Todo había comenzado cuando los años aún se contaban en dos dígitos y la música recién empezaba a enrolarse sobre sí misma, a recrearse. Habían pasado unas Fiestas de Fin de Año repletas de dulces promesas y frasecitas que coleccionaba en tarjetas y postales. Pero nada había cambiado y el invierno apareció con el furor del viento helado y un infrecuente paisaje gris. Los ojos de los hombres de la ciudad no estaban preparados para una huida del sol tan dramática, pero al mes de la estación más húmeda ya conocían el sistema y hasta les pareció bonita la vista sobre el río de las nubes cargadas y las banderas en un flamear violento.
A Julio lo había conocido en esa época, una noche mientras entraba en la sala de un cine con las luces encendidas. Ella había llegado temprano, observar la gente se había convertido en una obsesión repetida en cafés tomando una lágrima sola o en las aulas atestadas de gente de su facultad. Lo había reconocido pronto y jurado en su atuendo la concreción de un amor eterno, una nimia intuición de mujeres hecha proyección. Tal vez su forma de mirar intrigada, los ojos alisándose en el esfuerzo de divisar un asiento conveniente, las ropas holgadas y el porte fuerte, infinitamente alto. Olor a hombre evaporado de su piel casi transparente.
Sabía de sus poderes, pero parecía que solamente funcionaban cuando se disponía a seducir a un hombre. No era especialmente hermosa, pero sabía llevar su cuerpo delgado y en el conjunto al observar más en detalle sus facciones y la musicalidad del movimiento en las manos y en los ojos convertía sus bajezas en cómodos huecos donde los hombres creían reposar largamente, por lo que luego de un par de encuentros se convertía en un objeto preciado, una membresía que le permitía absorberlos hasta vaciarlos. Su mente deseó tanto ese hombre del cine que por supuesto se sentó en el asiento vacío al lado suyo, no por haberla visto, simplemente por ser la sola butaca central vacía de la sala. El tinte rojo de las paredes se volvió purpúreo y luego negro y la película un simple gesto de hipnotismo febril que diluyó cualquier comunicación entre ambos. Entre capas de sonidos, por momentos se volvía a mirarlo de reojo, pero él no prestaba atención más que a la película, los ojos atraídos por una trama austera pero de excelente puesta y entonces la genialidad de algún autor se convertía en montaje para los amantes del cine.
Cuando se encendieron las luces y los títulos corrieron a la manera tradicional de abajo para arriba sintió por primera vez en la noche la mirada de él sobre su cuello, sabía que la languidez y finura de esa parte de su cuerpo siempre resultaban atractivas por el cabello recogido y el peinado alto. Su mirada de rimel y delineador observó unos ojos verdes trigo, una tonalidad de intenso glauco desprovistos de la liviandad de los iris cristalinos o del brillo suspicaz de los bellos ojos oscuros. Tenían toda la fuerza y energía de un verde de prados salvajes, la discreción inglesa de un mirar a la vez despierto e impasible. Tocarse en la mirada fue una tensión casi insostenible, muchas veces le pasaría lo mismo, la necesidad de buscar aire en otras visiones.
Caminado por los pasillos de la sala se volvió para confirmar que la estaba siguiendo. Alguna vez había deseado ser víctima de un hombre al que amara, para que en ese desenfreno no pudiera reprimir ningún acto; tener la causa que justificaba la rotación del mundo para algún idealista como la excusa firme para dejarse hundir. Lo que resultó fatal fue que hacer el amor con él se convirtió en una experiencia casi mística, una elevación espiritual que acompasó la sospecha de una universalidad extraña en ese cuerpo. Se empezaron a mezclar en su cabeza de noche y con los ojos abiertos escenas de sus anteriores amantes, los deseos hacia alguna mujer; y, cierta noche, luego de mucho alcohol y alguna otra cosa, vio en su cara un sexo desconocido, lo imaginó mujer y con vestido, sitió en su boca el sabor de unos labios femeninos por el rojo encendido de la boca de Julio y fue feliz.
Detenida mirando la cartelera se le acercó, ella fumaba un cigarrillo con ojos ausentes, se diría que en realidad pensaba en lugar de retener títulos o interesarse por filmes próximos. Algún comentario de acercamiento, esa clase de preguntas que son inicio de acciones, las palabras en busca de un contacto, la violencia de su irrupción hasta el leve rojo de los pómulos de ella.
- ¿Fuego?
El café duró tres horas y cada vez duraba más, él hablaba de estudios sobre culturas primitivas y las imágenes de alguna tierra inmemorial eran contadas desde el ardor de sus ojos que ganaban cada vez más espacio en el salón, abarcando las mesas vecinas, tapando las mozas de negro y la barra azulada, el tono crepúsculo de las paredes y el techo. Comenzó a bailar alguna danza tribal rodeada de gente de negrura compacta, un baile desenfrenado con el gusto del ritual burbujeando en su sangre y los viajes mentales en las noches de fiestas electrónicas parecieron de pronto infantiles espejos, montajes en blanco y negro de un rito mucho más complejo. Él le mostraba las fotos de sus inicios, las sacaba de una cartera marrón que estaba dentro del bolso, actualmente prefería hacer cosas más artísticas, pero su interés por culturas distantes no había variado. Y ahora, otras fotos eran el único lazo que los conectaba. Después de tanto tiempo ni una sombra de amor podría sentir sobre su cuerpo; ternura, simpatía lejana, pero la necesidad imperial de ver esas instantáneas que nunca había tenido ante sus ojos.
El trayecto hasta el hotel se convirtió en un pedazo de la ciudad sacada de algún libro clásico, el entusiasmo y la fascinación virgen que había provocado una zona geográfica ya antigua y habitual, con toda la novedad que había adquirido por esos años también fin de centuria, pero de otro siglo, refulgentes por el conglomerado de gente, las luces artificiales y el anonimato, años en que la regla pasaba de ser vecino a total desconocido.
Las calles se iban apareciendo con la naturalidad de la vista, se abrían nuevos pasillos a cada paso y entre árboles agigantados por las sombras y zaguanes vacíos o con grupos de chicos trasnochados, caminaban despacio abrazados como lo harían siempre, felices de tenerse al lado, con la justa satisfacción de quien ha encontrado la persona que cabe perfecta en ese brazo. La voz de él se volvía más grave recostado en la cama, y contaba mil cosas, se acostumbraron así y ella lo oía con los ojos asombrados y la piel erizada, a veces sólo quería que le hiciera el amor y siguiera hablando con esa voz que la traía de vuelta a alguna fantasía de la primera infancia. No importaba qué dijera en realidad.
Se negaba a creer que había sido su primer amor, un par de años de total fidelidad la había convertido en una novia siempre apasionada y dispuesta, pero encontró en él la falta que en otras parejas se vuelve el engaño, la relación sexual no como mera descarga o acto de amor, sino la pulsión mística, el umbral a lo sagrado sin necesidad de acercarse a teorías milenarias. Nunca se ocupó de tales ditirambos, nada más pensó en la coincidencia de deseos, en la reprocidad desigual de un amante y un amado.
La luna se asomaba entre nubes invisibles en el cielo nocturno, había oscuridad profunda en las calles y el murmullo de la noche a lo lejos anunciaba la hora tardía de entrada a los pubs y a las fiestas. Raramente asistía acompañada a algún lado, prefería armarse compañeros irregulares y poco coherentes y a la mañana siguiente estar triste por dentro, mirarse al espejo y tal vez llorar. En épocas de tranquilidad, cuando ya andaba con ganas de atormentarse, no podía dejar salir sus lágrimas, se quedaban estancadas formando un puño en la garganta que luego descendía hasta el pecho y se clavaba en el estómago, una gran bola fosforescente se anidaba allí y parasitariamente se alimentaba de lo que comía. Solía ponerle nombres extraños, mitológicos o de las heroínas de novelas rosa de su niñez. Después pasaba algo, se enamoraba, conseguía un nuevo trabajo, alguien desaparecía, y la bola se iba, apagada su fosforescencia salía expulsada y moría. La que llegaba después nunca era la misma.
Esa noche de entre semana, aunque inundada de gente por las vacaciones de invierno, no se había prometido ningún escape, sería cine y después cama sola. Pero la irrupción de esa figura, traída de algún tiempo de hombres de clásica apariencia y mirada desafiante se traspapeló y la encontró en el costado opuesto de la cama queriendo irse para mirarse en el espejo a gusto, borrar cualquier signo de la fatal persona final que presentía ya se había convertido esa presencia a su lado. El reflejo venidero desde el techo la ponía incómoda, no se gustaba en esa perspectiva descarada y él ya estaba dormido. Muchas veces había huido en mitad de la noche, buscaba las llaves si las puertas estaban cerradas y después las devolvía a través de la hendija para irse con sensación de extraño vacío hacia su casa, llena del sol de la mañana; agotada solía mirar el reloj, su cara en el espejo, y nada había cambiado.
Con Julio no fue posible irse, estaba aferrada a su brazo tocando con las nalgas sus piernas firmes, encontrando en el cosquilleo de los pelos de esa parte baja una conveniente excusa para permanecer allí. Pero le pasó que, después, comenzó a sentirse vacía de nuevo, los ojos ya no cubrían la densidad abstracta de las miradas de antes, se ensombrecía la voz y le resultaba diáfana, equivocada, queda. Para más adelante se dijo terminaría engañándolo, fue una intuición difusa, de ésas como sentía a montones, muchas veces irrealizables e irrealizadas.
Las lluvias sin tormenta eran más frecuentes en el invierno en esa ciudad en la que el clima subtropical del verano se iba pareciendo más al de una geografía central donde faltara el sub. Y esa era noche de invierno. La lluvia gorgoteonte raspaba la cara con la temperatura cruel de bajos grados y elevada humedad ambiente. Se despidieron tiernamente, recordaría con melancolía esos besos tímidos, la paciencia ancestral que le profesaría y que siempre se propondría alterar, encantada de los choques y de las peleas absurdas.
Pronto empezó a escribir sobre él, pero no por una convulsión orgánica de necesidad de expresarse sino como una manera de tenerlo cerca, de perpetuarlo en infinitas sombras de páginas y devolverle la mirada que cada vez sentía más alejada. Empezó a escribirlo cuando sintió que no duraría para siempre. En toda separación hay una bisagra, la cúspide que devuelve el envión de una decadencia próxima y, mientras, el cuerpo se va preparando para lo que sigue. Ella se armó como pudo, consiguió nuevos amantes, se desprendió de a poquito corrompiendo en innumerables y sutiles actos la ternura de un amor que, sabía, no podría atestiguarla eternamente.
La habitación se iluminaba cuando a su paso iba encendiendo las perillas, no podía aún dominar los miedos de la infancia, letargos de fantasmas la acosaban en crujidos de muebles o en sombras reflejadas en intermitentes flashes venidos de la calle. El piso era alto y el edificio excedía la media, eso le permitía asomarse y ver desde la panorámica un ángulo de la ciudad desconocido por la mayoría. En ese reflotar del viento contra su cara y las luces despiertas y movedizas de los automóviles se dibujaba desde la altura en cada manzana una caja de zapatos, conectada con la otras por prolijas hileras de avenidas y calles.
Prendió un cigarrillo en el pequeño balcón, la brisa con olor a río aledaño al mar le daba en los pómulos encendidos. Le gustaba volver a casa y estar consciente, cuando despierta podía pensar en las cosas que le habían pasado, cuando aún estaba con fuerza como para sacarse la ropa y el maquillaje y no caer en picada olvidada de las horas.
Y ahora necesitaba recordarlo para recuperar las fotos. Fue una controversial velada, la que marcó la decadencia de sentimientos. Quería verse porque sabía que en la mirada que tenía esa noche estaba la clave para vivir el resto de su vida. Reconstruir la historia municiosamente para acercar las pistas que le indicaran dónde podría estar él ahora.
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