lunes, 21 de enero de 2008

Cuando se escaparon era aún de día. Tomaron un micro que iba hacia el norte y
ella le mostró el viaje que solía hacer sola, siempre exhausta de la ciudad hasta que empezaba a extrañarla. Los asientos eran cómodos, tenían en la mano el boleto con el nombre la provincia, pero desconocían la localidad. Decidieron que mientras hubiera sierras estaría bien.
Iban de la mano, pero se besaban poco. Estaba la continuación de una relación casi infantil que había sostenido hacía tiempo en el develar de los acontecimientos que la llevaron hasta Julio. Había una coherencia en la manera en que de día aparecían apegados a las conversaciones y a la trivialidad del mundo y el modo en que por las noches ella lo vestía de divinidad y aceptaba cualquier rito que él propusiera. Otra vez la oscuridad y la cama.
Había traído consigo la cámara de fotos y quiso retratarla. La fotografió toda, menos su rostro. Ella había estado bebiendo desde temprano, estaba bastante vulnerable y aceptaba con sumisión inusitada sus imposiciones. La boca estaba desteñida y sus muslos se contorsionaban entre espasmos que no terminaba de entender si eran de dolor o goce, en realidad, creía que las mujeres estaban extrañamente habilitadas para soportar ambas y en grados extremos. Esa mujer bajo su dominio, tenía la particularidad de hacer del dolor placer de un modo cuyo límite sólo ella conocía y a él gustaba pujar, sabiendo por las muecas de rostro que su fisonomía aceptaba los bordes. En ese camino por el hilo delgado de su sufrimiento estaba el contrato de supremacía que había conseguido y en no sobrepasarlo el respeto que ella le profesaba.
Comieron en un puesto que daba a la ruta. El micro los dejó varados en medio de una arboleda, con mesas al aire libre y juegos para niños. Entre las espesas matas de vegetación ni siquiera le dio un beso, sólo le agarró la cara suavidad y le acarició su mejilla pronunciada, ella le devolvió una sonrisa pura, después nunca fueron tan transparentes sus miradas. Era de tarde y el sol estaba hermoso, caía perpendicular sobre ellos y los obligaba a arrugar los ojos, toda la fuerza de los rayos del oeste sobre sus rostros. Caminaron en silencio entre calles de tierra y espejos de agua formados por lluvias recientes. Estaban en el momento en que él la adoraba y ella empezaba a aburrirse, así paseaban, descoordinados, intransigentes.
Sacaba fotos a las hojas, se había apasionado por los árboles. Estaba bajo las copas enormes, mecida en una hamaca paraguaya y la cámara reproducía el verdor y la cristalina luz del invierno.
Él quería la noche porque deseaba tomarla y brindarle amor de la manera que ella más necesitaba. Era su protegida, pero sólo de madrugada, y cuando estaba borracha.
Él se estaba escapando del fantasma de Marga y ella en los actos que él se reprimía preparaba sin saberlo su engaño.

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