lunes, 21 de enero de 2008

Para la misma época en que Marga tomó el avión que la dejó en Europa, Omar se fue a dar cursos de antropología a Ginebra. De pronto sintió que se iba del país cualquier persona que ella hubiera podido conocer. De Julio no sabía nada hacía meses y se aferró a Marco como la única salida ante tanta soledad acumulada. Marco fue de nuevo, y tal vez por última vez el nuevo juego en el que las reglas se caían todas y se empezaba desde cero. Imaginaba poder convivir con Julio y con él, tironeada un poco desde ambos lados, con la espontaneidad y el desenfreno de uno y la quietud y pasividad inteligente del otro. Lo curioso era que al momento de hacer el amor, estas características adquirían valores opuestos simétricos y entonces no se imaginó la vida de otro modo que conviviendo con ambos y armando en ese espacio el foco de atención que esperaba ser siempre. Su mente ya lo hacía: buscar sentirse observada, si veía que la atención disminuía se corría hasta otros hombres, viviendo con dos ya tenía solucionado el problema, podía enojarse (cómo adoraba además enojarse con ellos) un rato con cada uno y refugiarse en los brazos y consuelos del otro. Y eran la complementación perfecta la estabilidad y coherencia de uno mezclado con la irreverencia y descontrol del otro. Si tenía que elegir a uno, lamentablemente seguía escogiendo la estabilidad diurna de Julio y su desenfreno nocturno, como una serenidad a su mente y una exacerbación de sus sentidos.
A veces Marco se comportaba un poco como un animalito y entonces se ponía agresivo y arisco. El problema fundamental, entonces, era que eran muy parecidos y mientras Julio la calmaba con caricias ella no podía hacerle lo mismo a Marco, era SU lugar el de la consentida y a quien debían observar tranquilamente y adorar, como reina de la habitación. Pero Marco antes de mirarla prefería el contacto con su piel, prefería tenerla aferrada a su abrazo y sentirla caliente después de horas ya metida en la cama, esperando por él en un sueño liviano plagado de nombres entrecruzados que jamás llegarían a juntarse en la vida despierta. No la miraba con esos ojos de abundante deseo que en las pupilas de Julio adormecía hasta proyectarse sobre su cuerpo. No solía ser así con Marco, simplemente en un juego de “tal vez no sucede nada” se le acomodaba al lado y de a poco encontraba sus labios, y no los besaba mucho, pasivamente la subía sobre él y la hacía desfilar sobre sus entrañas.
Fueron tres meses de agotable alegría y después de eso Marco desapareció de su vida. Se fue de puntillas sin dejar mayor rastro que unas bolsas de papel donde guardaba sus lápices. Antes de eso, la noche memorable, la única tal vez porque se atrevió a un juego un poco más prolongado y perverso, ella recibió un llamado de Julio que volvía del mar. Nunca pudo juntarlos y sentirse mirada por los costados o protegida y avalada por afirmaciones con la cabeza, su razón consentida por Dios.
- Era Julio, está viniendo y mañana por la mañana ya está en Buenos Aires. - Su voz calma tenía un dejo de disfonía nerviosa en el fondo, al dejar el teléfono sus cachetes habían coloreado un poco.
- Por mí esta bien. – Marco no dijo nada más. Siguió en su libro tres cuartos de hora y más y después se unió con ella que dormía en la cama, abandonado el colchón del living esa noche. La destapó lentamente hasta despertarla con su lengua y con el viento frío que dejaba correr la venta abierta y las cortinas descorridas, la cama daba también al cielo pero en algún edificio cercano las luces comenzaban a apagarse y sólo alguna ventana iluminaba un poco y de rabillo la habitación despojada. Se encontró boca abajo en la profanidad del piso con sus manos sostenidas por detrás y con la alfombra de pelo alto rozándole tibiamente la cara. En su mente se le aparecía el cielo formidable de las sierras y el ruido que hacen los arroyos cuando curvean entre las rocas y caen en minúsculas cascadas sobre la hierba. Los colores multiplicados al verde de las laderas, la textura ondulante y mullida que despliegan los pinos a la distancia como entramados tupidos y abundantes de un tapiz enorme. Lo que le estaba haciendo no entraba en categorías tan luminosas y sin embargo se iba desenvolviendo una vuelta a una naturaleza más primitiva que no implicaba ni selvas abundantes ni glaciares eternos sino la auténtica serenidad de la vista agudizada para atrapar las ondulaciones lejanas, un verde que quería irse armarse de amarillo para escapar de su alcance visual. Fue la única noche que se atrevió a forzarla un poco, a darle órdenes y, tal vez, si hubiera sabido que ésa era su única falta...
Compañero de juegos. Habían recorrido toda la ciudad mirando las alturas de los edificios y los parques de los árboles con ojos vírgenes, en cada pájaro un nuevo color desprendido de una pluma que podía ser turquesa o amarilla y las pestañas que mecían en el cielo. Y le dio un beso con los labios de los ojos, los párpados se apretaron en su mejilla y en ese instante ella decidió que eso era Amor, ese gesto, infantil e instantáneo era la clase de amor que siempre había buscado. Besar con los ojos o en los ojos, pero besar usando los ojos jamás sería tan delicadamente intenso. Las maneras de amar también metamorfosean con la cultura, aunque tal vez de una manera más lenta o por caminos que como comprometen una alta porción de componentes fisiológicos, no se determinan únicamente por los procesos culturales como puede llegar a ser el periodismo o las instituciones. Sin embargo en esos besos pacíficos en donde sus labios pegados eran depositados y movidos suavemente, donde casi todas las caricias eran un roce, una transmisión de energía más que tomar la piel del otro, en ese nuevo lenguaje corporal que debía ser iniciado en la quietud de horas grandes y momentos extendidos podía ver el futuro de las formas amorosas. Una sexualidad olvidada por un lado de los preceptos costumbristas más aún de lo que los medios imponían a la imagen, olvidada de cualquier nombre. Dos personas mimándose, una caricia eterna que comprometía las entrañas. La besó infinitamente y le dijo que se había quedado sin sangre. Ella sintió abandonarse el alma.
En la madrugada fue a dar un paseo sin tomar desayuno, con un cuaderno y lápices en el bolso. Se había puesto un sombrero que solía usar las noches frías del invierno, un gorro viejo y totalmente fuera de moda. Eso era lo alegre de este momento del mundo, nada estaba excluido de la moda, el posmodernismo y sus eclécticas combinaciones sugerían y alentaban las mixturas más extrañas y quien sabía reunirlas bajo una música, una pintura o el decorado personal podía enfrentarse a la tierra con el plus de entender y de compendiar en sí mismo la enciclopedia del mundo. Marco poseía esos dones, se movía con el criterio de supervivencia más desarrollado que jamás había visto; en su contextura delgada, su salud frágil y sus sentidos apaciguados por el alcohol y el tabaco sabía cómo obtener de las personas lo que precisaba sin rebajarse nunca a amoldar sus instintos, mordía a la gente, no pasaba su mano delicada por los hombros ni decía dulzuras al oído, su irascibilidad era un arma que golpeaba pero no hería y por eso era respetado y admirado fácilmente. Lo veía en sus maneras irreverentes de comportarse y de tratar al resto, ella se le posaba como un gatito de alegre dulzura que se acercaba a través de sus modos de mirarla o de cautivarla.
Nunca más regresó, cuando por la noche sintió pasos en el palier creyó que era él volviendo sin las llaves, le abrió la puerta y donde debían estar sus ojos amentolados, había un cuello grueso, lampiño. Hacia arriba encontró otro verde, uno de praderas salvajes y de un formato más pequeño y alargado a los costados.
No tuvo tiempo de extrañar a Marco y sin embargo había sido el único hombre, infinito en sus laberintos mentales, que la había aferrado tanto y de tan estrepitosa manera como lo había hecho Julio en su momento. Pero se debe decidir tantas veces y la comodidad es esclava de la felicidad y ambas se anteponen al amor. Se decidió por la tranquilidad de saber que podía gritar y hacer berrinches y que sería escuchada y apaciguada y no por la inseguridad de creer que podría llorar mucho por la incoherencia del otro o por sus desmanes constantes. Tal vez hubiera sido más feliz con Marco, porque tenía la espontaneidad necesaria y la locura justa, pero le daba miedo en sus contradicciones porque exacerbaba las de ella. Eran demasiado parecidos en puntos de choque, Julio también (al final parecía estar siempre buscándose a ella misma en los hombres) pero él tenía la suficiente seguridad como para abandonarla poco tiempo y después apaciguarla, hasta darle la razón y desesperarla de nuevo.
Otro final le hubiera gustado, seguramente, uno en que permaneciera para siempre con Marco en un beso infinito, o con el cuerpo de Julio sobre ella. Muchos finales, morirse en ese instante.
Una vez sola recibió una carta, estaba vagando por ahí, armando espacios itinerantes, un circo de una sola persona, un vagabundo lleno de vida y de desinterés que atraía el interés del resto. Marco se unió a cuanto proyecto le despertaba curiosidad y nunca supo si vivió hasta tarde, como lo hacía en sus días o si el desenfreno lo amortiguó rápidamente. De todas formas en su recuerdo ostentaba el trofeo de haberle quitado el lugar a Julio y que desde él, su impulso de amor haya disminuido un poco.
Esas eran las novedades.

Marga volvió en verano para estacionarse unos días al sur del mundo. No tenía
pensado quedarse y su voz estaba rara y cambiada. Lo más difícil de entender era su nueva cosmovisión del mundo. En sus pensamientos se notaba el influjo potente de una nueva lengua que violentaba las palabras y enterraba sus frases en incógnitos senderos que a veces no resultaban muy comprensibles al oído nativo. Precisamente, comenzaba a formular idiosincrasias diferentes, y estaba cambiada, su pelo se había descolorido hasta alcanzar una gradación cercana al anaranjado.
Estaba gris, raramente gris, la piel amohecida, corroída por los kilómetros de viaje que había hecho desde el país hasta la Europa lejana y desde esas tierras hasta su hogar nuevamente. Ese viaje le significaba un arrepentimiento en su manera usual de ver el mundo y la pérdida de la energía vital de sus manos. Su mirada había olvidado el modo de encontrarse con los objetos de forma primaria, acercarse a ellos con la posibilidad del impulso de la primera vez y descubrir figuras insospechadas, abrasar la esencia no desde el Verbo sino desde la forma. Ahora caminaba sin gracia y los muebles la chocaban en su paso, estaba torpe. Se dio cuenta de que debería cuidarla y tal vez para el resto de su vida, que, sellada más que por la atracción sexual que alguna vez (tal vez una sola y única noche) había sentido, su unión era fraternal hasta el extremo de saberse los más envedijados secretos, esos que implicaban las porciones fisiológicas, las depuraciones que sus cuerpos emanaban y las incorrecciones que habían o se habían causado. Ambas tenían el secreto del mismo hombre y si bien Julio para Marga era simplemente julio, ese nexo sería siempre la más fuerte estambre donde fijarse.
Se quejaba de que estaba “haciendo sueños raros”.

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