Se habían conocido una noche en la que el bar aún no estaba tan poblado,
cuando era más que nada un refugio de gente habituada a las altas horas, a vivir entre esquelas de fiestas y conversaciones de vigilia. Le pareció que ambas estaban ahí por el mismo hombre detrás de la barra. Él se afanaba por darle wishky a una y un cockteil frutado a la otra. Entre tanto movimiento, dejaba escapar los vasos hacia donde estaban hablando y nunca volvía para cobrarlos. De pronto empezó a beber de la bebida de ella, se acordaba de su padre que era un gran bebedor de malta. Ni siquiera recordaba cómo habían comenzado la conversación, tal vez por culpa del barman que las conocía a ambas de otras visitas al local y era estimulado de distintos modos a querer complacer a ambas. Por supuesto, ella era más linda, más grande y experimentada y en realidad el barman era a la única que esperaba. Por ahora se contentaba con escuchar las maravillosas cosas que le estaba contando esa mujer y matizar sus palabras con el vaso de whisky que no se cansaba de ofrecerle. Tal vez hablaban de filosofía y de teorías artísticas, de uniones y del amor, hablaban mucho del amor, “como todas las mujeres”.
Las luces eran borrosas de nuevo, nunca supo por qué no se besaron, o nunca supo por qué no recordaba si se habían besado o no. El recuerdo terminó confundido con el sueño inmediatamente posterior a ese encuentro, porque cuando llegó de madrugada y con otro barman a su casa (ella, como había previsto, se había ido con el caballero que las convidaba alternadamente) la borrachera la fulminó con ropas y sin meterse entre sábanas hasta el mediodía. Después, doblegada por la resaca durmió la siesta y ahí soñó con sus maravillosos ojos verdes. Iban a una fiesta en donde había viejos amigos de la escuela, después caminaba por la calle y la figura rubia de un confidente era la oreja que escuchaba su primera travesía con una mujer. En el sueño tampoco podía visualizar la escena, pero en realidad no había diferencia más que cultural (gran diferencia, eso lo aprendería más tarde) porque había tenido las ganas, porque hubiera besado sus labios, entonces el sentir era el mismo sólo que no podía discernir si era un recuerdo de vigilia embriagada o un esfumado del sueño.
No había tregua de la red, en realidad, nada era casualidad en su vida, sólo lo que estaba fuera de su alcance. Se había propuesto conocer a Marga cuando Marco la describió tan bien y desde ahí, cada paso había sido encontrarla. Después darse cuenta que no sólo las unían Marco sino también Julio y quedarse atrapada en un rombo, con Marga enfrentándola y donde de acuerdo a cuál de los hombres desaparecía la dejaba triangulada con dos pares de ojos verdes o con hermanos de sangre, esa parte, había sido decisión de una fuerza que la centrifugaba en la misma tela que no podía liberarla.
Marga la había impresionado un poco con su delgadez el primer noche que se vieron, pero esa esbeltez pronunciada, le daba carácter y presencia justamente por su manera extraña de sacar potencia de su fragilidad. En sus ademanes había una fuerza extraña que olvidaba la debilidad, además era alta y su voz, entre ronca y delicadamente suave, era un epitafio susurrado y mágico.
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