lunes, 21 de enero de 2008

Había estado caminando toda la tarde, la víspera había pasado. Era la Navidad y el día se adormecía en la visita del río. Temía ese fin de año y todos los que le quedarían vivir en su tiempo.
Julio supo cómo ganarle de nuevo, descubrió él los manuscritos antes que ella las fotos. Sin embargo contaba con la ventaja de que el robo de él no comprometía su obra, era en su computadora dónde había trabajado con más intensidad, dibujando los rasgos de personajes poco inspirados y maltratados por su prosa. La otra superioridad de la que era dueña se establecía en la simpleza de que ella pudo ver la totalidad de las fotos, porque no hubo ensayo, no hubo preparación, esa noche la tenía bajo su dominio y le sacó todas las fotos que pudo, le repasó cada extremo, pero no le fotografió el rostro.
Era Navidad y ya eran casi viejos, ese era el regalo que se ofrecían. Miró las fotos, ése ya no era su cuerpo. Estaba más blanca por el otoño y la cintura había disminuido, eran tiempos en los que bebía demasiado café y demasiadas gaseosas. Sin embrago reconoció sus partes íntimas, todavía iguales y la sombra encendida de la extensa mancha de su vientre. Los papeles que Julio tenía en la mano eran simples cuadros de lo que después sería largas hojas del Word y que instituían su primera y única novela jamás publicada ni publicable. Terminaría por mostrarle todo seguramente, pero esta era la primera cita seria después de años en los que solían cruzarse para tomar un café o hacer el amor dependiendo de sus estados de ánimos, esta vez hablaban escuchándose y la experiencia y las vivencias los volvían más seguros y serenos.
Entonces sus secretos seguían bien guardados, no había rostro en las fotos y no había revelación en los apuntes, sólo intuición y cada uno podía formarse en su cabeza, algorítmicamente, los estados mentales y sentimentales del otro al momento de la creación. Singularmente tejían en su recuerdo los mejores pretextos para explicar cómo habían sucedido las cosas. (continúa)

No hay comentarios: