lunes, 21 de enero de 2008

Le costó entender que ella también lo estaba siguiendo. Una vez la vio en un café con un par de agendas viejas, reconoció una de cuero marrón, era la del año en que se habían conocido, aún no se estilaba guardar en los teléfonos celulares los datos de las personas que uno iba conociendo. En ella anotó la primer noche su número telefónico, esa primera vez no pensó en darle la dirección de su casa. La primera noche que la invitó a dormir formalmente, llovía terriblemente, dudó en ir hasta su casa, desde el teléfono la escuchaba vacilar, en esa época solía ser muy respetuoso y no quería presionarla, no en tales nimiedades. Ella accedió y luego de un par de horas la vio bajarse un taxi con un piloto gris ceñido y los cabellos revueltos e inflados por la humedad del ambiente. En el primer encuentro, había sido más discreta, ahora miraba los cuadros y revolvía las fotos y los libros. Buscaba otra presencia femenina, pero no habría de encontrarla, al menos no ese día. Estaba exaltada, parecía que su cuerpo hubiera sido acelerado por algún estimulante, estaba torpe y distraída. Otras veces la vio así y concluyó que era producto de sus hormonas, creía creer que sabía lo suficiente sobre mujeres como para aseverar tales dogmas. Ese día traía la agenda de cuero y mientras estaba en el baño la ojeó sin malicia. En el día domingo 3 de julio estaba su nombre de pila, el teléfono y una carita sonriente, un emoticón sencillo pero cuyo contorno no era una esfera sino un corazón. Sonrió tiernamente y dejó la agenda en la cartera repleta de objetos inservibles. Cuando ella regresó la tomó en sus brazos y le dio un beso largo. No se repetiría demasiadas veces ese gesto, ella reprochaba un poco la falta de cariño, pero parecía disfrutar en el fondo esa distancia que mantenían sus cuerpos, un acecho silencioso, como dos leones, primero comían, tomaban su vino, y después se arremolinaban hasta que sólo se escuchaban los gemidos de ella, ausente del mundo por unas horas.

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