lunes, 21 de enero de 2008

Martina entró en la ciudad arriba del coche rojo. Sus ojos viraron por la Avenida despacio, cruzaron el inmenso monumento que doblegado de carteles y pintadas corroía la plaza principal, preguntarse cuál es la plaza principal en una ciudad de tantos habitantes, de tantas plazas, era una tarea difícil. Venía del interior en donde los pueblos se componían en bloques de espacios centrales diferenciados y periféricos, acá los barrios no podrían ser considerados enclaves autónomos. Estaba en el tercer coche y el humo de los cigarros arrastraba en las telas de los divanes un espeso olor a humedad y caña que le impedía una visión correcta. Comenzó a estirar sus piernas, a doblegarse mínimamente en sus pantalocitos ajustados y el suéter de cuello alto y talle largo; había olvidado la ciudad, le costaba reconocer las calles por el cambio de negocios, de todas maneras era la regla, lo sabía, no más mercerías de cincuenta años, no más vitrinas apelmazadas y reparaciones de paraguas. Los negocios se reemplazaban en menos de un año y el anonimato de las calles era la constante transformación de sus fachadas, la imposibilidad de registrar un local y poder bajarse a tiempo de un colectivo.
Sabía que ahora no traería la alegría, que habían pasado años en los que la farsa de un arte tan vago no iluminaba muchos rostros; en realidad venían de una época difícil. El murmullo de los otros coches animaba la entrada del domingo, cerca de la puerta, entre almohadones violetas y el pequeño buda de cera comprado en una feria tenía sus ropas todas amontonadas en el baúl. Era el mismo por donde cortaban al medio a Romualdo, por eso en las diminutas ranuras había perdido monedas y anillos, hasta la llave se le había caído un día por lo que su cofre permanecía siempre abierto y expectante.
El ambiente estaba animado, ya corría el vino entre las copas. Se acercó en silencio y tomo uno de los vasos de plástico limpios. Ágata se desvanecía entre los brazos del Padre, una nena desde la calle los saludó con la mano y ellos se besaron descaradamente, todos se rieron. Estaban cantando la marsellesa en castellano, inventando historias increíbles sobre tierras que algunos habían visitado en otras Compañías, el Padre rememoraba los años dorados, el tiempo de las playas dulces donde había dinero y se tomaba champagne por las noches y se comía en restaurantes de lujo, cerca de las estrellas de la temporada. Romualdo se esforzaba por llamar la atención colocando discos de Edith Piaf en máximo volumen. Había también algunos maullidos que venían de las jaulitas del fondo, los gatos se enroscaban en un juego que también era pelea y posesión. Entrarían en los parques apartados del lado sureste de la ciudad para quedarse unos meses, hasta el final del otoño para volver al mar y seguir rotando con los tres coches y el mono, los gatos y el enano. La ciudad seguía pasando con sus árboles, y puertas de bronces, los porteros en sus escobas y las caras de los transeúntes que a veces se volvía ante tal despilfarro. Una mujer joven de cabellos rojizos fijó la mirada negra en el cuadro movedizo de colores de la Cinquieme République, los ojos azorados, a su lado reía un caballero alto, de espalda recta y mentón pronunciado. Martina quiso un beso de ese hombre, pero más quiso la mirada de trementina de ella y sus labios rojos.
Todo era fiesta esa noche dentro de la carpa, una función para amigos, se diría. Era la vuelta a la ciudad de origen, era el grado trescientos sesenta. Dejaron en libertad todos los animales que corrían de una punta a otra, escarbando en la tierra, tomando las uvas que rodaban por el piso, sacando el jamón y las aceitunas de los platos abandonados. Se habían vestido con ropas de galas y las partenaires se movían con gracia entre las mesas, dejando las bandejas con risotos amarillos y fiambres de olores punzantes. Se festejaba también el casamiento del Padre y Ágata, por lo que sus puestos eran centrales, las mesas formaban una U en el medio de la carpa, pero nadie se mantenía sentado, había música de carbaré sonando. Alguien había perdido un zapato que el mono Jaluf depositó sobre una mesa para usarlo de bolso, metiendo adentro los restos de comida que iba encontrando.
Martina había recibido la visita de su hermano, los padres no eran amantes de tales desvaríos.
- No es lo que había imaginado. En realidad, tal vez es tan igual que me desespera. Quiero que hagamos algo juntos, un circo distinto, una varieté que no sea la de los clásicos infaltables. El circo va dirigido en primera instancia a los niños, ¿qué podemos transmitirles hoy de nuevo? No sé, creo que lo mío es el teatro... pero acá hay tanta alegría igual.
- Yo sabía que era así... pero es difícil, el circo de por sí es un mundo bizarro, es un cocoliche repleto de incongruencias, nada más difícil que un circo under, un circo off porque de alguna manera, siempre se mueve en circuitos paralelos, siempre es un espacio extraño que se carga de los disparates y neurosis de sus representantes.
- ¿Cómo están los viejos?
El trapecio se movía de un lado a otro, para hablarle tenía que girar su cara, le aburría un poco esa música de gitanos, los sonidos de los monos comiendo y la suciedad del piso, mitad césped, mitad tierra reseca. Había estado saliendo tanto esos días que apenas si había cruzado a sus padres en alguna cena informal, llevaban una vida que le parecía normal a estas alturas, la adicción de su padre al alcohol no era para preocuparse y su mamá nunca dejaría el cigarrillo, pero qué les iba a decir él que cada sábado se introducía alguna pastilla u hongo para pasar el rato. La diferencia era ésa en realidad, él buscaba su placer, ellos, autodestruirse.
- Dejame que te escriba una obra de teatro, algo distinto, una obra interesante, rara, que pueda tenerte a vos en el papel especial. Tenés que volver a al teatro, y dejar a estos raros.
- Marco, no quiero hablar de eso ahora - el columpio se aceleraba en la caída y
luego tomaba aire en la perpendicularidad de la carpa, lo habían atado bajo para cualquiera que tuviera ganas.

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