lunes, 21 de enero de 2008

No había podido encontrarlo en las sierras y no cabía más oportunidad que verlo aparecer en algún reducto de la ciudad.
Me acordé del colectivo. El que pasa rodeando el cementerio y es tenebroso, no por espíritus, sino por los chiquillos que descalzos y drogados juegan con una pelota descolorida o escarban la basura mientras por la vereda de enfrente las mujeres apresuran comprensiblemente el paso. Es una muralla que se extiende en tres amplias cuadras con calles que desembocan en esa pared irrebatible donde los vehículos deben invariablemente virar a la derecha. Pero cuando se la camina, y no de la vereda enfrentada, parece mucho más extensa, las baldosas se suceden unas a otras sin solución de continuidad, cada una con la misma tibia expresión, y los colchones en el piso y las frazadas tapizadas de cuerpos marrones son lo único que diferencia el suelo y la pared. El aire está enrarecido y el culto a los muertos abandonado. Tal vez todas las fantasías populares de fantasmas y muertos vagabundos debieran ser más ciertas hoy por que, abandonada la devoción mortuoria, podrían llamarnos la atención y aparecérsenos hostiles y errantes ante miradas tan esquivas. Esa es la cuadra de la muerte pero no hay un límite muy preciso sobre cuándo empieza, de hecho caminar por ahí es morir un poco y no en el éxtasis sino en la súbita coincidencia que produce observar los ojos apagados de sus habitantes. Musulmanes por todas partes, un sueño de fábrica y héroes que vuelven a casa llorando. Pero más allá de esa pared duermen en tibias criptas los huesos o lo que queda de ellos y hasta un centinela protege sus pertenencias olvidadas. Más acá es la nada que más se teme, no hay guardia, ni hada que proteja los cuerpos tirados y semivivos aún.

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