación tímida a lo lúdico pero nada de simpatía extrema. Él estaba con una chomba celeste y gris, y jugaron al colectivo, los hermanos mayores andaban por ahí cazando luciérnagas, pero ellos se escabullían a la vista de todos. Posicionados en un ángulo en que madres y abuelas podían dominarlos, dejaban de ser buscados y la atención se centraba en apartar las moscas de las ensaladas, las mariposas de noche de las lamparitas desnudas. La mesa estaba puesta en el patio colindante al jardín, era un cuadrado de cemento demasiado cercano al asador y rodeado de la espesura verde de la hierba. Un árbol inmenso llegaba a cubrir con sus ramas tanto la estructura de cemento donde se cocían las carnes como la hamaca blanca y los dos niños.
Lo dejó ser el chofer y manejar el micro. Era de larga distancia y parecía ser una buena noche para manejar, sin lluvia ni niebla. Estaba sin las muñecas y sin su hermana. Hablaban de algunas cosas triviales, le preguntó la hora de llegada, le contó sus planes de paseo, la amiga que la esperaba con el marido y los hijos pequeños. Él la escuchaba fascinado, pero muy concentrado en el horizonte, balanceando cada vez más fuerte el aparato. La hamaca iba y venía, de un lado hacia el otro. Ella estaba sentada en uno de los dos asientos de manera correcta, él le daba la espalda forzadamente dejando sus piernitas caer al aire por el agujero que dejaba el respaldo. El viento cuando volvía le apartaba del rostro los cabellos finos que se le habían soltado de la cola de caballo atada con moño rosa y a la ida se le pegoteaban de vuelta alrededor de los ojos. En ese vaivén rabioso el olor a tierra fresca y a noche de campo era más fiel y más certero, se concentraba con una nitidez que le anestesiaba las narinas.
Los llamaron para comer y ella corrió hacia su abuelo, él estaba con su padre en la parrilla, atizando el fuego y moviendo las carnes. En esa época su padre le despertaba temor, también su abuelo paterno, pero allí con el otro abuelo y su voz joven inconfundible, demasiado joven todo él, con sus manos grandes y su porte atleta, era una ocasión de felicidad estar cerca y vacilar ante sus chistes, cautivarse en sus fantásticos cuentos de aparecidos, brujas y magos. Después de cenar la permisión de volver rápido al juego. Estuvieron detrás de las margaritas un buen rato, se contaron cosas secretas, las luciérnagas no paraban de refulgir alrededor de ellos. Hubo otra vez de luna llena baja y dorada, grande como un balón que parecía flotar en el cielo y caer...
Sobresaltada despertó del sueño con el recuerdo de las fotos en la cámara digital. Las fotos que ocupaban espacio en batería con frescos de la ciudad, pequeñas revelaciones de un flâneur posmoderno. Esperaría a estar solo para convertirlas en un hermoso archivo, a ponerla en memoria para no borrarse nunca, una segura manera de conservarLa para siempre porque esa misma noche tal vez fuera la última, porque tal vez se iría y para recordar su cuerpo tibio sólo tendría que volverse a una PC y encenderla. Su cuerpo rosado, inmensamente besado, los labios siempre mojados, abiertos y la certeza de que jamás volvería a ser tan hombre ante los ojos de ninguna mujer. Aún cuando en ese extremo, su patriarcado se haya convertido en ley, con lo gustoso que es romper reglas.
Esa noche, la de las fotos, se había producido el quiebre, tal vez antes; la historia había sido una montaña empinada. Pero una montaña rusa también, por la velocidad del amor ascendente y luego el deseo de venganza y la valentía de engañarlo, de permitirse volverlo el engañado, cuando en realidad ella siempre había sido la otra.
Se habían encontrado solos en la casa, la madera de la escalera, de los muebles eran extensiones del cigarro negro que él fumaba, correlato de la fotografía de una postal de salutación que había leído hacía tiempo dirigida a su padre por una tía aún viva... era un cuadro marrón, era mucho azul también y la sensación de tranquilidad emergiendo de un ambiente con olores a hierbas quemadas y mucho vino. Estaba encantador y luminoso, como una estatua, su perfil y su cuerpo delgado, un griego. Siempre lo recordaría en esa noche: abalanzado, prepotente, los ojos amarillos de placer. El vino se estaba acabando y no había opción posible en el mundo más que hacer el amor, por horas, con pausas, con recelo, por amor.
La cámara había desaparecido en la casa y percibió todo en detalle, los lunares, el vello, la nausea de su rostro. No sabía si fue aquella noche, pero ahí comenzó a tener miedo. Más placer: más odio. No podía encontrar la seguridad de su abrazo, como un animalito, lo rechazaba al buscarlo y tenerlo precipitó su huida. Alguna vez, en su tierna feminidad, hubiera querido que la sorprendan, después sólo quiso protección aún cuando su mirada exigiera autonomía. Las horas se volvieron extensas. Era la Gran Decisión, su infelicidad diurna y su fidelidad nocturna. Al final se mezcló todo y terminó siendo infeliz de noche y e infiel de día. Sólo buscaba un poco de atención, se decía y mientras su figura en el espejo se retorcía en muecas de alegría por las mejillas rosadas y de una tristeza profunda en el brillo de los ojos. Pero la noche del final fue la de la cúspide, su mejor momento.

Julián... me venía trabajando desde hacía tiempo, con palabras de tenor intenso, su mirada enigmática y sus preguntas sin respuestas. Alejarlo, matarlo si es posible, pero en frases, en una pincelada, volverlo real para desmaterializarlo al fin. Convertir su sombra en un sujeto nombrable; una voz en castellano que designe cada manera de amar. Complejo término, desmenuzado en cada sentir, en cada besar de quietos zumbidos. Amar, seguramente, los había amado a todos, y en cada uno, una acepción distinta, cada piel y sus olores una combinación exacta de mente e ideología. Tal vez sería verbalizar cada uno de los sustantivos propios.
Hubiera querido fotografiar la mirada (le visage) de cada uno de esos ojos que traspasan mi propia historia y la vuelven tan creíble... con la dulzura, la osadía y el rencor de las pupilas más bellas del mundo. Fotos, hubiera querido fotos de cada una, un antifaz virtual. ¿Cuál es la actualidad de la fotografía? Identificación, memoria, la exaltación ya habían quedado atrás en el tiempo ¿experimentación? Tal vez, pero tantos usos ya acabados, el instante reproducido al instante, la posibilidad de decidir borrarlo, y la insignificancia de los momentos guardados, ahora son testimonio, identificación, exaltación, pero no recuerdo. Tal vez esas fotos del cuerpo desnudo no sean más que una memoria mínima de la papelera de reciclaje de una PC ya sin uso, un injustificado material que atestigua una mujer a la que amó, cual entre otras.

Esa mañana se fue de la casa y él durmió. El trabajo fue un dolor de cabeza, las letras brincaban en el monitor en forma de esferas difusas o globos terráqueos rodando. Su cabeza asimilaba con lentitud las palabras más comunes. Luego el sol se le revolvió en la mente en millones de haces multicolores. Nadie más que ella sabía que había iniciado la búsqueda. Se atormentaría, lo había decidido con infantil tenacidad, o terquedad. Buscaría la manera de deshacerse, de que la abandonara para fabricar su vida, tal vez que la pusiera en riesgo, lo venía postergando porque era aún muy pequeña como para animarse. Y después escribir sobre las cosas, para inventar lo ocurrido y testimoniar lo pasado y las relaciones y los hechos exagerados, las sensaciones jamás encontradas, los sueños nunca pensados, pero mechados con la realidad adyacente.
No fue más que entrar en una sala de chat, los mensajes se caían uno tras otro después que pusiera esa foto, estaba tan linda. Memorizó el nombre, Facundo. Un rubiecito lindo, de aires naif, pero de profundidad oscura en su mirada. Edad acorde, movilidad propia. Y después se calzó el vestido negro al cuerpo y las botas altas, el pelo al fin suelto y ojos delineados. La noche comenzó en un bar al que nunca había ido con Julio, pero sí alguna vez con un novio tierno. El vino espumante fue el inicio de una conversación amena y no paró de hablar, emocionada frente al desafío del papel en blanco. El juego dispuesto a jugarse pero sin reglas aún, lengua virgen que necesita aún explicitar su gramática, como si no estuviera ya inmersa en la red de sentido, como si estuviera vacía entre paredes con cuadros pos vanguardistas, casi de retaguardia, creando la ilusión de saberse a salvo. Una sonrisa, una niñería, esa cápsula invisible que la aterrorizaba de adolescente, era terrible, estar bajo esa nube protectora, la cúpula del cielo de los románticos devenida en jaula de hierro. La cultura, la cultura, ¿escapar?, imposible, la serenidad de saberse elevada ya de esos nimios dilemas... Y, sin embargo, ahora hacía como que no existía la red, como que no la circundaba ni un contexto, ni un pasado ni un futuro, la virtualidad del presente como única opción ante unos ojos que la atraían, unas palabras que sonaban a conocido, eco umbilical. El bar se volvió más oscuro, la música casi imperceptible, era necesario por todos los medios apagar la conciencia y volverla un mecanismo de supervivencia: no chocarse contra esa puerta cerrada, que la mano consiga mediante la botella hacer correr el vino dentro de la copa y de la mesa pasarla a la boca, y aún seguir siendo delicada. Facundo era nihilista, su visión del mundo, (ella lo sabía, pero le gustaba el nuevo papel de madre) era acotada, algo cuadrada, poco ética. Pero la remitía a su padre en cierto estoicismo, en cierto pesimismo a Alberto, en cierta ternura y necesidad de afecto a Micheal, y en cada uno de éstos a ella misma.
El auto se dirigió hacia el bajo, cerca del río de la ciudad que llovía en una intermitencia insufrible. El frío de la primavera se volvía húmedo y crudo por el viento sudeste. Pensó que los hombres se enamoraban de ella un pequeño lapso. Al principio si lograban verla frente a tantas mujeres hermosas y exuberantes, luego de algunas charlas o después de conocer sus fragilidades - eso dependía del carácter del hombre- caían fuertemente enamorados y luego se alejaban aburridos, o ella se encargaba de espantarlos con alguna audacia. Fueron a otro bar, la ciudad estaba repleta de lugares pero ella siempre volvía al mismo, necesitaba la misma sensación, el mismo olor del primer amor, iguales caricias tal vez, como cuando aún era inocente, y amar era subirse a un árbol para besarse con los pies colgando. Repetir el rito y consagrarse a un hombre dibujando en la cabeza otro nombre, como si fuera el mismo, como un alma que vagase por los cuerpos, poseyéndolos. Y ella podía muy bien afirmar en cuáles de todos con los que había estado ese espíritu había penetrado, en cuáles no. Recordó a su tía cuya primer mascota fue una paloma que amó mucho, todas las mañanas el ave era liberada de su jaula por la abuela y entrando por la ventana que daba al porche se posaba sobre su pecho, la despertaba y ella la acariciaba. Luego tuvo un perro que supo querer muchísimo, ella imaginó que el alma de la paloma anidaba ese cuerpo peludo y a gris, después fue una gatita atigrada y hermosa la poseedora del alma primigenia que fue la paloma.
Otro vino que terminó en el auto manchando su ropa. Estacionaron en la costanera, se movían en silencio bajo la lluvia en calles desiertas de faroles difuminados y reflejos sinuosos. Era sugestivamente tímido, se le notaban las ganas de besarla y evitaba el momento. Otra tiranía de su parte: dilatar el placer, un gusto que no podría jamás extirparse y él accedía a complacerla sin saberlo. Pero la besó, y entonces la tormenta fue escenario de casi todos sus encuentros.
El hotel también fue un reencuentro, no era idealista, no concebía el cuerpo como un despojo. Por eso más allá de la univocidad del espíritu, los hombres se sacudían, se manejaban, actuaban diferente y su mente recorría en silencio todas las maneras de amar que había conocido, evitando ligarse al momento. Se acordó de una noche en la que había disimulado sorpresa al besar un amigo, o la noche de las fotografías cuando después de un baño de vino se pusieron a amarse en escenario de cama, atrás el espejo los circundaba, los imitaba en tal tibia disposición, retazos de carne por todas partes, un fragmento de un cuadro de sus piernas amarradas o los ojos vendados o la mirada intransigente o los dedos encarnados. Ahora llovía más despacio, pero tampoco era Julio quién estaba a su lado. Las luces fosforescentes del hotel disimulaban sus imperfecciones, el ruido ambiente era como el de un motor, era el sonido del silencio ampliado por las paredes de doble filtro, encapsulados en ese espacio sin tiempo... una noche más, pero que quebraría la calma y repetiría el encuentro hasta que él la descubriera, y tal vez la matara.

repetir el gesto del amor
entibiada hacia un cuerpo
La noche se vuelve fría pasajera
en la esquina calma, una mariposa.
Entretanto, fuera muchos duermen en
la quietud de una luna plana
la Gorgona del cielo,
la espesura de su mirada.
Lo miró y se fulminó al instante,
entonces, ya no quedaba más que el
hilo invisible dilatado hasta romperse.

Pero él, tranquilo, cumplió su condena: la eliminó de su vida. Fue una muerte sutil, de esas que se acostumbran en estos días, aplacar el revuelo de un solo ímpetu, limpio y de impiadosa transparencia. Le quedaba amarrarse a los brazos de un nuevo sujeto, prolongando el gesto hasta la muerte que no sería producto de su Ser Superior, sino de la Naturaleza, infirme y pionera, acostumbrada a tales desmanes de energía.
Se encontraron después, otra vez olía margaritas, la primavera se estaba anunciando desde hacía días y el frío todavía era un viento que descorría las nubes y meneaba su falda. Estaba intranquila, la charla telefónica le anunciaba lo esperado, se estaba cortando una arista, destejiendo un nudo crucial. No había crueldad y eso era lo más triste, era confirmación en todos los aspectos, el sol recalentaba la gaseosa y le daba color a los pómulos, convicción de lo inefable. Julián estaba con su camisa nueva, el verde del jardín de invierno terminaba en puntas cargadas de flores blandas y rosas, pequeñas como dados. Se esforzaba por hablar con tranquilidad, las palabras brotaban hacia lugares comunes, él que siempre había escogido las palabras, él que se encargaba de darle color a las cosas.
- Sí, sí, entiendo – fue su única o última respuesta- Tal vez tengamos diferentes modos de amar, o nos encontremos en tiempos distintos, buscando otras cosas... no me atrevo a decir opuestas. Tal vez exigí demasiado, cuando lo único que quería era atención. Lo mejor es que nos separemos, pero me duele. (La falta de engagement de los tiempos posmodernos, la velocidad plasmada en una relación social, el apuro, la prisa, el subte recorriendo las cañerías en un súbito relámpago, la angustia de estar ahí abajo y verlo partir hacia ninguna estación, el subte se volvió loco no hay salida ante tanta impetuosidad, el tiempo fatuo y la cercanía indecible de una parada, se navega por los túneles pero encontrándose atada en un asiento sin seguridad, como pegada al asiento pero con el corazón dando vuelcos, el terror en los ojos de los otros pasajeros, acá abajo no hay lluvia, no hay luz, no hay tiempo, es espera, esperar a cruzar la manivela, esperar en el vagón, esperar la estación, esperar descender, esperar ascender, esperar salir, esperar esperando una espera inconclusa hasta el próximo viaje). Lo recordó, eso también lo había soñado, lo soñaba repetidamente, y no sería ni la primera ni la última vez de una despedida.

Las escenas todas iguales. Un género compartido por todos, el de las separaciones amorosas. Las palabras de siempre, el discurso mejor pronunciado y los abrazos eternos, prolongando el dolor de una seguridad que se vuelve hiel, convertirse en los actores divinos que hacen su rol correctamente. Entonces el beso, la despedida para encontrase un par de veces más y disfrutar del amor cuando se sabe que siempre es la última vez, la virtualidad de poseer lo que ya no pertenece. Julián asintió mortalmente, allí creyó desvanecerse, pero duro roble, ojos ansiosos buscaron una puerta, el jardín de invierno era una cápsula envidriada que no revelaba el ingreso, era necesario descorrer uno de sus laterales, deslizarlos con firmeza para poder atravesar el umbral. Necesitaba irse de ese reducto de ensueño, con fuentes orientales y fragancias a orquídeas, para mirar el río en silencio y recordar que en realidad, pequeña marioneta, él había seguido simplemente sus designios.
Julián se fue hacia el oeste, las manos en los bolsillos, pensaba qué crueldad la vida, y en sus ojos se transparentaba la pérdida de la inocencia de ella. Se le había caído encima todo el rencor de lo no dicho en esos meses, pero con más fuerza aún lo que había sido dicho, lo que había creado bastiones de palabras que lo conectaron a miedos disimulados. Cuando llegó a casa, su hermana hacía la comida de la noche, comenzó a hablar con ella de la salud de la madre, la osteoporosis estaba desgastando la energía de una mujer ardiente. Después preparó la salsa de los fideos y antes de dormir revisó agendas viejas. Podría llamar a Margarita en cuanto se repusiera.
Martina entró en la ciudad arriba del coche rojo. Sus ojos viraron por la Avenida despacio, cruzaron el inmenso monumento que doblegado de carteles y pintadas corroía la plaza principal, preguntarse cuál es la plaza principal en una ciudad de tantos habitantes, de tantas plazas, era una tarea difícil. Venía del interior en donde los pueblos se componían en bloques de espacios centrales diferenciados y periféricos, acá los barrios no podrían ser considerados enclaves autónomos. Estaba en el tercer coche y el humo de los cigarros arrastraba en las telas de los divanes un espeso olor a humedad y caña que le impedía una visión correcta. Comenzó a estirar sus piernas, a doblegarse mínimamente en sus pantalocitos ajustados y el suéter de cuello alto y talle largo; había olvidado la ciudad, le costaba reconocer las calles por el cambio de negocios, de todas maneras era la regla, lo sabía, no más mercerías de cincuenta años, no más vitrinas apelmazadas y reparaciones de paraguas. Los negocios se reemplazaban en menos de un año y el anonimato de las calles era la constante transformación de sus fachadas, la imposibilidad de registrar un local y poder bajarse a tiempo de un colectivo.
Sabía que ahora no traería la alegría, que habían pasado años en los que la farsa de un arte tan vago no iluminaba muchos rostros; en realidad venían de una época difícil. El murmullo de los otros coches animaba la entrada del domingo, cerca de la puerta, entre almohadones violetas y el pequeño buda de cera comprado en una feria tenía sus ropas todas amontonadas en el baúl. Era el mismo por donde cortaban al medio a Romualdo, por eso en las diminutas ranuras había perdido monedas y anillos, hasta la llave se le había caído un día por lo que su cofre permanecía siempre abierto y expectante.
El ambiente estaba animado, ya corría el vino entre las copas. Se acercó en silencio y tomo uno de los vasos de plástico limpios. Ágata se desvanecía entre los brazos del Padre, una nena desde la calle los saludó con la mano y ellos se besaron descaradamente, todos se rieron. Estaban cantando la marsellesa en castellano, inventando historias increíbles sobre tierras que algunos habían visitado en otras Compañías, el Padre rememoraba los años dorados, el tiempo de las playas dulces donde había dinero y se tomaba champagne por las noches y se comía en restaurantes de lujo, cerca de las estrellas de la temporada. Romualdo se esforzaba por llamar la atención colocando discos de Edith Piaf en máximo volumen. Había también algunos maullidos que venían de las jaulitas del fondo, los gatos se enroscaban en un juego que también era pelea y posesión. Entrarían en los parques apartados del lado sureste de la ciudad para quedarse unos meses, hasta el final del otoño para volver al mar y seguir rotando con los tres coches y el mono, los gatos y el enano. La ciudad seguía pasando con sus árboles, y puertas de bronces, los porteros en sus escobas y las caras de los transeúntes que a veces se volvía ante tal despilfarro. Una mujer joven de cabellos rojizos fijó la mirada negra en el cuadro movedizo de colores de la Cinquieme République, los ojos azorados, a su lado reía un caballero alto, de espalda recta y mentón pronunciado. Martina quiso un beso de ese hombre, pero más quiso la mirada de trementina de ella y sus labios rojos.
Todo era fiesta esa noche dentro de la carpa, una función para amigos, se diría. Era la vuelta a la ciudad de origen, era el grado trescientos sesenta. Dejaron en libertad todos los animales que corrían de una punta a otra, escarbando en la tierra, tomando las uvas que rodaban por el piso, sacando el jamón y las aceitunas de los platos abandonados. Se habían vestido con ropas de galas y las partenaires se movían con gracia entre las mesas, dejando las bandejas con risotos amarillos y fiambres de olores punzantes. Se festejaba también el casamiento del Padre y Ágata, por lo que sus puestos eran centrales, las mesas formaban una U en el medio de la carpa, pero nadie se mantenía sentado, había música de carbaré sonando. Alguien había perdido un zapato que el mono Jaluf depositó sobre una mesa para usarlo de bolso, metiendo adentro los restos de comida que iba encontrando.
Martina había recibido la visita de su hermano, los padres no eran amantes de tales desvaríos.
- No es lo que había imaginado. En realidad, tal vez es tan igual que me desespera. Quiero que hagamos algo juntos, un circo distinto, una varieté que no sea la de los clásicos infaltables. El circo va dirigido en primera instancia a los niños, ¿qué podemos transmitirles hoy de nuevo? No sé, creo que lo mío es el teatro... pero acá hay tanta alegría igual.
- Yo sabía que era así... pero es difícil, el circo de por sí es un mundo bizarro, es un cocoliche repleto de incongruencias, nada más difícil que un circo under, un circo off porque de alguna manera, siempre se mueve en circuitos paralelos, siempre es un espacio extraño que se carga de los disparates y neurosis de sus representantes.
- ¿Cómo están los viejos?
El trapecio se movía de un lado a otro, para hablarle tenía que girar su cara, le aburría un poco esa música de gitanos, los sonidos de los monos comiendo y la suciedad del piso, mitad césped, mitad tierra reseca. Había estado saliendo tanto esos días que apenas si había cruzado a sus padres en alguna cena informal, llevaban una vida que le parecía normal a estas alturas, la adicción de su padre al alcohol no era para preocuparse y su mamá nunca dejaría el cigarrillo, pero qué les iba a decir él que cada sábado se introducía alguna pastilla u hongo para pasar el rato. La diferencia era ésa en realidad, él buscaba su placer, ellos, autodestruirse.
- Dejame que te escriba una obra de teatro, algo distinto, una obra interesante, rara, que pueda tenerte a vos en el papel especial. Tenés que volver a al teatro, y dejar a estos raros.
- Marco, no quiero hablar de eso ahora - el columpio se aceleraba en la caída y
luego tomaba aire en la perpendicularidad de la carpa, lo habían atado bajo para cualquiera que tuviera ganas.
La sonrisa que ella le entregaba cuando se despertaban o después de hacer el amor era una de las cosas más hermosas que jamás había visto. Tenía las ondas enmarañadas en la cara y los reflejos rojizos se hacían más intensos por la luz del sol ya alto entrando por la ventana. La cama era de una plaza, le gustaba acurrucarse dándole la espalda y que él la abrazara, pero después de un par de horas siempre se volvía acalorado esperando que ella ya dormida lo liberara. Siempre conseguía levantarse antes, su cuerpo comenzaba a inquietarse en la cama y la sentía apisonarse en su espalda, dibujar objetos invisibles con su dedo en la pared, o moverse buscando arañas en los techos y el movimiento del brazo le dejaba medio torso al descubierto porque junto con su extremidad también se replegaban las sábanas. Ahí caía en la cuenta de que era ya pasado el mediodía, que tal vez fuera entrada la tarde y esa penumbra el sol cayendo, no un amanecer promisorio. Y ella no paraba de moverse, seguramente inquieta sintiendo que se le iba el día y el sol y debía intentar abrir los ojos para satisfacerla y llevarla a pasear o hacerle el amor nuevamente. Entonces sacudía la cabeza y se daba vuelta para abrazarla y responder a sus demandas, ella empezaría a ronronear y a estirarse, a caer bajo su cuerpo pero en un acto de sumo cariño, sin la perversión y el desenfreno que convocaba la noche. Prepararía café, o té y unas tostadas, la dejaría entrar en su mundo, luego estaría el ritual del diario, pasar la tarde o lo que restaba del día en la cama. Fumando, leyendo, todo los gestos que ella había adorado en películas, en la mítica generación del sesenta lo sentiría en su presencia, una fe en su costado del mundo. Pero terminaría por cansarse, lo sabía, una mañana se aburría de esos pequeños ritos, del vino y la buena cama y necesitaría el bienestar y la seguridad que toda mujer busca, que toda mujer en su calidad de procreadora latente necesita.
Luego de un desayuno tardío, se vistió despacio, el agua de la pava hacía rato silbaba burbujeante en la cocina, pero ella no se movía de la cama, estaba virada hacia la pared y podía percibir su angustia, su celo infantil. Arremolinada entre las sábanas, sabía lo que necesitaba, entonces era lo de siempre, acercarse y calmarla, darle lo que había jurado no haber encontrado en ningún hombre, la poesía. Le dejó el café y las facturas sobre la mesa de luz y después la dio vuelta despacio, la besó por todas partes. El sol corto del invierno ya se iba otra vez y él se desesperaba por partir, lo único que deseaba era que llegara al orgasmo así podría irse a la Galería. Luego de un cigarrillo compartido, buscó las llaves en el saco azul y salió con una campera de medio tiempo. Hacía frío y la vereda con sol no aportaba calidez a esas horas, pero no iba a volver, ella le pediría explicaciones, tal vez querría sexo nuevamente y entrara en uno de sus caprichos inconclusos. Hasta tal vez pensara que un cambio de atuendo implicaba una decisión estratégica, un doble discurso que no tenía ganas de poner en duda.
La Galería estaba en penumbras, era tarde y ya casi nadie visitaba entre semana arte en la zona baja de la ciudad. Marga estaba acomodando los cuadros, era malos y los colores se volvían con la luz tenue aún más escandalosos.
- El papá acepto la suma elevada. Nadie que exponga en mi galería se lleva una factura, el precio depende de la calidad de la obra o de las posibilidades económicas del solicitante, el valor de la exposición es inversamente proporcional a mi subjetivo gusto.
- Puedo deducir entonces que mi obra te gusta bastante, o al menos en algún momento.
- Julio, ya no vas a exponer gratis en mi galería.- le sonrió despacio, después lo besó en la frente, le acarició el pelo desprolijo, la tersidad de las manso de ellas sobre su frente, era una mano límpida, pequeña, de uñas cortas y prolijas, la suavidad al contacto de esas manos lo llevaron de nuevo a la galería años atrás, en ese mismo lugar, tal vez ahora mismo pero ocho años antes, ella estaba desnuda, las luces bajas, como ahora, pero había una lámpara de pie sobre su cabeza, los pinceles en el piso, y las cortinas de la ventana descorridas, el cuarto era pequeño pero el piso era bajo y daba a la calle, se oía el rumor de los autos sobre el empedrado y la luz del alumbrado público era la única fuente de energía además del foco. Tenía un balcón francés atestado de plantas musgosas y resecas por el excesivo sol y la escasa provisión de agua, ella desnuda pintaba su retrato, y el vidrio de la puerta le reproducía la mitad del cuerpo, una mano, la que mezclaba los colores y manipulaba el trapo, un brazo, un seno, el más pequeño, una pierna, la mitad de su sexo. Él permanecía con sus ojos verdes bien abiertos, tal vez fumaba, pero no lo quería retratar fumando, las córneas estaban rojas por el vino y por el humo, y también estaba desnudo, inmaculado, todo su cuerpo se reflejaría en un cuadro que nunca vería, que no volvería a intentar averiguar si aún existía.
Las manos seguían acariciando su cabeza, los ojos de Marga se perdían de nuevo, estaba vieja, había contorneadas sobre su rostro delgadas líneas, pero seguía siendo hermosa en las ropas holgadas sobre su delgada y alta figura. Tenía el pelo cada vez más rojo, nunca habían sido reflejos en ella, ni siquiera tonalidades, era un rojo como carbón encendido, y unos rulos que formaban bucles en la parte baja. No había dejado de ser hermosa.
- Ya no hay más fotos, ¿qué hiciste con las fotos?
- La verdad es que suelen pagar mejor quienes se dedican a la pintura, en este
momento sólo hay cuadros, pero puedo incorporar alguna fotografía. ¿Qué me traés? Espero que no sean fotos de tu nueva amiga.- Vio como se avergonzaba, nada había cambiado, aún era un niño, sus ojos se contrajeron un instante.
- Es un chiste, no te enojes por favor – reía solamente ella, y sus ojos verdes eran cada vez más nítidos, se parecían a los del gato de la infancia, su primer gato, el que dormía con él y que se escaparía hasta un día hacerse una nueva compañera y huir. Desde ese día elegiría solamente hembras. Miraba las fotografías, eran instantáneas de la ciudad, pero miniaturas: recodos de edificios, entramados de alguna alcantarilla enrejada, un insecto innombrable en alguna plaza céntrica, un chicle deformado al pavimento por el calor de enero. Entre ellas había un dedo, un dedo de mujer largo con la uña pintada en rabino curvada en la punta, el nudillo del índice revelaba que era delgada y blanca.
- Me gustan, Julio, me gusta que hayas vuelto al color, y al efecto sfumato que tienen algunas, me gusta que no se sepa a simple vista de qué se trata, que haya que mirar unos instantes la foto y que aunque se descubra el objeto igual sean lindas formas, lindas texturas.
-Gracias, Marga.
-Está contratado, joven – Ella seguía sonriendo, su teléfono celular había sonado antes pero no se había vuelto al escritorio a buscarlo. La música de circo comenzó nuevamente y ella atendió. Volvió después, con sonrisa pícara, le convidó un tempranillo de cosecha tardía, le mostró sus últimos trabajos, estaban repletos de desnudos femeninos y paisajes serranos. Ya era de noche y por la ventana volvía a ser la luz municipal el único lumbre que vigorizaba el cuarto. Sus conversaciones eran sobre arte, así había sido siempre desde la separación. A veces él le contaba sobre alguna chica y ella reía, lo aconsejaba, a veces con maldad, a veces sabiendo que él no volvería a preguntarle. Pero esta vez fue discreto, no se mencionó el tópico del amor, no se habló más que de pinturas, muestras y museos.
Quería quedarse hasta el amanecer con ella, quería seguir viendo su sonrisa y sus bucles, quería ser pintado a cuerpo completo otra vez, sin el despojo de la adolescencia.
Diez en punto un timbre sonó largo desde la cocina, el vino era apenas una medida en la botella, pero ellos seguían enfrentados en dos sillones opuestos. Marga atendió y con voz melodiosa esbozó un “ya bajo”.
- Lo lamento amigo, debemos irnos. Hablamos por teléfono para convenir el día que pasás y hacemos los arreglos, va a estar en vidriera una semana. Pero en exposición quedan treinta días corridos, ¿está bien?
Bajaron las escaleras y abajo no había nadie. Un auto tenía encendido los faroles a metros de la casa. Alguien adentro fumaba, bajo una sombra informe se distinguía la hierba encendida del cigarrillo. Él le besó la mano, pero el beso en la mejilla se lo dio ella. La vio correr hasta el Peugeot y entrar con agilidad, pero no pudo descifrar la identidad del acompañante. Volvió caminado, bajo el frío y una llovizna leve a la casa. Cuando llegó, las luces estaban apagadas, todo seguía en igual posición que cuado había partido, subió a la habitación pensando en llamarla sin explicaciones más tarde, en bañarse y un libro. Cuando prendió la lámpara vio con sorpresa que sobre la cama y en igual postura, ella seguía acurrucada y con su cuerpo virado hacia la pared, en silencio.
XVII-X-MCM...
Julio:
Me parece evidente tu permanencia en la villa costera, si no, no me explico el por qué de la demora en la debida respuesta. Mis ganas de contarte estados, experiencias y sobresaltos se exime de la separación, por lo que deberás “escuchar” mis letras y en alguna oportunidad ensayar una bienvenida respuesta.
Quedé en contarte sobre mi villa serrana y allí quedó vagamente el boceto de una carta escrita en la plenitud de la sombra de un enorme pino con los ojos confinados en las sierras vecinas. Imposible reproducir esas palabras hoy, quedarían viejas, gastadas por un uso que en definitiva sólo transcurre en mi cabeza.
Mis impresiones durante ese fin de semana fueran muchas veces encontradas. Pasar por el hotel donde pernoctamos otro fin de semana, cenar en la misma estación al regreso, el frondoso verde de la ciudad, las calles de tierra de la villa... La sierra siempre produce en mí un estado de “révolte”, mis sentidos se agudizan, empiezo a moverme en diferente frecuencia, pero esta vez había algo nuevo entre tanto sentir. De pronto, la curva redondeada de una esquina, el barro ladeando los jardines de las casas de madera y material, y las ramas agazapadas de los árboles transfirieron un solo recuerdo espectral y voluminoso, otra villa en mi mente y sus consecuentes memorias. Debo admitir que esquivé o no tuve tiempo para una posible reflexión cuando nos separamos, mi ciudad adorada tampoco fue fuente de grandes cavilaciones, pero al menos entre tanta reminiscencia una sombra de mí misma se me escapó hacia adentro.
Lo más maravilloso fue la lluvia que se precipitó luego del brindis por el nuevo año. Con mi prima pensábamos encontrarnos con nuestros amigos en la ciudad aledaña menos familiar y más nocturna, pero en el viaje de ida y con una tormenta como jamás vi en mi vida el chofer decidió en ruta no seguir avanzando. Esta provincia me ha dado las dos más grandes y maravillosas precipitaciones que he tenido la oportunidad de presenciar. Hace dos años en una localidad cuyo nombre se me ha escapado las calles se convirtieron en improvisados ríos de lodo cuando una tormenta eléctrica, luego de diez meses de sequía, se ocupó de volar toldos y carpas y zarandear árboles. Por suerte estaba en un hotel céntrico y la vista fue increíble acodada a la ventana con los ojos rasgados por la interrupción del sueño. Disfruté de esa escena como una niña, tal vez lo era para esa época. Y ahora este año, la vista de relámpagos tan insistentes, tantas veces el iluminarse de un cielo arrebatado por el agua...
Esos fueron los acontecimientos más importantes de mi fugaz visita a la villa: la lluvia y el pino. Después de un tiempo de pausa y quietud, el asfalto devolvió el debido respeto a mi espíritu ávido nuevamente de noches y copas.
Caricias y abrazos.
Yo
Omar le enseñó muchas cosas, entre ellas su propensión al tres, cuando apareció, Julio era un recuerdo vegetativo que no causaba ningún problema a sus manos ni a su lengua, capaces ya de posarse en otras pieles y seguir absorbiendo el calor y el cuidado infinito de los hombres. Pero cuando una línea del accionar del otro se desviaba del lugar indicado, su mente se corría hasta Julio.

Venía tan bien.
Julián se estaba yendo en su carga de ojos verdes, su cuerpo había virado un poco hacia las horas en que me despabilaba que su nombre fuera una insignia y nada más, una puerta que se abre por comodidad porque se sabe que no está firme, que es eterna. Soñé con insectos de aguijones otra vez, insectos alados que zumbaban y retozaban entre ellos pero que buscaban mi piel para agujerearla. Puedo estar un poco cansada, el día en la ciudad es candado y las noches se agrietan cuando subo a mi cuarto y veo un hombre tirado que no es el mío. Cómo si Julián alguna vez hubiese sido pertenencia. Cómo si en mi concepción del mundo hubiera lugar para tal cosa, solamente hubiera adorado que su voluntad fuese quedarse, sin arrebatarle nada, sin exigirle algo. Simplemente una DECISIÓN de las mentales, esas maniobras que se juegan por convicción y ética y en las que el otro fuese un par y no un objeto que debe obtenerse a fuerza de escamoteos y malabares.
Tengo a Facundo que busca mi piel como yo la de Julián, tengo siempre a alguien que me quiere ver, en una tríada insoportable, yo que miro cuando me besan el vacío buscando unos ojos verdes y otros ojos en mi nuca abrasan mi piel que nunca será de nadie, que siempre en su egoísmo crea mundos paralelos que buscan un hombre que pueda reemplazar su primera letra por una n, un nombre que es justamente hombre y en mi eugenismo no puedo más que seleccionarlo como el indicado, el correcto.
Hicimos tantas historias de amor, que terminé comiéndolas a todas y al digerir sólo algunas partes, para desechar otras me quedé con las simplezas más agudas, con los estereotipos que debería haber eliminado; o me quedé con su parte dionisíaca, con lo que de muerte hay en toda relación humana. Pero yo sólo quería un compañero, un amigo para ir a pasear a la plaza y sentarme bajo las comisuras de los árboles a desgajar margaritas. No hubo contemplación en mi caso, no hubo decisiones amigables o interfaces sonrientes que pudieran abrime los ojos al contacto de un beso. Simplemente mi mentira cuando decidí que quería extremidades de hierros y sorpresivos espasmos. Lo tuve, lo tuve todo eso y no pudo convencerme, no puedo culpar ni a Julián porque lo puse en el lugar del elegido y no puedo culpar a Facundo de mirarme mientras duermo.
Las mentes femeninas tienen peculiares maneras de actuar y en el cerebro las síntesis de los acontecimientos toman formas extrañas. La palabra de un hombre es relativa, carece de formas firmes, es un discurso que puede quebrarse en el olvido de una frase pasajera. Feliz aquella mujer que sabe distinguir cuáles de todas las máximas son las que cobran peso en su boca, y cuáles de esas afirmaciones desveladas y desvelantes nunca tuvieron sentido para ellos más que como éxodo discursivo sin sentido, una descarga sin importancia ni consecuencias.
No gastaré mi vida en tales albedríos, por supuesto. Prefiero conocerlos en su cuerpo más que en su pensamiento y devolverles la quietud que la ciudad les arrancó, el goce por los movimientos imperceptibles pero intensos de una mano que se introduce por debajo y por encima de mis cavidades. La manera sin tiempo ni espacio de aguijonearlos, nunca puedo salir totalmente de su recuerdo y esa será el huella de volver a ellos, una veintena, una docena de seres que regresan y a los que vuelvo, enredada en el tejido.
Pivotes, todos ellos. El eje: mi cuerpo.
Se habían conocido una noche en la que el bar aún no estaba tan poblado,
cuando era más que nada un refugio de gente habituada a las altas horas, a vivir entre esquelas de fiestas y conversaciones de vigilia. Le pareció que ambas estaban ahí por el mismo hombre detrás de la barra. Él se afanaba por darle wishky a una y un cockteil frutado a la otra. Entre tanto movimiento, dejaba escapar los vasos hacia donde estaban hablando y nunca volvía para cobrarlos. De pronto empezó a beber de la bebida de ella, se acordaba de su padre que era un gran bebedor de malta. Ni siquiera recordaba cómo habían comenzado la conversación, tal vez por culpa del barman que las conocía a ambas de otras visitas al local y era estimulado de distintos modos a querer complacer a ambas. Por supuesto, ella era más linda, más grande y experimentada y en realidad el barman era a la única que esperaba. Por ahora se contentaba con escuchar las maravillosas cosas que le estaba contando esa mujer y matizar sus palabras con el vaso de whisky que no se cansaba de ofrecerle. Tal vez hablaban de filosofía y de teorías artísticas, de uniones y del amor, hablaban mucho del amor, “como todas las mujeres”.
Las luces eran borrosas de nuevo, nunca supo por qué no se besaron, o nunca supo por qué no recordaba si se habían besado o no. El recuerdo terminó confundido con el sueño inmediatamente posterior a ese encuentro, porque cuando llegó de madrugada y con otro barman a su casa (ella, como había previsto, se había ido con el caballero que las convidaba alternadamente) la borrachera la fulminó con ropas y sin meterse entre sábanas hasta el mediodía. Después, doblegada por la resaca durmió la siesta y ahí soñó con sus maravillosos ojos verdes. Iban a una fiesta en donde había viejos amigos de la escuela, después caminaba por la calle y la figura rubia de un confidente era la oreja que escuchaba su primera travesía con una mujer. En el sueño tampoco podía visualizar la escena, pero en realidad no había diferencia más que cultural (gran diferencia, eso lo aprendería más tarde) porque había tenido las ganas, porque hubiera besado sus labios, entonces el sentir era el mismo sólo que no podía discernir si era un recuerdo de vigilia embriagada o un esfumado del sueño.

No había tregua de la red, en realidad, nada era casualidad en su vida, sólo lo que estaba fuera de su alcance. Se había propuesto conocer a Marga cuando Marco la describió tan bien y desde ahí, cada paso había sido encontrarla. Después darse cuenta que no sólo las unían Marco sino también Julio y quedarse atrapada en un rombo, con Marga enfrentándola y donde de acuerdo a cuál de los hombres desaparecía la dejaba triangulada con dos pares de ojos verdes o con hermanos de sangre, esa parte, había sido decisión de una fuerza que la centrifugaba en la misma tela que no podía liberarla.
Marga la había impresionado un poco con su delgadez el primer noche que se vieron, pero esa esbeltez pronunciada, le daba carácter y presencia justamente por su manera extraña de sacar potencia de su fragilidad. En sus ademanes había una fuerza extraña que olvidaba la debilidad, además era alta y su voz, entre ronca y delicadamente suave, era un epitafio susurrado y mágico.
Esa noche entró en el bar, y Marga ya estaba parada frente a la barra, hacía tiempo que el barman que las había acercado vivía en el extranjero y detrás del mueble caras diferentes ya habían rotado un par de veces. Ahora el chico rubio volvía con los vasos llenos y decorados y el importe exacto. El invierno la tenía envuelta en una bufanda de cashemire y un tapado negro que le daba vueltas en su cuerpo delgado cada vez que se movía. Estaba con un vaso de ginebra esta vez, su rostro ya no parecía estar buscando ansiosamente a nadie. Se le acercó porque a veces se veían en el bar y se saludaban de lejos, pero esa noche ambas estaban solas y más allá de los conocidos por frecuentar tantas veces el mismo lugar no había nadie que interesara en mayor medida para compartir un vino. No hubo vino tampoco entre ellas, pero al menos se recordaron.
- ¿Cómo estás, linda? – Le pareció ahora que podría llegar a conocerla de algún otro lado, su voz le sonaba melodiosa, pero auténtica.
- Estuve toda la noche enferma, vengo desde hace semanas enferma, me siento desvanecer, cada vez peor, me imagino mi cuerpo mutilado, ya no sé que hacer para evitar sentir mí hígado destruido y mis intestinos enroscados, doblegados en sí mismos, dilatados y crecidos hasta ocupar mi cerebro. Son fantasías, ya sé, pero están ahí y no se callan.- Como el alcohol las palabras de Marga eran anestésicas; cuando estaba con ella, como cuando bebía se iba el dolor de estómago, se olvidaba de la molestia que le resultaba a veces su cuerpo, se conectaba con el placer que le profería al tacto las superficies tersas de la piel de ella, el cosquilleo del alcohol que bullía en la lengua, el líquido frío por los hielos recorriendo su laringe. Estaba también el placer visual de la melena roja y los ojos verdes, de los ademanes femeninos de ambas, de las muñecas más delgadas que jamás vería, podía asirla entre sus dedos pulgar y medio y aún así sobraba un importante espacio. Los primeros tragos eran duros, le revolvían aún más el estómago, pero después del segundo vaso, se olvidaba de su abdomen, de la tremenda sensación que le causaba, y reía.
- El cuerpo... - le decía Marga – deja en paz tu cuerpo, por favor. Olvidate que existe porque no es otro, no te dualises, incorporate a él.
La llevó a su casa, no quiso ir a la Galería, le mostró algunos de los cuadros que ya había terminado. Le prometió pintar su figura delgada con el pelo borgoña y las ondas caídas sobre los hombros. Había un barón que sabía quién era entre esos cuadros, estaba segura que Marga no estaba ni enterada de su existencia, pero le causaba placer el puente que se entretejía de ese modo.
Marga tenía los huesos marcados, estaba muy delgada por trabajar tanto, le sucedía en los momentos de trabajo extremo, eliminaba de sus prioridades la comida, con la confianza de la sabia regulación natural del cuerpo. Ella era redondeada, si bien delgada y sin curvas prominentes sus hombros terminaban en una esquina perfecta, sin huesos sobresaliendo, sus caderas con formas de media luna le proferían una armonía femenina ideal para ser retratada en una tela. Le convidó un cabernet sauvignon, había aprendido en dos encuentros cuál era su gusto.
El living era amplio, había sillones beige que se hundían al peso y unas lámparas con luces difusas. La ventana estaba abierta en su totalidad, con las cortinas descorridas. El verano traía olor a humedad y a jazmines chinos, no quería que su cuerpo quedara tapado por los almohadones o los brazos de los futones, sacó la mesa ratona (única mesa) y le pareció que sobre la alfombra persa quedaría hermosa. Ella estaba borracha, el maquillaje un poco corroído le daba un aspecto aún más patético, pero de un patetismo encantador: una niña que acababa de ser introducida en el mundo adulto, un poco desorbitadas las pupilas, y el trazo grueso del delineador surcándole en un contorno difuminado sus ojos castaños. Era un disfraz, por supuesto, no era tan niña y su inocencia no se vería alterada mucho más esa noche. Pero era un desnudo.
Ella miraba por la ventana. Estaba en el umbral, una línea recta dentro de la ovalada entrada que daba puerta al balcón. Los techos eran altos y había decorados en las paredes, un piso tres de un edificio del 1800, reciclado, macizo pero muy luminoso en ese barrio de casas bajas y comercios de autor. Había empezado a amanecer mientras viajaban en colectivo, del centro se adentraron rápidamente en las calles empedradas características de la zona, el violeta del cielo dio paso a un celeste gris, que aún no se azulaba. Ahora, el cielo comenzaba a desligarse del tono mustio y ya se percibía en la piel otro día de calor bochornoso y pavimento hirviente. Se acercó a ella despacio, tenía los cabellos recogidos y a la luz parecían más rojizos pero la base de castaño indicaba cuál era su verdadera coloración. El gancho que le sostenía el pelo estaba ayudado por unas horquillas, le sacó con cuidado esos broches, para luego masajearle la cabeza con ternura, estaba detrás de ella y ambos rostros miraban a la calle, enfrente había un edificio anónimo, tal vez deshabitado. Era de esas casas que aún no se habían remodelado y pululaban aún por la zona a la espera de inversores, tal vez de noche fuera ocupada por SDF. De día todos los ojos de las persianas se mantenían bajos y entre las hendiduras no se visualizaba ninguna luz encendida. Ella se dejaba hacer, recordando otras manos, pero absorbiendo la suavidad de unos dedos que bajaban hasta la nunca y escribían cosas con sus yemas en el cuello y la parte alta de su espalda.
El volumen de ese cabello se volvía cada vez más inasible, era una mota bien formada y áspera que le dejaba delgadas líneas cosquillosas en las palmas. Después la giró hacia ella, ahora una miraba hacia el edificio, la otra hacia la sala. Marga era más alta y le acomodó el pelo sobre los hombros y los pechos. Suavemente le sacó la copa que aun aferraba en su mano, la apoyó sobre un mueble repleto de fotografías de gente desconocida y lugares exóticos, en ninguna de las fotos aparecía la dueña de casa. Le rozó las mejillas con dedos tibios, le alzó la cara desde el mentón estudiando su fisonomía. Los ojos de ella miraban hacia el costado, avergonzados. Luego, empezó a desabrocharle la camisa. Era de una tela muy fresca y suave, con motivos orientales y exhalaba el olor del perfume francés mezclado al cítrico aroma de su piel condensado por el alcohol. Cuando terminó con los botones, le deslizó la pollera negra por sus altas piernas, estaba descalza desde que había entrado en la casa por lo que le hizo dar un pasito y el círculo de la pollera quedó a unos centímetros. La ayudó con la camisa y después sin virarla la rodeó con sus brazos para descorrer la unión del sostén. Sus pechos blancos tenían los pezones rosados y pequeños, las aureolas terminaban en un nácar que los definía y contorneaba. El pelo se los rozaba y ese cosquilleo los mantenía firmes. Bajó hasta sus caderas y retiró el resto de la ropa interior. Le pareció que estaba temblando, tal vez tuviera frío, desnuda y en la ventana.
La hizo recostarse en la alfombra, en posición horizontal, después de todo el baile y el alcohol, se quedó dormida al instante en la posición indicada. Margarita le volvió a correr el cabello, y luego de estudiarla un poco más le besó largamente los labios repletos de surcos violetas por el mal vino. Ella nunca despertó mientras trabajaba.

Tal vez por los ojos cerrados, porque nunca pudo retratar sus ojos castaños delineados y su mirada perdida, tal vez porque la luz que después invadió la sala tiñó de rojo su pelo, pero a Marga le pareció que ese desnudo se parecía más a un autorretrato. Nunca había ensayado tal cosa, y si bien es cierto que la impronta del autor nunca está exenta de sus obras, sentía en esa tela un profundo reconocimiento. Ella se levantó pasado el mediodía cubierta con una manta, y con aspirinas y agua a su lado. Marga dormía en su cuarto y no quiso despertarla, la puerta estaba abierta y se fue despacio, abajo el encargado lustraba los vidrios del zaguán, salió sin problemas y se enfrentó al sol y al tráfico candente de los laborales sábados citadinos.
Estuvo toda la tarde caminando, el barrio del puerto estaba abarrotado de turistas, siempre había amado las ferias. Se vendían baratijas en puestos hechos con fierros y sábanas viejas, guarnecidos del sol atemperante con media sombras y sombreros de lona. Había algunos puestos con panes y tortas, eligió un pan relleno que tomo con gaseosa, aún en su cabeza y aumentado por el calor de esa tarde sofocante el alcohol murmuraba en la sangre. Pero el río estaba hermoso y Julio solía visitar ese barrio para ir algún museo o subirse en alguna de las fragatas abiertas al público, tenía pasión por los barcos y su cara se volvía regocijo infantil ante submarinos y buques. Ya no volvería a encontrarlo, ni siquiera estaba muy segura de sentir algún tipo de ansiedad al respecto, solamente quería dilatar la llegada a su casa y el espejo o la ducha.
Los recodos del barrio se perdían en algunas casas viejas y más centros comerciales que funcionaban como albergues de puestos de feria, el ruido de tambores de alguna música típica la devolvía a sus ensueños. Quería abarcar con su mirada el mayor espectro del espacio y absorber en su nariz todos los olores de las masas calientes y las confituras derritiéndose al vapor de la tarde, quería poder aspirar a fondo el olor salado y ácido del río, sentir con la mayor fidelidad el frescor de la brisa tenue y sobrepasar el instante para volverlo carne. Ella también estaba como turista, en sus ojos la fascinación se convertía en una sonrisa, no podía evitar la felicidad, la cadencia de la gente que la envolvía en su movimiento la arrastraba contra una artesanía indígena o unos buñuelos hermosos con el caramelo chorreando y la servilleta que lo envolvía pegada. Extrañada se sentó frente a un oriental, era la feria de las naciones y en cada stand podía viajar a dónde quisiera.
El japonés había comenzado con un té de jazmín y unas gyozas que ofrecía sin más a los que se habían congregado a su alrededor. Eran pocos, pero comenzaba un relato nuevo y luego de que una dama hermosa y de ojos rasgados hubiera terminado con su selección de haikus, el pequeño hombre se disponía, sin texto frente a los ojos, narrar un episodio lejano.
El olor punzante de la salsa de soja se filtraba en el aire, un aroma dulce y ácido a la vez, mezclado con el del pescado fresco que es sabroso y desintoxicante a diferencia del fétido humor que disparan los pescados descongelados o pasados. El relato la había transportado a latitudes distintas pero con olor reconocido, una familiaridad inesperada. Pero en sí, la historia le había resultado algo aburrida. Se fue cuando el japonés se disponía contar un cuento de sus antepasados chinos. Temió escuchar esa parte y dejando atrás el sol redondo que ya se iba agazapando sobre la rivera, caminó hasta la parte del barrio donde estaba la carpa del circo. Hacía años que no iba a ninguna función, era un cierre perfecto a esa tarde de vida callejera, una muestra de artesanía bizarra. Pero ya no había más entradas. En su celular el número de Marga la decidía a pasar otra noche estática luego de un buen vino y unos cigarros negros. Pero su estómago era una piedra que por momentos se retorcía en un murmullo acelerado que luego volvía a endormecerse. Caminar las treinta cuadras que la separaban de la casa de la artista y decidir en el viaje su destino de sábado a la noche fue una resolución equilibrada. Pronto el viento se hizo algo más acelerado, y los papeles de basura formaron remolinos en las veredas, las ventanas se cerraron de golpe y el cielo tomó una coloración demasiado oscura para esas horas de la tarde de verano. Llegó corriendo a la casa de Marga que la esperaba fumando y con un vestidito de algodón, estaba en pantuflas y con la cara apenas maquillada, parecía una actriz de los años cincuenta en su elegancia sobria y las facciones angulosas y los ojos felinos. Sonrió maternalmente cuando la vio toda mojada y el rimel desparramado en la cara, podía ver detrás de esa femenina presencia y su ofuscado andar la niña que rogaba por consuelo. Le recordaba a Julio y no le extrañaba que así fuera.
- Estuve intentando comunicarme con vos por la tarde, pero en tu casa no me respondía nadie y tu celular estaba muerto.
- Sí, escuché el mensaje recién, estuve paseando por el puerto, escuchando historias raras, mirando caras extrañas.
- Quiero leer alguna historia rara tuya, quiero que me leas algo tuyo.
Estaban frente a frente y los ojos de las dos se desviaban intermitentemente para
mirar los relámpagos y la lluvia que caía gruesa sobre el asfalto escarlata. Nadie sabía que estaba allí y a esas horas, volvería a ser la noche ideal, la del ensueño, protegida otra vez, la necesidad de sentirse niña y asumir en ese gesto subyugado la vulnerabilidad que otorga la confianza. Relajarse y seguir adelante, abrir un derrotero de sensaciones y compartirlas, que el placer más hermoso es dejar de lado su propia visión de la existencia para ser pura intuición, un espontáneo hombrecito que se abre paso sin medir los ángulos o calcular probabilidades, tranquilidad de saber que el peligro no es inminente, que se puede abarcar en un solo abrazo el amor que se profesa y sin trabas.
Estaban tan lindas, una mojada con el surco negro de la pintura redondeando sus ojos rasgados y negros. El negro de la misma pollera y la musculosa que se le pegaba húmeda al cuerpo. La otra con su camisolín blanco y el pelo rojo repleto de rulos. Había querido conocerla para medirse e imaginar una venganza que nunca hubiera materializado, después escribiría que tal vez la había envenenado o que la había seducido, que junto con Julio había pasado la noche más sensual de su vida, pero sabía que tal vez sólo terminaría volcándole unas copas encima o destruyendo el cuadro. Pero parecía que era Marga quién la había atraído hasta su morada y hechizado, no podía despegarse de esa figura delgada y ojos verdes, de los puntos negros que su iris componía en la tranquilidad de la mirada.
- Tengo algunos contactos, para que empieces en alguna revista, vas a tener que seguir en la oficina igual, porque al principio no se paga, pero ya vas a poder vivir de lo que te gusta. – Marga seguía viendo el arte de modo humanista, el arte supremo, la razón idealista del mundo. Justamente lo que ella negaba, se sentía avergonzada de su producción a la vieja usanza, pero era lo único que aún sabía hacer, el individualismo puesto en su extremo para escribir, pintar, tal vez la música fuera un espacio un poco más colectivo, la realidad de la producción en conjunto, no olvidarse de lo que viene, no querer estar ausente de nuevas formas de arte, pero a la vez sentirse atrapada en la comodidad de una mano y una mente.
- Me encantaría, es lo que estoy buscando, un espacio de expresión, pero me gustaría algo nuevo, algo no visto. No como vanguardia, hacer vanguardia hoy es como decir, naturalismo o realismo. Suena hasta anacrónico. Pero avanzar hacia algo inédito, una nueva y más acabada sensibilidad, reflejar en acto lo que se siente, lo que se vive.
Marga sonreía, ella de joven y sus cabellos largos, menos rojos y alisados por una toca eterna. Los ojos filosos por la marihuana. Ser siempre joven por rodearse de ellos, parecer envasada en un frasco que la contenía y le evitaba vaciarse. Era su protegida, la niña mágica que realizaría en el verbo lo que ella intentaba desde la forma.

El departamento tenía las luces apagadas. Sólo iluminadas por el alumbrado público mirábamos un atardecer abrumador, el río se extendía en la lejanía, traspasaba la vereda próxima que se cubría de espeso humo estival. La tormenta tardaba en acercarse, se mantenía oculta entre las gruesas nubes que paralizadas esperaban en el aire. Ella ocupaba todo mi campo visual, tal vez me había enamorado y tener que hacerle daño se volvía el dolor más grande, tal vez podría intentar un desprenderme de Julián. No había olvidado el vino, no había olvidado que después de dos copas yo sería la víctima y no el verdugo. Entonces tal vez sería su cabeza rapada la que se mojaría entre gotas de una sangre que no sería la suya. El ángulo recto de la pared que daba al balcón era el único reflejo que había encendido Margarita en una lámpara de pie con pantalla difumada. En la sombra la curva de sus pechos se había abultado. Era el negro de su figura contra el blanco de la pared, y era la cara de ojos verdes más hermosa que jamás tendría oportunidad de ver, porque después la volvería a ver, la volvería a ver millones de veces y sería de una estética privilegiada, pero en ese segundo y en esa sala era el rostro que dejaría para siempre en mente la idea de Belleza acabada. Parecerme. Ya anochecía y me envolvía en su abrazo, me moría de miedo, porque temblaba de ansia. Y era una nueva forma de amar, no quería ser volcada por ese sentir, simplemente besarse, acariciarse con la simple fineza de dos seres casi exiguos que rodeados de sombras podían tocarse sin mirarse.