Esa noche entró en el bar, y Marga ya estaba parada frente a la barra, hacía tiempo que el barman que las había acercado vivía en el extranjero y detrás del mueble caras diferentes ya habían rotado un par de veces. Ahora el chico rubio volvía con los vasos llenos y decorados y el importe exacto. El invierno la tenía envuelta en una bufanda de cashemire y un tapado negro que le daba vueltas en su cuerpo delgado cada vez que se movía. Estaba con un vaso de ginebra esta vez, su rostro ya no parecía estar buscando ansiosamente a nadie. Se le acercó porque a veces se veían en el bar y se saludaban de lejos, pero esa noche ambas estaban solas y más allá de los conocidos por frecuentar tantas veces el mismo lugar no había nadie que interesara en mayor medida para compartir un vino. No hubo vino tampoco entre ellas, pero al menos se recordaron.
- ¿Cómo estás, linda? – Le pareció ahora que podría llegar a conocerla de algún otro lado, su voz le sonaba melodiosa, pero auténtica.
- Estuve toda la noche enferma, vengo desde hace semanas enferma, me siento desvanecer, cada vez peor, me imagino mi cuerpo mutilado, ya no sé que hacer para evitar sentir mí hígado destruido y mis intestinos enroscados, doblegados en sí mismos, dilatados y crecidos hasta ocupar mi cerebro. Son fantasías, ya sé, pero están ahí y no se callan.- Como el alcohol las palabras de Marga eran anestésicas; cuando estaba con ella, como cuando bebía se iba el dolor de estómago, se olvidaba de la molestia que le resultaba a veces su cuerpo, se conectaba con el placer que le profería al tacto las superficies tersas de la piel de ella, el cosquilleo del alcohol que bullía en la lengua, el líquido frío por los hielos recorriendo su laringe. Estaba también el placer visual de la melena roja y los ojos verdes, de los ademanes femeninos de ambas, de las muñecas más delgadas que jamás vería, podía asirla entre sus dedos pulgar y medio y aún así sobraba un importante espacio. Los primeros tragos eran duros, le revolvían aún más el estómago, pero después del segundo vaso, se olvidaba de su abdomen, de la tremenda sensación que le causaba, y reía.
- El cuerpo... - le decía Marga – deja en paz tu cuerpo, por favor. Olvidate que existe porque no es otro, no te dualises, incorporate a él.
La llevó a su casa, no quiso ir a la Galería, le mostró algunos de los cuadros que ya había terminado. Le prometió pintar su figura delgada con el pelo borgoña y las ondas caídas sobre los hombros. Había un barón que sabía quién era entre esos cuadros, estaba segura que Marga no estaba ni enterada de su existencia, pero le causaba placer el puente que se entretejía de ese modo.
Marga tenía los huesos marcados, estaba muy delgada por trabajar tanto, le sucedía en los momentos de trabajo extremo, eliminaba de sus prioridades la comida, con la confianza de la sabia regulación natural del cuerpo. Ella era redondeada, si bien delgada y sin curvas prominentes sus hombros terminaban en una esquina perfecta, sin huesos sobresaliendo, sus caderas con formas de media luna le proferían una armonía femenina ideal para ser retratada en una tela. Le convidó un cabernet sauvignon, había aprendido en dos encuentros cuál era su gusto.
El living era amplio, había sillones beige que se hundían al peso y unas lámparas con luces difusas. La ventana estaba abierta en su totalidad, con las cortinas descorridas. El verano traía olor a humedad y a jazmines chinos, no quería que su cuerpo quedara tapado por los almohadones o los brazos de los futones, sacó la mesa ratona (única mesa) y le pareció que sobre la alfombra persa quedaría hermosa. Ella estaba borracha, el maquillaje un poco corroído le daba un aspecto aún más patético, pero de un patetismo encantador: una niña que acababa de ser introducida en el mundo adulto, un poco desorbitadas las pupilas, y el trazo grueso del delineador surcándole en un contorno difuminado sus ojos castaños. Era un disfraz, por supuesto, no era tan niña y su inocencia no se vería alterada mucho más esa noche. Pero era un desnudo.
Ella miraba por la ventana. Estaba en el umbral, una línea recta dentro de la ovalada entrada que daba puerta al balcón. Los techos eran altos y había decorados en las paredes, un piso tres de un edificio del 1800, reciclado, macizo pero muy luminoso en ese barrio de casas bajas y comercios de autor. Había empezado a amanecer mientras viajaban en colectivo, del centro se adentraron rápidamente en las calles empedradas características de la zona, el violeta del cielo dio paso a un celeste gris, que aún no se azulaba. Ahora, el cielo comenzaba a desligarse del tono mustio y ya se percibía en la piel otro día de calor bochornoso y pavimento hirviente. Se acercó a ella despacio, tenía los cabellos recogidos y a la luz parecían más rojizos pero la base de castaño indicaba cuál era su verdadera coloración. El gancho que le sostenía el pelo estaba ayudado por unas horquillas, le sacó con cuidado esos broches, para luego masajearle la cabeza con ternura, estaba detrás de ella y ambos rostros miraban a la calle, enfrente había un edificio anónimo, tal vez deshabitado. Era de esas casas que aún no se habían remodelado y pululaban aún por la zona a la espera de inversores, tal vez de noche fuera ocupada por SDF. De día todos los ojos de las persianas se mantenían bajos y entre las hendiduras no se visualizaba ninguna luz encendida. Ella se dejaba hacer, recordando otras manos, pero absorbiendo la suavidad de unos dedos que bajaban hasta la nunca y escribían cosas con sus yemas en el cuello y la parte alta de su espalda.
El volumen de ese cabello se volvía cada vez más inasible, era una mota bien formada y áspera que le dejaba delgadas líneas cosquillosas en las palmas. Después la giró hacia ella, ahora una miraba hacia el edificio, la otra hacia la sala. Marga era más alta y le acomodó el pelo sobre los hombros y los pechos. Suavemente le sacó la copa que aun aferraba en su mano, la apoyó sobre un mueble repleto de fotografías de gente desconocida y lugares exóticos, en ninguna de las fotos aparecía la dueña de casa. Le rozó las mejillas con dedos tibios, le alzó la cara desde el mentón estudiando su fisonomía. Los ojos de ella miraban hacia el costado, avergonzados. Luego, empezó a desabrocharle la camisa. Era de una tela muy fresca y suave, con motivos orientales y exhalaba el olor del perfume francés mezclado al cítrico aroma de su piel condensado por el alcohol. Cuando terminó con los botones, le deslizó la pollera negra por sus altas piernas, estaba descalza desde que había entrado en la casa por lo que le hizo dar un pasito y el círculo de la pollera quedó a unos centímetros. La ayudó con la camisa y después sin virarla la rodeó con sus brazos para descorrer la unión del sostén. Sus pechos blancos tenían los pezones rosados y pequeños, las aureolas terminaban en un nácar que los definía y contorneaba. El pelo se los rozaba y ese cosquilleo los mantenía firmes. Bajó hasta sus caderas y retiró el resto de la ropa interior. Le pareció que estaba temblando, tal vez tuviera frío, desnuda y en la ventana.
La hizo recostarse en la alfombra, en posición horizontal, después de todo el baile y el alcohol, se quedó dormida al instante en la posición indicada. Margarita le volvió a correr el cabello, y luego de estudiarla un poco más le besó largamente los labios repletos de surcos violetas por el mal vino. Ella nunca despertó mientras trabajaba.
Tal vez por los ojos cerrados, porque nunca pudo retratar sus ojos castaños delineados y su mirada perdida, tal vez porque la luz que después invadió la sala tiñó de rojo su pelo, pero a Marga le pareció que ese desnudo se parecía más a un autorretrato. Nunca había ensayado tal cosa, y si bien es cierto que la impronta del autor nunca está exenta de sus obras, sentía en esa tela un profundo reconocimiento. Ella se levantó pasado el mediodía cubierta con una manta, y con aspirinas y agua a su lado. Marga dormía en su cuarto y no quiso despertarla, la puerta estaba abierta y se fue despacio, abajo el encargado lustraba los vidrios del zaguán, salió sin problemas y se enfrentó al sol y al tráfico candente de los laborales sábados citadinos.
Estuvo toda la tarde caminando, el barrio del puerto estaba abarrotado de turistas, siempre había amado las ferias. Se vendían baratijas en puestos hechos con fierros y sábanas viejas, guarnecidos del sol atemperante con media sombras y sombreros de lona. Había algunos puestos con panes y tortas, eligió un pan relleno que tomo con gaseosa, aún en su cabeza y aumentado por el calor de esa tarde sofocante el alcohol murmuraba en la sangre. Pero el río estaba hermoso y Julio solía visitar ese barrio para ir algún museo o subirse en alguna de las fragatas abiertas al público, tenía pasión por los barcos y su cara se volvía regocijo infantil ante submarinos y buques. Ya no volvería a encontrarlo, ni siquiera estaba muy segura de sentir algún tipo de ansiedad al respecto, solamente quería dilatar la llegada a su casa y el espejo o la ducha.
Los recodos del barrio se perdían en algunas casas viejas y más centros comerciales que funcionaban como albergues de puestos de feria, el ruido de tambores de alguna música típica la devolvía a sus ensueños. Quería abarcar con su mirada el mayor espectro del espacio y absorber en su nariz todos los olores de las masas calientes y las confituras derritiéndose al vapor de la tarde, quería poder aspirar a fondo el olor salado y ácido del río, sentir con la mayor fidelidad el frescor de la brisa tenue y sobrepasar el instante para volverlo carne. Ella también estaba como turista, en sus ojos la fascinación se convertía en una sonrisa, no podía evitar la felicidad, la cadencia de la gente que la envolvía en su movimiento la arrastraba contra una artesanía indígena o unos buñuelos hermosos con el caramelo chorreando y la servilleta que lo envolvía pegada. Extrañada se sentó frente a un oriental, era la feria de las naciones y en cada stand podía viajar a dónde quisiera.
El japonés había comenzado con un té de jazmín y unas gyozas que ofrecía sin más a los que se habían congregado a su alrededor. Eran pocos, pero comenzaba un relato nuevo y luego de que una dama hermosa y de ojos rasgados hubiera terminado con su selección de haikus, el pequeño hombre se disponía, sin texto frente a los ojos, narrar un episodio lejano.
El olor punzante de la salsa de soja se filtraba en el aire, un aroma dulce y ácido a la vez, mezclado con el del pescado fresco que es sabroso y desintoxicante a diferencia del fétido humor que disparan los pescados descongelados o pasados. El relato la había transportado a latitudes distintas pero con olor reconocido, una familiaridad inesperada. Pero en sí, la historia le había resultado algo aburrida. Se fue cuando el japonés se disponía contar un cuento de sus antepasados chinos. Temió escuchar esa parte y dejando atrás el sol redondo que ya se iba agazapando sobre la rivera, caminó hasta la parte del barrio donde estaba la carpa del circo. Hacía años que no iba a ninguna función, era un cierre perfecto a esa tarde de vida callejera, una muestra de artesanía bizarra. Pero ya no había más entradas. En su celular el número de Marga la decidía a pasar otra noche estática luego de un buen vino y unos cigarros negros. Pero su estómago era una piedra que por momentos se retorcía en un murmullo acelerado que luego volvía a endormecerse. Caminar las treinta cuadras que la separaban de la casa de la artista y decidir en el viaje su destino de sábado a la noche fue una resolución equilibrada. Pronto el viento se hizo algo más acelerado, y los papeles de basura formaron remolinos en las veredas, las ventanas se cerraron de golpe y el cielo tomó una coloración demasiado oscura para esas horas de la tarde de verano. Llegó corriendo a la casa de Marga que la esperaba fumando y con un vestidito de algodón, estaba en pantuflas y con la cara apenas maquillada, parecía una actriz de los años cincuenta en su elegancia sobria y las facciones angulosas y los ojos felinos. Sonrió maternalmente cuando la vio toda mojada y el rimel desparramado en la cara, podía ver detrás de esa femenina presencia y su ofuscado andar la niña que rogaba por consuelo. Le recordaba a Julio y no le extrañaba que así fuera.
- Estuve intentando comunicarme con vos por la tarde, pero en tu casa no me respondía nadie y tu celular estaba muerto.
- Sí, escuché el mensaje recién, estuve paseando por el puerto, escuchando historias raras, mirando caras extrañas.
- Quiero leer alguna historia rara tuya, quiero que me leas algo tuyo.
Estaban frente a frente y los ojos de las dos se desviaban intermitentemente para
mirar los relámpagos y la lluvia que caía gruesa sobre el asfalto escarlata. Nadie sabía que estaba allí y a esas horas, volvería a ser la noche ideal, la del ensueño, protegida otra vez, la necesidad de sentirse niña y asumir en ese gesto subyugado la vulnerabilidad que otorga la confianza. Relajarse y seguir adelante, abrir un derrotero de sensaciones y compartirlas, que el placer más hermoso es dejar de lado su propia visión de la existencia para ser pura intuición, un espontáneo hombrecito que se abre paso sin medir los ángulos o calcular probabilidades, tranquilidad de saber que el peligro no es inminente, que se puede abarcar en un solo abrazo el amor que se profesa y sin trabas.
Estaban tan lindas, una mojada con el surco negro de la pintura redondeando sus ojos rasgados y negros. El negro de la misma pollera y la musculosa que se le pegaba húmeda al cuerpo. La otra con su camisolín blanco y el pelo rojo repleto de rulos. Había querido conocerla para medirse e imaginar una venganza que nunca hubiera materializado, después escribiría que tal vez la había envenenado o que la había seducido, que junto con Julio había pasado la noche más sensual de su vida, pero sabía que tal vez sólo terminaría volcándole unas copas encima o destruyendo el cuadro. Pero parecía que era Marga quién la había atraído hasta su morada y hechizado, no podía despegarse de esa figura delgada y ojos verdes, de los puntos negros que su iris componía en la tranquilidad de la mirada.
- Tengo algunos contactos, para que empieces en alguna revista, vas a tener que seguir en la oficina igual, porque al principio no se paga, pero ya vas a poder vivir de lo que te gusta. – Marga seguía viendo el arte de modo humanista, el arte supremo, la razón idealista del mundo. Justamente lo que ella negaba, se sentía avergonzada de su producción a la vieja usanza, pero era lo único que aún sabía hacer, el individualismo puesto en su extremo para escribir, pintar, tal vez la música fuera un espacio un poco más colectivo, la realidad de la producción en conjunto, no olvidarse de lo que viene, no querer estar ausente de nuevas formas de arte, pero a la vez sentirse atrapada en la comodidad de una mano y una mente.
- Me encantaría, es lo que estoy buscando, un espacio de expresión, pero me gustaría algo nuevo, algo no visto. No como vanguardia, hacer vanguardia hoy es como decir, naturalismo o realismo. Suena hasta anacrónico. Pero avanzar hacia algo inédito, una nueva y más acabada sensibilidad, reflejar en acto lo que se siente, lo que se vive.
Marga sonreía, ella de joven y sus cabellos largos, menos rojos y alisados por una toca eterna. Los ojos filosos por la marihuana. Ser siempre joven por rodearse de ellos, parecer envasada en un frasco que la contenía y le evitaba vaciarse. Era su protegida, la niña mágica que realizaría en el verbo lo que ella intentaba desde la forma.
El departamento tenía las luces apagadas. Sólo iluminadas por el alumbrado público mirábamos un atardecer abrumador, el río se extendía en la lejanía, traspasaba la vereda próxima que se cubría de espeso humo estival. La tormenta tardaba en acercarse, se mantenía oculta entre las gruesas nubes que paralizadas esperaban en el aire. Ella ocupaba todo mi campo visual, tal vez me había enamorado y tener que hacerle daño se volvía el dolor más grande, tal vez podría intentar un desprenderme de Julián. No había olvidado el vino, no había olvidado que después de dos copas yo sería la víctima y no el verdugo. Entonces tal vez sería su cabeza rapada la que se mojaría entre gotas de una sangre que no sería la suya. El ángulo recto de la pared que daba al balcón era el único reflejo que había encendido Margarita en una lámpara de pie con pantalla difumada. En la sombra la curva de sus pechos se había abultado. Era el negro de su figura contra el blanco de la pared, y era la cara de ojos verdes más hermosa que jamás tendría oportunidad de ver, porque después la volvería a ver, la volvería a ver millones de veces y sería de una estética privilegiada, pero en ese segundo y en esa sala era el rostro que dejaría para siempre en mente la idea de Belleza acabada. Parecerme. Ya anochecía y me envolvía en su abrazo, me moría de miedo, porque temblaba de ansia. Y era una nueva forma de amar, no quería ser volcada por ese sentir, simplemente besarse, acariciarse con la simple fineza de dos seres casi exiguos que rodeados de sombras podían tocarse sin mirarse.
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