lunes, 21 de enero de 2008

“Soy un ser cercano a la quietud, la necesidad de ahorrar energía define mi estado plenario, mi summun. Mis épocas de gran excitación, de necesidad de ir y venir, de rodearme de gente y de abordar anécdotas inmensas, son momentos de zozobra. Cuando el espíritu recoge la serenidad y el ser se apaga en sí mismo no en un consumirse, sino en la tranquilidad de la contemplación acabada, de la palabra justa y el ademán adecuado, es el momento donde tanto recogimiento no implica una acción deliberada de aprehensión sólo una absorción profunda del mundo. La clave de la calma y de mirar entero. Esas llaves son las que definen la existencia, y de nada vale pujarlas volverlas propias, porque cuánto más se las anhela más se escabullen hacia secretos ministerios.”
Estaba secando las hojas al sol, con sus manos rusgosas las alisaba, manos oscuras y rayadas a cuchillo por todas partes, en todas las direcciones, color marrón y surcos grises, las hojas verdes, árboles en miniatura y la planta de coca que se desmenuzaba entre los dedos. Era amiga de su abuelo, era una rara amiga y de voz con erres patinadas y dulzura melodiosa salían cuentos extraños. Bostezaba porque no era interesante, las historias de aparecidos y de poseídas (no recordaba que hubiera en sus relatos una persona de sexo masculino que haya caído bajo el dominio del diablo, siempre chicas jóvenes o niñas cercanas a la pubertad) solía maravillarla hasta el punto de estacionar en el plato el pan casero con manteca y azúcar. Hoy estaba especialmente circunspecta y su voz flotaba en el aire en una lentitud aún más exagerada que la normalmente incitada.
El abuelo...

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