lunes, 21 de enero de 2008

El ronquido de la vieja no cesaba nunca. Había conseguido que le dejaran al menos un rabillo de persiana abierto, y cuando tuvo conciencia fue clara en pedir que nadie se quedara durmiendo en la habitación con ella. Podía pasarse el día drogada y somnolienta pero por las noches estaba despabilada y atenta. Los ruidos de los pasillos se confundían en llantos y susurros, demasiado lejos de los quirófanos o las terapias, demasiado cerca de las puertas, los visitantes (del sector que sea) debían transitar invariablemente por su puerta y sus sacudones o pisadas eran la huella de lo irremediable. Lugares que eran casi virtualismos por su manera incorrecta de sentirse presente, era más ausencia que otra cosa porque no había pertenencia, ni tiempo aproximado de espera o residencia, era simplemente aislarse del resto del mudo e ingresar en un cuadrado donde los cuidados eran extremos hasta el punto de dudar si tanto empeño en la salud propia si tanto esfuerzo en seguir manteniéndolos vivos no era un espejismo donde en realidad, detrás de las paredes y sobre los techos ojos desconocidos investigaban angulosas perfecciones futuras. Y no estaba nada mal que así fuera. Ella misma aspiraba cualquier cosa con tal de que su panza dejara de crecer y doler y hubiera tomado la droga que tuviera más mano y la más efectiva si eso comprometía una desaparición automática de los espasmos y el sufrimiento. La única contraindicación: la molestia de ser otros quienes decidían cuándo estaba realmente enferma, cuándo debía tomar las drogas, a qué hora y en qué lapso. Había que confiar ciegamente en un guardapolvo blanco, para evitar sobresalirse y correr por los pasillos del hospital para terminar tal vez en otra estructura similar, pero de paredes aún más descarcadas y con una venda entre los ojos y las manos.
Por ahora tomaba lo que le daban y era feliz. O peor aún era un poco inerte y la sonrisa que se dibujaba cuando la visitaban solamente un reflejo. Eso fueron los primeros días, bajo esa manta de sopor sabía que algo no andaba bien y cuando bajaron las dosis fue un alivio reencontrase con su depresión y la crueldad de saber que afuera había mundo. Las noches eran más desveladas, y miraba por la ventana descubriendo aviones y las luces que de pequeña creía que eran ovnis, el Servicio Meteorológico Nacional. A veces un ave raspaba la ventana y ella hubiera querido que entrara que fuera como la paloma de su prima y se posara en su pecho, se le ocurría que cuando eso pasara en realidad estaría muerta y la paloma su espíritu volando hacia tierras en donde debería había terminado, tierras orientadas al oriente, zonas orientales, de naturaleza armonizada con el hombre, no vírgenes, no sacadas del África meridional, tierras donde la mano del ser humano estaba presente pero traducida en construcciones armoniosas y equilibradas con el ambiente.
El ave pasaba de largo y evidentemente, esa estadía en el hospital una anécdota más para sus nietos, un paso por un espacio sin dimensiones donde le convenía ser obediente. Aceptar lo que le daban para comer, para beber, para tragar, aceptar que le tomen la presión, la fiebre, que le sacaran sangre y le dieran suero, que le dieran laxantes y no poder ir al baño, que la enfermera le sostenga la palangana y le vea su residuo, su interior y sus entrañas. Bueno, lo de siempre, como quién diría, nada tan grave, nada tan bochornoso.
Marga sostenía en su mano una llave que era inmensa y era la llave de la galería, solía mudarse en invierno a su lugar de trabajo porque quedaba más al centro y era más pequeña y más calefaccionada que el amplio departamento antiguo del barrio viejo de la ciudad. Le propuso vivir con ella hasta que sus fuerzas volvieran a ser las de antes, es decir no una gran fuerza, no una gran energía, pero la posibilidad de caminar la ciudad entera y de trabajar ocho horas al día, la cadencia natural de su andar sereno y el aspirar hondo, hasta vaciar sus pulmones.
Estaba buscando una hija y su debilidad era la excusa perfecta para tal ensayo.
La galería era un cómodo departamento con olores fuertes de pintura y mucho café humeante. Marga consumía café y tabaco y vino, raras veces comía sentada y su cuerpo se había acostumbrado a tales hábitos con una energía y salubridad insólita que desmentían cualquiera de los artículos pseudo científicos que aparecían en los diarios proclamando la buena nueva vida y los hábitos de frutas y verduras y el ejercicio físico como claves de longevidad y salud. Estaba poco en la casa salvo de noche y se quedaba hasta tarde desaparecida en el estudio “trabajando”, a veces llevaba modelos y el silencio era más gutural que en los días que pintaba sola. Tenía libertad para salir y entrar a las horas que quisiera, para llevar las compañías que cruzara por el camino y de dormir hasta tarde. Le habían dado una larga licencia en el trabajo y cuando estuvo mejor, se fue de viaje. Marga se molestó un poco pero lo cierto es que nunca se veían y que el deslumbre inicial que a ella la había inspirado era ahora un aburrimiento y su hermana mayor una sombra que iba y venía por la casa en las horas que dormía o estaba afuera y en su momento favorito, el alba, la artista descansaba con las puertas cerradas y las ventanas selladas sin la posibilidad de que entrara una mínima línea de luz en toda la habitación.
Se veían más antes, cuando frecuentaban el bar y quedarse a dormir en su casa era toda una osadía por la proximidad de un cuerpo femenino intocable y por la belleza atípica del decorado del inmueble y su personalidad flamante. Marga se volvía una especie de cripta que debía atravesar.
Tomó el micro a las sierras y en el viaje en pleno día (no solía viajar con el sol en su cabeza) descubrió innumerables atrios coloniales en casas de barrios periféricos. Estaba en la etapa en la que buscaba todo el tiempo a Julio, en las caras de los hombres y mujeres, en lugares improbables, en situaciones poco agraciadas, entre la espuma que le ofrecía el camino de caras borrosas del micro y los troncos de formas arraigadas
Tenía más de siete vidas y la habilidad para caer siempre parada. No reconocía modo más insólito que justamente contornear el límite. A veces creía que era puro instinto y tal vez lo era, pero no el autodestructivo que preconizaba sino de conservación, de supervivencia. Jamás llegaba a un costado del precipicio donde no pudiera retroceder a tiempo y acceder a la perentoria salvación. Estaba muy medidas las piezas y pasar de madrugada frente a la casa de novio con un amante era tan cierto como la certeza de la imposibilidad del encuentro, imposibilidad matizada con un leve porcentaje de error que sería la perdición. Por lo que tal vez estaba buscando acabarse pero no terminaba de decidirlo.
Visitaba mucho a marco. Había superado su etapa de abstinencia y en el reflote de su nueva manera de encarar el mundo los años de interdicciones se transformaban en excesos. Cuando llegaba a casa lo encontraba siempre aferrado a su botella de vodka, que servía en pequeños vasitos de tequila y bebía al estilo de ese bebida, sin el limón ni la sal, en fondos blancos interrumpidos por las pinceladas o el tecleado veloz bajo sus dedos. Nada más cuando leía se permitía el saboreo del alcohol y el gusto casi neutral adquiría de pronto la copiosa dulzura del azúcar fermentado.
Le gustaba llegar y verlo un poco ido. Buscaba hombres que siempre bebieran un poquito más que ella, una manera de sentir que no había problemas. Lo acompañaba en los tragos hasta perderse un poco, sólo un poco y evitando mezclar alcoholes para que el día siguiente no fuera la insoportable luminosidad del cielo o de los focos fluorescentes del trabajo. Tenía toda la noche y parte de la madrugada para hablar con Marco y se deliraban en aspectos poco conocidos de la vida. Era joven y su mirada del mundo era un signo de pregunta donde las fórmulas no se refutaban, simplemente no se daban por enteradas. Recordaba a su abuela diciendo que ella para sentirse joven se juntaba con jóvenes, ahora entendía palabra por palabra aquella afirmación y le daba miedo con su cuarto de siglo estar ya confirmando lo que abuela septuagenaria practicaba hacía apenas un par de años.
El trabajo había estado en su punto cumbre de agotamiento, las fantasías de las sierras y el olor del humo agolpando los jardines traseros de las casas, las incomprensibles risas que llegan desde las puertas semiabiertas. El olor del pasto regado por mangueras de goma caseras y mucho sandalias, mucho bermudas. Entró en la sala y lo vio con la camisa un poco abierta tirado en la alfombra sus ojos leían un libros y la copita con bebida blanca era levada a la boca con paciencia, casi desgano. No alzó la cabeza para saludarla, ella tampoco le habló. Simplemente tomó un vaso y se sentó a su lado, se sirvió del cristalino líquido que bien hubiera podido ser agua y apoyó su cabeza en el hombre. Él le dio un largo beso en su mejilla, eterno, y le acariciaba las yemas de los dedos con un amor que era espejo de su manera intrépida de encarar el mundo. le costaba decidir hasta dónde era suyo, y cuándo sería el día que huyera como Marga, Omar y Julio. La diferencia esencial, él desaparecería, se cortaría el hilo de manera tajante porque su melancolía necesitaba ese alimento. La recordaría, la amaría a distancia pero no podría contactarla, el simple hecho de una carta rompería la magia de la añoranza y de sus dibujos con figuras de melenas enruladas y cuellos estilizados hasta el ridículo.
- Estuve pensando en irme en viaje por el continente, viajes de mochila pero no mochilero. Es decir algunas pertenencias y caer en casas y pintar y escribir. Siempre hay gente solidaria, que el pueblo sea mi mecenas. Claro que no voy a vivir tan bien como un pintor del siglo quince o dieciséis en alguna corte, pero al menos sé que podría hospedarme en algunas casas y estar alimentado unos días. A la gente le gustan las historias raras, las historias de personas que se lanzan a hacer las cosas que ellos desearían, pero en el fondo no tanto, porque, estoy seguro, no lo harían, pero consumen el folklore que les venden las películas y las novelas rosa. Escucharlas en boca de un acento extranjero y de manos de un experto narrador - Marco guiñaba un ojo- debe ser más que atractivo. Yo compro, yo diría claro que te hospedo y también te presto a mi mujer.
Ella reía y en los ojos el lagrimal empezaba ampliarse a causa de la cantidad de graduación alcohólica de la bebida. Necesitaba comodidad, sus libros y los pequeños rituales de todos los días, he allí eventos él relataba y ella nunca haría. Partir sin fecha de regreso, vivir en casas ajenas. Le atraía la idea, pero le resultaba irrealizable, su salud frágil, los dolores del abdomen y su necesidad de espacio abierto y soledad prolongada. La contemplación en una vida social esta interdicta.
- Es un lindo proyecto, no dudo que la gente suele ponerse generosa si la persona sabe cómo atraer sus fantasías dormidas o reprimidas. Tengo en mi memoria relatos semejantes y sobre todo, el tipo de persona que se interesa está más cercana a una vida de excesos, por lo que en general no cuida del dinero, si bien no tiene en cantidad, fuman mucho, toman con alegría y otras cosas... por lo que no vas a tener problemas en prolongar tus vicios y recorrer el continente mantenido y contento. Lo que sí, te voy a extrañar.
- Pero esa es la idea, hacerlo juntos. – Ella le acariciaba el cuello y le arremolinaba el pelo. Su mirada esquivaba un poco los ojos de él que la mantenían en suspenso. Le besó los labios tiernamente, aún no lo había acostumbrado a que usara demasiado la lengua, pero los besos eran tan hermosos de todas maneras que le parecía innecesario violentarlo en esas experiencias. Después de todo, quién había dicho cómo deben darse los besos, y si la taxonomía para los vinos, los quesos, las clases de baile estaban muy bien o al menos eran compresibles, no podía existir algo que se catalogara como “clases de besos”.
Julio leyó esa Navidad algunos de los escritos de ella y se vio reflejado en muchos de los hombres que aparecían en el relato. El más evidente, el que deformaba un poco su nombre le resultó el más apagado, el menos certero. Intuyó una manera de ella de hacer que no viera que en realidad tampoco era de él de quién estaba hablando sino de un real personaje de ficción, inventado vaya a saber por qué delirios y cuáles ensoñaciones de niña adolescente. La narradora, no cabían dudas, estaba perfectamente esteriotipada en una joven con indecisiones de todo tipo, y el hombre que más aparecía en el relato era simplemente un fantasma, se quiso identificar con el más joven, el más apuesto, pero ella lo cortó en seco y le aclaró que era literatura. Él y ella estaban en todos, él y ella y los todos y todas que había conocido en las partes que ella había elegido rescatar de cada uno e integrando los ingredientes de la manera en que había creído más indicada. FIN.
No pudo refutar mucho más, le tocaba a él y las fotos eran un manojo de recuerdos y de cuerpos que habían variado en miles de células ya. Tenían rasgos distintos, apreciaban entre ellos algunas diferencias, pero la realidad es que fisiológicamente habían variado mucho más de lo que sus retinas informaban y más aún que aquello que llamaban personalidad.
Habían decidido pasar esas Navidad solos y comer no importaba en realidad qué,
algunos bocados, nada muy elaborado. Pero acompañados de champaña y brindarse un poco el uno al otro como nuca había podido.

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