lunes, 21 de enero de 2008

La panza empezó a crecer como las otras veces, es decir un día no fue al baño, al siguiente tampoco y el gas de las bebidas y la acidez del café y la pesadez del queso, fue como las otras veces, pero distinto porque en su mirada estaba el cansancio de una noche que había sido eterna en la vigilia convertida en insectos con pinzas y sombras blanquecinas. La fiebrina que le producía siempre la pesadez del estómago. Los rumores de las entrañas, el enemigo fantasma, las voces que se ahogaban en el remolino y las cataratas. Al tercer día cuando recogía el sanitario del gato y vio las piedras de aserrín empapadas de pis y excrementos, se acordó que hacía cuatro días que no iba al baño. Su panza ya tenía una forma redonda levemente inclinada hacia la izquierda. En ese sector se agolpaba toda una materia que ahora le picaba, le producía escozor en su intermitente zumbido. El gato rumiaba y le pasaba entre las piernas, lo había visto en la entrada de la casa con una gata pequeña, de unos cuatro meses, los había visto en la agresión previa a la conquista y sólo esperaba que ella se fuera a tener a los pequeños a otra casa, la enredadera había visto nacer algunas crías de rata y ese había sido motivo suficiente para no querer ver más procreaciones cerca. Julio había desaparecido desde hacía tres días, volvería con una sonrisa y flores y ella no querría más que tirarle un plato por la cabeza o hacerle el amor.
Desaparecer era obligarla a quedarse, su departamento en las nubes estaba sucio, pero no podía renunciar al amor que profesaba a Tomas, y ahora su casa se le aparecía inanimada, los cielorrasos demasiado bajos, las luces muy fulminantes, los espacios muy chicos. Cuando Julio volvió ella no terminaba de barrer los pisos, intentaba dejar reluciente una habitación de dimensiones espectaculares de parqué frío y viejo que se pulía sin remedio dejando aristas y rayas horizontales. La tomó por la cintura, pero no había respuesta en su cuerpo, tenía los ojos hinchados y el cuerpo rígido, se dice que cuando se instala la vergüenza los tendones del corazón se abren un poco, se oxidan por el aire extra que dejan ingresar y después de ese estiramiento nunca vuelven al lugar inicial. Esto produce en el físico un mecanismo de actitud semejante, entonces el cuerpo avergonzado nunca vuelve a reaccionar igual ante el objeto que produjo la vergüenza. Se acordó de su padre con pena y lo miró a los ojos con la exactitud de saber que no podría tocarlo. Le sonrió y esbozó entre lágrimas un “bienvenido”. Había buscado sentirse así, lo había anticipado la primera noche, la del cuello y las pestañas largas reflejadas en la alfombra del cine que se continuó hasta la alfombra del cuarto de hotel.

No podía evitar escribir como mujer, aún cuando temía no volver a serlo nunca más, aún cuando los fantasmas la acusaban de ser híbrido, de ni siquiera tener lo peor de un macho y de una hembra, sino simplemente de carecer de sus condiciones más aptas. Habría querido ser la belleza más curvada con el cerebro más homogéneo. ¿qué hacer ahora con un útero cuando cualquier probeta incubada podía dar a luz en el mejor de los momentos y al ser más perfecto? Las horas en los médicos se hacían eternas, sus ovarios dormidos ya no eran un riesgo para la medicina y si lo eran, unas inyecciones de sal para activar las hormonas, un poco de manteca en las trompas de Falopio y se volvía a la vida, una gestación que antes de ser vida o después de no ser nada se volcaba a su panza y crecía. La fábula de la semilla cada vez más cierta, los mitos que eran contados a los niños por fin cumpliéndose, la cigüeña, tal vez un avión transportando órganos robados, la salvación auspiciada por el cristianismo.
Y ahora había otra bola, también en el intestino, en su lado izquierdo o al menos ahí se albergaba, era denso. Desde que la venía sintiendo estaba peor de ánimos. La comida se volvía un enemigo, y el alcohol, antiguo anestésico, era devuelto. Cáncer tal vez, cáncer en todos lados, en su mano, en su vaso, en las copas. Reconoció en sí misma la enfermedad de los románticos, la búsqueda de desligarse de sus ocupaciones a través de la única manera aceptable: la enfermedad, no importa cuántas ganas se tengan de nada, simplemente tomarse el subte y seguir, seguir hasta la estación infinita donde no hay parada ni andén, un tubo virtuoso, la velocidad de esos túneles donde el tren pasa endemoniado, ese era su sueño, esa descarga recurrente, la imposibilidad de detenerlo, también su miedo inacabable, por dónde se iría su vida, detener el tren, retenerlo que se va hacia la nada.

Tomas se pasaba entre las piernas de Julio y no paraba de maullar, lo mordía suavemente y en el maullido se sentía el ronroneo grave, profundo de su garganta excitada. Esa noche la pasaba a buscar Facundo, pero necesitaba aquietar el rumor de sus entrañas ahora, se abalanzó hacia él con odio. Después no podría nunca más hacer el amor enojada. La memoria sensitiva, el olor de la primavera que le traía esperanza como también el recuerdo de sentimientos tristes, entre las piernas el murmullo que no empezaba, pero el hijo que se estaba gestando no podía decidir cuál padre adoptar. Ni siquiera la otrora necesaria biología se le aparecía necesaria. Y sin embargo seguía siendo mujer, seguía teniendo en su cabeza los recuerdos de todos los que había querido y los que simplemente le habían dejado su fluir en las venas. Y no podía dejar de juzgarse enferma, en cada paso un nuevo olor se mecía de modo nauseabundo. Julio se fue a dormir luego de que ella lo esquivara y se paseara desnuda y maquillada frente a sus ojos. Sonó el timbre y se estremeció en la cama, pero nunca le preguntó a dónde iba.

Necesitaba descubrir a dónde iba cuando desaparecía tres días y volvía en el alba sin rastro de borrachera o drogas encima. Sin oler a otras mujeres. A dónde iba cuando no venía y no volvía a la hora de la cena, y ella debía cuidar a Tomás y arrullar las fotos y acomodar los espejos y los cuadros que se torcían por el viento que entraba de las puertas ventana de esa casa antigua, que era de ella tanto como él le pertenecía.
A los dos meses fue al médico, entonces parecía que no había vuelta atrás: en menos de nueve meses moriría. Y el cáncer empezaría por primera vez, como antes temía, a forjarse una vida propia. La conciencia tan intensa que las extremidades pronto adquirirían independencia, nervios centrales en todo el cuerpo, ese era el Futuro, al menos ella había empezado a sentirlo en su estómago, un SNC independiente, regido por sus propias leyes.

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