Sobresaltada despertó del sueño con el recuerdo de las fotos en la cámara digital. Las fotos que ocupaban espacio en batería con frescos de la ciudad, pequeñas revelaciones de un flâneur posmoderno. Esperaría a estar solo para convertirlas en un hermoso archivo, a ponerla en memoria para no borrarse nunca, una segura manera de conservarLa para siempre porque esa misma noche tal vez fuera la última, porque tal vez se iría y para recordar su cuerpo tibio sólo tendría que volverse a una PC y encenderla. Su cuerpo rosado, inmensamente besado, los labios siempre mojados, abiertos y la certeza de que jamás volvería a ser tan hombre ante los ojos de ninguna mujer. Aún cuando en ese extremo, su patriarcado se haya convertido en ley, con lo gustoso que es romper reglas.
Esa noche, la de las fotos, se había producido el quiebre, tal vez antes; la historia había sido una montaña empinada. Pero una montaña rusa también, por la velocidad del amor ascendente y luego el deseo de venganza y la valentía de engañarlo, de permitirse volverlo el engañado, cuando en realidad ella siempre había sido la otra.
Se habían encontrado solos en la casa, la madera de la escalera, de los muebles eran extensiones del cigarro negro que él fumaba, correlato de la fotografía de una postal de salutación que había leído hacía tiempo dirigida a su padre por una tía aún viva... era un cuadro marrón, era mucho azul también y la sensación de tranquilidad emergiendo de un ambiente con olores a hierbas quemadas y mucho vino. Estaba encantador y luminoso, como una estatua, su perfil y su cuerpo delgado, un griego. Siempre lo recordaría en esa noche: abalanzado, prepotente, los ojos amarillos de placer. El vino se estaba acabando y no había opción posible en el mundo más que hacer el amor, por horas, con pausas, con recelo, por amor.
La cámara había desaparecido en la casa y percibió todo en detalle, los lunares, el vello, la nausea de su rostro. No sabía si fue aquella noche, pero ahí comenzó a tener miedo. Más placer: más odio. No podía encontrar la seguridad de su abrazo, como un animalito, lo rechazaba al buscarlo y tenerlo precipitó su huida. Alguna vez, en su tierna feminidad, hubiera querido que la sorprendan, después sólo quiso protección aún cuando su mirada exigiera autonomía. Las horas se volvieron extensas. Era la Gran Decisión, su infelicidad diurna y su fidelidad nocturna. Al final se mezcló todo y terminó siendo infeliz de noche y e infiel de día. Sólo buscaba un poco de atención, se decía y mientras su figura en el espejo se retorcía en muecas de alegría por las mejillas rosadas y de una tristeza profunda en el brillo de los ojos. Pero la noche del final fue la de la cúspide, su mejor momento.
Julián... me venía trabajando desde hacía tiempo, con palabras de tenor intenso, su mirada enigmática y sus preguntas sin respuestas. Alejarlo, matarlo si es posible, pero en frases, en una pincelada, volverlo real para desmaterializarlo al fin. Convertir su sombra en un sujeto nombrable; una voz en castellano que designe cada manera de amar. Complejo término, desmenuzado en cada sentir, en cada besar de quietos zumbidos. Amar, seguramente, los había amado a todos, y en cada uno, una acepción distinta, cada piel y sus olores una combinación exacta de mente e ideología. Tal vez sería verbalizar cada uno de los sustantivos propios.
Hubiera querido fotografiar la mirada (le visage) de cada uno de esos ojos que traspasan mi propia historia y la vuelven tan creíble... con la dulzura, la osadía y el rencor de las pupilas más bellas del mundo. Fotos, hubiera querido fotos de cada una, un antifaz virtual. ¿Cuál es la actualidad de la fotografía? Identificación, memoria, la exaltación ya habían quedado atrás en el tiempo ¿experimentación? Tal vez, pero tantos usos ya acabados, el instante reproducido al instante, la posibilidad de decidir borrarlo, y la insignificancia de los momentos guardados, ahora son testimonio, identificación, exaltación, pero no recuerdo. Tal vez esas fotos del cuerpo desnudo no sean más que una memoria mínima de la papelera de reciclaje de una PC ya sin uso, un injustificado material que atestigua una mujer a la que amó, cual entre otras.
Esa mañana se fue de la casa y él durmió. El trabajo fue un dolor de cabeza, las letras brincaban en el monitor en forma de esferas difusas o globos terráqueos rodando. Su cabeza asimilaba con lentitud las palabras más comunes. Luego el sol se le revolvió en la mente en millones de haces multicolores. Nadie más que ella sabía que había iniciado la búsqueda. Se atormentaría, lo había decidido con infantil tenacidad, o terquedad. Buscaría la manera de deshacerse, de que la abandonara para fabricar su vida, tal vez que la pusiera en riesgo, lo venía postergando porque era aún muy pequeña como para animarse. Y después escribir sobre las cosas, para inventar lo ocurrido y testimoniar lo pasado y las relaciones y los hechos exagerados, las sensaciones jamás encontradas, los sueños nunca pensados, pero mechados con la realidad adyacente.
No fue más que entrar en una sala de chat, los mensajes se caían uno tras otro después que pusiera esa foto, estaba tan linda. Memorizó el nombre, Facundo. Un rubiecito lindo, de aires naif, pero de profundidad oscura en su mirada. Edad acorde, movilidad propia. Y después se calzó el vestido negro al cuerpo y las botas altas, el pelo al fin suelto y ojos delineados. La noche comenzó en un bar al que nunca había ido con Julio, pero sí alguna vez con un novio tierno. El vino espumante fue el inicio de una conversación amena y no paró de hablar, emocionada frente al desafío del papel en blanco. El juego dispuesto a jugarse pero sin reglas aún, lengua virgen que necesita aún explicitar su gramática, como si no estuviera ya inmersa en la red de sentido, como si estuviera vacía entre paredes con cuadros pos vanguardistas, casi de retaguardia, creando la ilusión de saberse a salvo. Una sonrisa, una niñería, esa cápsula invisible que la aterrorizaba de adolescente, era terrible, estar bajo esa nube protectora, la cúpula del cielo de los románticos devenida en jaula de hierro. La cultura, la cultura, ¿escapar?, imposible, la serenidad de saberse elevada ya de esos nimios dilemas... Y, sin embargo, ahora hacía como que no existía la red, como que no la circundaba ni un contexto, ni un pasado ni un futuro, la virtualidad del presente como única opción ante unos ojos que la atraían, unas palabras que sonaban a conocido, eco umbilical. El bar se volvió más oscuro, la música casi imperceptible, era necesario por todos los medios apagar la conciencia y volverla un mecanismo de supervivencia: no chocarse contra esa puerta cerrada, que la mano consiga mediante la botella hacer correr el vino dentro de la copa y de la mesa pasarla a la boca, y aún seguir siendo delicada. Facundo era nihilista, su visión del mundo, (ella lo sabía, pero le gustaba el nuevo papel de madre) era acotada, algo cuadrada, poco ética. Pero la remitía a su padre en cierto estoicismo, en cierto pesimismo a Alberto, en cierta ternura y necesidad de afecto a Micheal, y en cada uno de éstos a ella misma.
El auto se dirigió hacia el bajo, cerca del río de la ciudad que llovía en una intermitencia insufrible. El frío de la primavera se volvía húmedo y crudo por el viento sudeste. Pensó que los hombres se enamoraban de ella un pequeño lapso. Al principio si lograban verla frente a tantas mujeres hermosas y exuberantes, luego de algunas charlas o después de conocer sus fragilidades - eso dependía del carácter del hombre- caían fuertemente enamorados y luego se alejaban aburridos, o ella se encargaba de espantarlos con alguna audacia. Fueron a otro bar, la ciudad estaba repleta de lugares pero ella siempre volvía al mismo, necesitaba la misma sensación, el mismo olor del primer amor, iguales caricias tal vez, como cuando aún era inocente, y amar era subirse a un árbol para besarse con los pies colgando. Repetir el rito y consagrarse a un hombre dibujando en la cabeza otro nombre, como si fuera el mismo, como un alma que vagase por los cuerpos, poseyéndolos. Y ella podía muy bien afirmar en cuáles de todos con los que había estado ese espíritu había penetrado, en cuáles no. Recordó a su tía cuya primer mascota fue una paloma que amó mucho, todas las mañanas el ave era liberada de su jaula por la abuela y entrando por la ventana que daba al porche se posaba sobre su pecho, la despertaba y ella la acariciaba. Luego tuvo un perro que supo querer muchísimo, ella imaginó que el alma de la paloma anidaba ese cuerpo peludo y a gris, después fue una gatita atigrada y hermosa la poseedora del alma primigenia que fue la paloma.
Otro vino que terminó en el auto manchando su ropa. Estacionaron en la costanera, se movían en silencio bajo la lluvia en calles desiertas de faroles difuminados y reflejos sinuosos. Era sugestivamente tímido, se le notaban las ganas de besarla y evitaba el momento. Otra tiranía de su parte: dilatar el placer, un gusto que no podría jamás extirparse y él accedía a complacerla sin saberlo. Pero la besó, y entonces la tormenta fue escenario de casi todos sus encuentros.
El hotel también fue un reencuentro, no era idealista, no concebía el cuerpo como un despojo. Por eso más allá de la univocidad del espíritu, los hombres se sacudían, se manejaban, actuaban diferente y su mente recorría en silencio todas las maneras de amar que había conocido, evitando ligarse al momento. Se acordó de una noche en la que había disimulado sorpresa al besar un amigo, o la noche de las fotografías cuando después de un baño de vino se pusieron a amarse en escenario de cama, atrás el espejo los circundaba, los imitaba en tal tibia disposición, retazos de carne por todas partes, un fragmento de un cuadro de sus piernas amarradas o los ojos vendados o la mirada intransigente o los dedos encarnados. Ahora llovía más despacio, pero tampoco era Julio quién estaba a su lado. Las luces fosforescentes del hotel disimulaban sus imperfecciones, el ruido ambiente era como el de un motor, era el sonido del silencio ampliado por las paredes de doble filtro, encapsulados en ese espacio sin tiempo... una noche más, pero que quebraría la calma y repetiría el encuentro hasta que él la descubriera, y tal vez la matara.
repetir el gesto del amor
entibiada hacia un cuerpo
La noche se vuelve fría pasajera
en la esquina calma, una mariposa.
Entretanto, fuera muchos duermen en
la quietud de una luna plana
la Gorgona del cielo,
la espesura de su mirada.
Lo miró y se fulminó al instante,
entonces, ya no quedaba más que el
hilo invisible dilatado hasta romperse.
Pero él, tranquilo, cumplió su condena: la eliminó de su vida. Fue una muerte sutil, de esas que se acostumbran en estos días, aplacar el revuelo de un solo ímpetu, limpio y de impiadosa transparencia. Le quedaba amarrarse a los brazos de un nuevo sujeto, prolongando el gesto hasta la muerte que no sería producto de su Ser Superior, sino de la Naturaleza, infirme y pionera, acostumbrada a tales desmanes de energía.
Se encontraron después, otra vez olía margaritas, la primavera se estaba anunciando desde hacía días y el frío todavía era un viento que descorría las nubes y meneaba su falda. Estaba intranquila, la charla telefónica le anunciaba lo esperado, se estaba cortando una arista, destejiendo un nudo crucial. No había crueldad y eso era lo más triste, era confirmación en todos los aspectos, el sol recalentaba la gaseosa y le daba color a los pómulos, convicción de lo inefable. Julián estaba con su camisa nueva, el verde del jardín de invierno terminaba en puntas cargadas de flores blandas y rosas, pequeñas como dados. Se esforzaba por hablar con tranquilidad, las palabras brotaban hacia lugares comunes, él que siempre había escogido las palabras, él que se encargaba de darle color a las cosas.
- Sí, sí, entiendo – fue su única o última respuesta- Tal vez tengamos diferentes modos de amar, o nos encontremos en tiempos distintos, buscando otras cosas... no me atrevo a decir opuestas. Tal vez exigí demasiado, cuando lo único que quería era atención. Lo mejor es que nos separemos, pero me duele. (La falta de engagement de los tiempos posmodernos, la velocidad plasmada en una relación social, el apuro, la prisa, el subte recorriendo las cañerías en un súbito relámpago, la angustia de estar ahí abajo y verlo partir hacia ninguna estación, el subte se volvió loco no hay salida ante tanta impetuosidad, el tiempo fatuo y la cercanía indecible de una parada, se navega por los túneles pero encontrándose atada en un asiento sin seguridad, como pegada al asiento pero con el corazón dando vuelcos, el terror en los ojos de los otros pasajeros, acá abajo no hay lluvia, no hay luz, no hay tiempo, es espera, esperar a cruzar la manivela, esperar en el vagón, esperar la estación, esperar descender, esperar ascender, esperar salir, esperar esperando una espera inconclusa hasta el próximo viaje). Lo recordó, eso también lo había soñado, lo soñaba repetidamente, y no sería ni la primera ni la última vez de una despedida.
Las escenas todas iguales. Un género compartido por todos, el de las separaciones amorosas. Las palabras de siempre, el discurso mejor pronunciado y los abrazos eternos, prolongando el dolor de una seguridad que se vuelve hiel, convertirse en los actores divinos que hacen su rol correctamente. Entonces el beso, la despedida para encontrase un par de veces más y disfrutar del amor cuando se sabe que siempre es la última vez, la virtualidad de poseer lo que ya no pertenece. Julián asintió mortalmente, allí creyó desvanecerse, pero duro roble, ojos ansiosos buscaron una puerta, el jardín de invierno era una cápsula envidriada que no revelaba el ingreso, era necesario descorrer uno de sus laterales, deslizarlos con firmeza para poder atravesar el umbral. Necesitaba irse de ese reducto de ensueño, con fuentes orientales y fragancias a orquídeas, para mirar el río en silencio y recordar que en realidad, pequeña marioneta, él había seguido simplemente sus designios.
Julián se fue hacia el oeste, las manos en los bolsillos, pensaba qué crueldad la vida, y en sus ojos se transparentaba la pérdida de la inocencia de ella. Se le había caído encima todo el rencor de lo no dicho en esos meses, pero con más fuerza aún lo que había sido dicho, lo que había creado bastiones de palabras que lo conectaron a miedos disimulados. Cuando llegó a casa, su hermana hacía la comida de la noche, comenzó a hablar con ella de la salud de la madre, la osteoporosis estaba desgastando la energía de una mujer ardiente. Después preparó la salsa de los fideos y antes de dormir revisó agendas viejas. Podría llamar a Margarita en cuanto se repusiera.
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