lunes, 21 de enero de 2008

La poca luz del atardecer la despertó enredada entre las sábanas, en su cabeza
había residuos de alcohol pero no un dolor punzante como solía ocurrirle, había dormido lo suficiente como para desenhebrar de su cerebro los velos que el vino y/o cerveza le había traído entre manos. Pero no podía disipar lo acontecido, no podría volver a mirarse en el espejo con la liviandad de las semanas pasadas bajo el sol de una ciudad extraña y las medias lunas ociosas. Se le ocurrió una noche larga, un viaje en auto, pero no podía darle fin a la historia, en una fase temprana del delirium tremens, ahí donde aún no preocupan las adicciones, le pasaba de olvidarse lo qua había vivido. Ensayó reconstruir la noche desde que se miraba en el espejo y se vestía despacio para poder verificar los mínimos detalles, en su cabeza algo le decía que las cosas no habían sido como ella hubiese querido, una afirmación de más, una copa de sobra en la que introdujo sus ganas y las abrió al vacío. Estaba en la casa, con el camisón puesto y solamente pensaba en reconstruir la noche, hacerla aparecer, de puntillas en su memoria, se había despertado con olor a hombre en su cuerpo y sabía que el cierre había sido seguramente un turno de dos horas y la mirada clavada en el espejo del techo. Había incomprensiones que hacían que su vida fuera más desacertada, pero las aceptaba tibiamente, con la cabeza encogida y las manos atadas. Se acordaba del río tempestuoso por la tormenta y las ventanillas del auto atigradas por las gotas de lluvia, un vino terminado en el auto, habían empezado a beberlo en el bar, y era el segundo, y ahora había una mancha en su pollera que indicaba que era tinto y fuerte, especiado y reposado en roble. Pero no había rastros del recuerdo de su lengua entre los dientes, o de cuánto había disfrutado el momento en que él entró en su cuerpo y le dedicó la noche que más acopiaría en toda su vida. Un amor insondable, ella con la mirada siempre vuelta hacia otros velos y nuevas sombras, se le acodaba bajo las axilas buscando refugio, tantas veces había sido ella quien en vastas horas había hurlado pidiendo auxilio. Un quiebre y noches enteras de silencio, para volver a verlo con la distancia y un nervio ausente, aniquilado por el alcohol y la manera tan natural de evadirse del presente no por la sublimación del acto, sino por la ausencia de su sentir, enfocado en vaya a saber qué nuevos gestos, cuáles aparecidos nombres.
Su no memoria la traía de vuelta al presente de su casa y el balcón como inmensidad intangible. Estaba ya oscuro y la soledad de los domingos la hacía voluble a los designios de lo que su mente ya conocía, y a partir de su experiencia reconstruyó una noche que fue maravillosa, no por la compañía o el buen vino y el paisaje urbano de la pasarela en la costanera o el río avasallante, sino por el descentrarse de sí misma y pujar sus manos hacia un cuerpo indeseado, volver a lo nimio, a la vulgaridad de un hombre que no era para ella más que un ser precioso y enlatado.
Todo podría haber sucedido como lo estaba recordando, pero nunca lo sabría, los pasajes de amnesia son filtros por lo que se escapa un pedazo de vida, inevitablemente tendría agujeros negros su marcha por la superficie de esa ciudad. Con Julio no solía sucederle, bebían demasiado, fumaban y se iban, pero guardaba cada momento. La perfecta estabilidad de esos espacios, la intensidad con que gustaba vivirlos los perpetuaba más allá de los enajenamientos infundidos, lograba retenerlo porque era el hogar, estar con Julio era volver a casa. Años antes, lustros después, cada vuelta de su mirada hacia la profundidad de los lugares comunes volvía a tenerlos en el primer momento en que él la miró distinto y ella se sintió radiografiada por los ojos cuya lupa designaría cómo comportarse el resto de su vida. Sólo momentos y sólo palabras, que mutan y adquieren en el tiempo nuevas significaciones, no por una evolución de la lengua sino porque el tiempo las amolda a una evocación imperfecta que las contornea para volverlas más digeribles, nunca las ofensas duelen tanto al instante del repaso, son simplemente ofuscaciones perdonables.
Nadie vio esa traición, sólo fue entre ellos un discurso en metáfora que nunca pudo adquirir las palabras de disculpas de ella y las de redención de él. Un discurso es fácil de soportar, más aún en la distancia.
Las excusas del final fueron muchas, por debajo el miedo.
Página 21 y ya se dilucida el final, de cualquier manera y en cualquier momento, por la intensidad de los acontecimientos, era natural que sucediera.
El timbre sonó insistente en la casa. Era su alumno de filosofía de los jueves, siempre que bajaba a abrile la puerta de entrada del edificio le parecía notarlo algo incómodo. La esperaba en el zaguán con los libros apretados contra su pecho y la cara iluminada por la emoción o las luces. Ella casi siempre estaba en falda y musculosa ajustada; su andar era femenino e incitante, pero no había provocación violenta en sus ademanes. Traía encuadernaciones introductorias a Kant y Hegel bajo el brazo y no paraba de esquivar su mirada: se concentraba en las ventanas, los cuadros, los libros de los estantes. Se sentaba despacio en la silla que ella le ofrecía y la enfrentaba y abría su cuaderno de anotaciones, en su cabeza aún resonaba la teología de San Agustín y Tomas de Aquino en lecturas de terceros. Eso implicaba una doble complejidad, pasar de un idealismo teológico a un idealismo metafísico y pasar de lectura de tercera a los autores en sí.
Como profesora no era apasionada al hablar, al menos no al principio. Intentaba introducir al alumno en los senderos filosóficos de manera rítmica. Para envolverlos, al comienzo, no arremetía con esa violencia que puede resultar muy interesante en algunos profesores, quienes, desde la primera clase dejan deslumbrado a su auditorio. Iba en pausas, creando el misterio, anidando un clima que se reproducía en ecos en el cerebro de sus receptores. Masticaba despacio los temas resaltando sus conflictos, las puertas condenadas, sus posibles salidas. El escape en filosofía es impensable, hay una muralla infranqueable que es la muerte, cuyo guardián es Dios y en donde todos los pensadores de la historia (filósofos) dan vueltas en círculos. Curiosa imagen, todos ellos tomados de la mano, con mochilas inmensas en sus hombros donde descansan construcciones teóricas, en círculo, como infantes jugando y cantando alrededor de un pozo ciego, que es pared, puerta y encierro.
Estaba siempre un poco bronceada y las pestañas largas se alzaban cuando enfatizaba alguna palabra. Su voz introducía a la dialéctica y a veces parecía que se volvía más suave, áspera pero cálida, y Marco no lograba reconocer si emitía sonido alguno o las frases iban entrando por osmosis, a través de sus capilares dilatados.
Lo reconoció en seguida. Era un chico ambiguo y cuidaba mucho sus modales, era un precioso chiquillo de buena familia, excelentes costumbres y caballos en casa. Lo imaginó montado y jinete mientras citaba a algún filósofo y se sonrosó. Le pareció divertido jugar un poco con él, buscaba otro rol para ella misma. Verse de pronto arremetiendo a un muchacho un lustro más joven y, en tales circunstancias, su papel se duplicaba porque no era del estilo de su preferencia. Lo arengó despacio, casi sin dejarse notar le fue hablando de ella misma y de sus cualidades.
Era débil y no podía decidir cuánto en realidad le atraían los hombres.
Sonó el timbre, insistente, en la casa. Era domingo, ella le daba clases los jueves por la tarde, pero necesitaba prestados unos libros para el examen del martes. Llevaba un camisón corto, con los hombros desnudos como siempre, pero con desconocidas transparencias.
- Perdoname Marco que esté en este estado. Estuve mal del estómago todo el día y no me vestí en ningún momento. No tuve fuerzas para nada.
- No, está bien, disculpame vos que venga a esta hora, pero son muy caros estos libros como para comprarlos y pensé que
- Me parece genial que estés acá, yo misma me ofrecí, lo recuerdo – Estaba
tomando vino, le contó que en pocas cantidades lograba anestesiar el dolor y le convidó una copa. Él estaba rígido, tomaba rápido y no lo disfrutaba. Tenía la verborragia de las noches en las que se bebe demasiado alimentada por un ocaso en el que decidió seguir en sintonía con el vino, porque no había sentido punción en su cabeza, porque el dolor en su estómago era viejo compañero y no podía culpar al alcohol de ese daño. Aún no había perdido la razón, era conciente de que estaba seduciendo a su alumno y si bien no había Institución de por medio que la sancionara, en su mente sabía que estaba presionando la situación a un límite en el cual él salía corriendo o ella lo echaba de su departamento sin los libros en mano.
Le agarró la muñeca y se llevó la copa de él a su rostro, la olió unos instantes y luego la colocó en sus labios, dejó reposar largo rato el cristal y Marco vio como su lengua absorbía el líquido. Cuando le devolvió la copa, la miraba absorto. Se dio cuenta de que era virgen y se excitó enseguida. Le molestaba un poco que hasta las perversiones fueran tipificadas, tan naturales: su cara de ángel, la ambigüedad, su condición de alumno, la fascinación profesada.
No quería tomar demasiado porque rompería su abstinencia, ella no paraba de caminar por la sala pequeña, el camisón le flotaba un poco y entre las cortinas abiertas, el apagado desierto del cielo (era lo único que se veía a esas alturas y a esa hora) era un haz de luz que interrumpía un cosmos apartado. Había viento y su cuerpo de mujer era una sombra negra donde el camisón se sacudía, las facciones de la cara se sospechaban, apenas los labios sobresalían rojos por el vino y besar demasiado.
En el momento en que había entrado en el living y ella estaba relajada sobre el sillón, y aún había una lámpara tenue amenazando la escena, él le había visto unas manchas oscuras en el cuello. Ella le había contado que no podía contar nada de la noche anterior, nada desde el primer beso con aquel hombre del auto y el río sobre sus ojos, de la unión entre sus extremidades y el cuarto de hotel y las manchas de vino que atestiguaba su falda sólo reconocía el olor en su cabello y esos besos profundos marcados en la garganta. Marco sintió deseos de besar en exactos lugares del redondo y delgado cuello que el vestido le ofrecía en su entera desnudez, morder con intensidad los hematomas de hermosas variaciones moradas y coloradas, reproducir en una tela esa belleza minuciosa de los colores en donde es imposible percibir el pasaje de una tonalidad a la otra. Ahora, la noche le impedía verlos, sólo veía sus labios y el vino le había dejado el mismo color que los besos en la piel.
Se había puesto inquieta, no podía decidir parase y acompañarla en su recorrida por la casa, que no era muy grande y que no podía contenerla, menos aún a ambos. Después se sentó al lado y la claridad era más intensa porque la Luna se movía y se iba acercando a su pedazo de cielo y sobre todo, porque las pupilas estaban dilatadas y acostumbradas a la oscuridad que había sido sorpresiva en el instante de apagar la perilla y reconocer que aún bajo la negrura incipiente, ella lo seguía mirando, esperando con placer su cara de sorpresa y la educada displicencia de no comentar nada. Estaba aún más incomodo que antes, pero ella se sentó al lado teniendo extremo cuidado en no rozar su piel, en no producir ningún contacto, solamente le sirvió más vino, una botella, igual a la otra, con el mismo sabor de madera y especias y la lengua que exigía otra vez el líquido rasposo y envolvente para adormecerla y luego las papilas despiertas de nuevo buscando más vino, más rugosidad en el contacto líquido/lengua, vino/ membranas.
A la tercera copa, él empezó a hablar. Ella le iba preguntando cosas y de a poco conseguía alguna información. No tenía novia, tenía dos hermanas, una mayor, otra igual, la más grande había desaparecido en Europa apenas cumplidos los 18 años, y los pequeños apenas si tenían recuerdo de ella. Cuando volvió, después de cinco años, él ya tenía diez y su intento de acercamiento fue vano, porque era un ser extraño, de costumbres difíciles. La madre les decía que se drogaba fuertemente y que tenía relaciones con muchos hombres, en su momento les resultó reprobatorio, él y Martina decidieron romper relaciones. Cuando crecieron nunca más hubo un real acercamiento, más allá de que los ideales cristianos habían perdido fuerza en su fe y que a los mellizos ya no les parecía tan salvaje tener sexo con diferentes personas a lo largo de la vida, la imagen de esa mujer, artista maldita a los ojos de su familia, no les atraía demasiado. Martina, de todos modos, a sus dieciocho había seguido iguales pasos, se fue en un circo a recorrer el continente, con una muda de ropa en una mano y un libro de Moliere en la otra. Él sólo quedaba en la casa, con la quietud de su madre y los libros. Estaba poco y su último año había sido de fiestas y sonidos tribales con bases electrónicas, bastantes pastillas y encuentros olvidados. Hasta el Año Nuevo, en que decidió abandonarse a la filosofía, en un acto de recomposición personal.
Ella asentía mucho y retenía nombre y situaciones. Estaba más tranquilo, el vino le había coloreado la tez y por momentos movía las piernas entre espasmos. Podía verlo en el puff, sentado al lado de ella que estaba en el piso con las piernas flexionadas, su pantalón, entre las nalgas, era más prominente que hacía una hora. Ella le sacó la copa de vuelta y volvió a tomarle su vino, esta vez no le soltó la muñeca sino que hizo que sea él mismo quien la ayudara a llevarse el vaso hasta los labios. Después se paró y lo llevó hasta el cuarto.
(Fue ella quien lo tiró en la cama con suavidad inusitada y sin sacarse las ropas, montada sobre él, lo besó despacio, después con violencia. Le dejó oscuras marcas en su cuello, cerca de la nuez de adán y un perfecto círculo morado en la nuca)

No hay comentarios: