lunes, 21 de enero de 2008

Primera coquetería

Una hamaca en el jardín más lleno de margaritas que jamás vería. Pero también había choclos descoloridos en su vaina, un maíz fresco que solían comer en almuerzos de mesas larguísimas, siempre vestidas de manteles floridos y con la infaltable caja de vino blanco. Estaba la hamaca blanca en el jardín, nunca habría tanto verdor como en esa época, su abuelo la sostendría entre las piernas y ella bailaría como un jinete, el olor de colonia de hombre de su abuelo... tal vez tuvo tres primeros amores: su abuelo, su padre y el vecino.
El vecino era rubio y de alguna religión devota, era un niño muy prolijo y venía de recién bañarse esa tarde noche que fue violeta, como lo son siempre en el verano los crepúsculos frescos, con la luna baja y las estrellas de bichitos de luz rodeándoles las espaldas. Estaba perfumado y el cabello aún húmedo marcado al costado, sin flequillo con toda la cara delgada y blanca al descubierto. Ella sabía que venía y estaba nerviosa. Se pintó las uñas con el esmalte que venía en una bolsa de tela y puntillas, junto con otros cosméticos, el rubor y lápiz labial. Su padre no aprobaría tanta coquetería, pero la tía le pintó las uñas y el conjunto de musculosa y short rosa vivo le sentaba bien, tenía además unas cuantas pulseras de plástico de todos los colores, muy de moda en esa época.
Contenta de verlo aparecer, utilizó la estrategia de la sonrisa pícara pero no alevosa, una invitación tímida a lo lúdico pero nada de simpatía extrema. Él estaba con una chomba celeste y gris, y jugaron al colectivo, los hermanos mayores andaban por ahí cazando luciérnagas, pero ellos se escabullían a la vista de todos. Posicionados en un ángulo en que madres y abuelas podían dominarlos, dejaban de ser buscados y la atención se centraba en apartar las moscas de las ensaladas, las mariposas de noche de las lamparitas desnudas. La mesa estaba puesta en el patio colindante al jardín, era un cuadrado de cemento demasiado cercano al asador y rodeado de la espesura verde de la hierba. Un árbol inmenso llegaba a cubrir con sus ramas tanto la estructura de cemento donde se cocían las carnes como la hamaca blanca y los dos niños.
Lo dejó ser el chofer y manejar el micro. Era de larga distancia y parecía ser una buena noche para manejar, sin lluvia ni niebla. Estaba sin las muñecas y sin su hermana. Hablaban de algunas cosas triviales, le preguntó la hora de llegada, le contó sus planes de paseo, la amiga que la esperaba con el marido y los hijos pequeños. Él la escuchaba fascinado, pero muy concentrado en el horizonte, balanceando cada vez más fuerte el aparato. La hamaca iba y venía, de un lado hacia el otro. Ella estaba sentada en uno de los dos asientos de manera correcta, él le daba la espalda forzadamente dejando sus piernitas caer al aire por el agujero que dejaba el respaldo. El viento cuando volvía le apartaba del rostro los cabellos finos que se le habían soltado de la cola de caballo atada con moño rosa y a la ida se le pegoteaban de vuelta alrededor de los ojos. En ese vaivén rabioso el olor a tierra fresca y a noche de campo era más fiel y más certero, se concentraba con una nitidez que le anestesiaba las narinas.
Los llamaron para comer y ella corrió hacia su abuelo, él estaba con su padre en la parrilla, atizando el fuego y moviendo las carnes. En esa época su padre le despertaba temor, también su abuelo paterno, pero allí con el otro abuelo y su voz joven inconfundible, demasiado joven todo él, con sus manos grandes y su porte atleta, era una ocasión de felicidad estar cerca y vacilar ante sus chistes, cautivarse en sus fantásticos cuentos de aparecidos, brujas y magos. Después de cenar la permisión de volver rápido al juego. Estuvieron detrás de las margaritas un buen rato, se contaron cosas secretas, las luciérnagas no paraban de refulgir alrededor de ellos. Hubo otra vez de luna llena baja y dorada, grande como un balón que parecía flotar en el cielo y caer...

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