lunes, 21 de enero de 2008

¿Por qué tantas formas de amar? No sólo en el sentimiento, no sólo en el oscilante matiz de un padre, un hermano, un hombre. No sólo en el filial cariño de una madre o la desesperada pasión de una loca. Entremedio, una infinitud de maneras de amar entre cuerpos. No podía explicarse cómo alcanzaba estados tan iluminados con Julio, porque su modo era de maneras más suaves, su búsqueda era el vaivén compasado de la tranquilidad de la mente que se abría y se desplegaba cuando estaba en calma a los infinitos recorridos nerviosos que terminaban en cada célula de su cuerpo, sobre todo las más ejercitadas, las más dilatadas. Entonces, Julio que era poder y no descanso, era el señor de su cuerpo y la domaba sin contemplación o quietud, la arengaba y la devolvía al suelo, con él alcanzaba su máximo esplendor, la máxima soberbia. Al principio se lo adjudicó al amor, ella lo amaba y en esa infinitud estaba el secreto de la magnificencia de algo tan normal. Años de encontrarse y seguir amándose bajo efectos de un vino que los relajaba hasta volverse cariñosos de nuevo, le dieron cuenta que no ya no había amor profundo y que esos escapes al abismo eran producto de alguna otra cosa. Él la llevaba hasta el ocaso de la conciencia, ahí donde un paso más y la materia se disolvía, o tal vez fueran fuerzas opuestas que estabilizaban juntas. Porque cuando estaba con otros hombres y su manera de amar era acelerada y abrasiva no podía seguir su ritmo, quería tener el control y disminuir los tiempos, apaciguar con música las sábanas y correr las alfombras en un delicado tintineo. Con Julio esa violencia era límite y era playa extensa donde el cuerpo se fragmentaba y la mente seguía quieta. Había división que era plenitud, o recogimiento mental para desplegarse físicamente. Imposible devolverle un sentido otro.
Pensaba mucho por esas noches.

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