lunes, 21 de enero de 2008

Llovía. A veces esos son los grandes acontecimientos en las ciudades. En el tedio de un verano que es calor y ausencia, una tormenta intensa puede ser señal de alegría. Lo distinto. El sonido de las gotas lo traía el pasaje veloz de los autos por el asfalto mojado y algún cerramiento de chapa de un balcón vecino. No había relámpagos ni truenos, era una lluvia intensa pero no desatada, un ritmo particular de las gotas cayendo rectas y precisas.
Había llovido todo el día, eso era lo mejor. En una ciudad en la que los veranos eran cada vez más intermitencia de sofocones y aluviones, era un alivio la musicalidad dominante de la lluvia durante toda la tarde. Estaba escribiendo; sentada en actitud recta sobre la computadora, del teclado salían extraños signos que formaban palabras que constituían frases y creaban párrafos. Escritura virtual, del otro lado de la pantalla su pulso erigía lo que después serían hojas, pero ahora era nada, solamente un logicial, un archivo duramente decorado por letras negras y explanadas blancas.
Julián y ella.
El verde devolvería la calma, se iría en un viaje a buscar las sierras que en su escritura no era más que niñez y pasado. Se iría en busca de los arroyos que devolvían al suelo la humedad de la

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