Así que te habías olvidado que el amar tenía su parte débil. Los recuerdos esconden lo que el presente florece. Creías que todo estaba en el calor que emanan los cuerpos, en la energía que ronronea y te vuelve frágil a los ojos del hombre. Pero estaba la otra parte y es de la que huís enseguida, se comienza a amar y tu manera siempre tan visceral de hacer las cosas... Si querés a medias te escapas en seguida, no obstante decidís que UNO será el elegido y encabritadamente no parás hasta obtenerlo y tenerlo y retenerlo, un tiempo, hasta que se vuelve demasiado sumiso, o hasta que se aburre y sale disparado y elige abortarte porque estas en un marco que excede su confianza, porque caíste en la lista de mujeres que nunca quisiste ser y que irremediablemente terminaste siendo. ¿Dónde la seguridad de tu persona y el espejo que habla con boca curvada? Te mira mal y entonces caes en la cuenta de que otra vez estás embarazada, que hay otra bola en el intestino que no afloja porque empezó desde el día en que querías llorar y no le diste importancia.
Sonreíste de vuelta con el chiquillo porque era aire, luz, pero se aburrió rápido (sí, esta vez los roles se invirtieron) y fue a buscar otras mujeres en donde encontrar diversidad, interés, nuevas nadas. Te quedaste prendida a su mesa luz, mirando abrumada las primeras flores resecas que había juntado esa tarde de garúa y viento especiado en el parque y su feria de comidas internacionales.
El amor dolía y supiste olvidarlo, esa es la gracia de la memoria, no sólo dolía en su fin, sino también en sus inicios. Esa la parte olvidada. Tal vez ni siquiera comparable a tu estómago hinchado o a pérdidas más profundas, pero desde que arranca hay molestia, hesitación, incertidumbre. Estoy trabajando para calmarlo, para serenarlo, estoy cada día disculpando más las formas diferentes de verse ante esta tierra, intentando verificar qué. El niño se fue, marcó un adiós en tu vientre cuando lo besó hasta las profundidades más recónditas, a las cuales no había llegado nunca, en tu piel desnuda y aún en sueños y con su lengua filosa de felino salvaje pronunció la palabra de distancia y jamás reencuentro, no fue inocente tu mirada después del llamado y tampoco fue íntegro el trato propiciado esa noche.
Te encontraste una jornada sola y fue el momento más feliz de tu vida, no tenías a nadie, no eras del joven, ni del hombre. Era un umbral, todo ese día te moviste entre los dos cuerpos que más cómodos resultarían a tu vida. Y, sin embargo, te sentiste de los dos. O mejor aún, los sentiste tuyos. He ahí toda felicidad.
Pero me dolió de nuevo Julián y sus formas y el recuerdo de los amentolados ojos de Marcos me hirieron hasta sangrar muchas noches de baño encerrada y casa en silencio.
Había olvidado muchas cosas que debí aprender de nuevo, intuir, otra vez la manera de dar un beso, de acariciar las partes inaccesibles. En Julián, la apócope de cualquier otro amor me resultó nuevamente un obstáculo. Marcos me la jugó sucio porque debí presenciar su abandono, el otro iba y venía, ausentaba sus horas y como un perrito de mirada felina volvía acercarse, el niño esperó que yo bajara la guardia y se fue caminado holgadamente con otra mujer en la mano.
Este es el capítulo más horrible de toda la historia, casi unas hojas de novela rosa, pero que no se diga, que tal género... y más en los tiempos que corren, en donde se mezcla el efectismo del drama con la parte perversa de la tragedia (olvidando por supuesto el peso moral y la carga de responsabilidades) hace que no existan melodramas puros, con el maniqueísmo inocente y benemérito de antaño. No es una reivindicación del género, es una recuperación de mi nouvelle.
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