¿Cómo había logrado besar de esa manera a una mujer y encima rubia, y encima debajo de ese barniz, los cabellos castaños se asomaban quejumbrosamente en el inicio del cuero cabelludo o las pestañas? Culpar el alcohol se le hacía cada vez más infantil o aburrido. El novio, en quien primero se había fijado, era un muchacho joven, de cuerpo viril, brazos amplios y chomba ajustada, los ojos celeste apagado armaban una cara poco interesante pero bella. Se habían mirando desde que ella entró en el bar y directo a la barra se había pedido un vodka apenas matizado con tónica y lima.
La barra del bar estaba inundada de torsos y brazos que sostenían algún vaso de colores estrambóticos o copas de vino y champaña. Era una de esas noches en las que el local se llenaba y entonces las mesas no eran ocupadas por conocidos sino que en las sillas se mezclaban parejas y amigos y perfectos nadie. Se dirigió con su trago a esa esquina del salón, y cuando la rubia fue al baño empezaron a hablar.
- Qué lindos ojos tenés, son... inquietantes – Ella le sonrió, entre un “gracias” tímido y la punzante mirada, típico enganche y conversación a cuestas. Enseguida volvió la rubia y nunca pareció incómoda, de hecho algún rato simuló ser olvidada un poco. En ese momento no se acordaba más, de repente desapareció el chico con su chomba celeste y la rubia le decía que “estaba todo bien”, ella quería besar una boca pero todavía la atormentaba la idea de que fuera mujer. Pero no era grave, era lo mismo. No le gustaba su cara, ni su pelo, ese era su único miedo, pero la noche y la insistencia y el no dormir sola y las estrellas como nunca refulgentes en el cielo. Fueron besos en los que le tomaba la cabeza de ínfima masa de cabellos amarillos (más oscuros en su nacimiento, casi negros) ejerciendo un poder nunca intentado con los hombres, no por no haber hecho eso u otras cosas, sino porque su actitud era totalmente distinta, nunca salía de su condescendencia femenina. En este caso era su Ley y la abocaba a esa mujer delgada y tenue, aburrida y teñida. Cuando pudo desprenderse, giró la cabeza y lo vio en un rincón, sentado, y la misma cara impasible del bar, los ojos celeste apagado contemplando la escena.
Pero no había sido importante, de hecho eso le arruinaba lo escrito hasta ahora, confundiendo aún más la selva de personajes. “Nada de terminar un cuento con: y al final todo había sido un sueño”, dijo una tarde una profesora de literatura. Primera lección nunca olvidada.
Era difícil estipular si sus sueños eran premonitorios o simplemente,
determinantes. A veces despertaba con el recuerdo en sus ojos de las imágenes mentales y el sentir se había vuelto tan espeso que luego lo repetía en su vida cotidiana; como la consecución del primer amor o la primera caricia, en este caso perseguía lo que había sentido en el sueño, por eso Omar con sus aires nuevos y su verborragia incandescente la había hecho temblar en su sueño augurando un compañero. Pero poder acceder a él implicaba no sólo vapulear al fantasmagórico Julio, sino también, y en mayor medida, hacer un quiebre mental importante. El sueño la predeterminó a volverlo un miembro extendido de la figura de Julio hasta que tomó personalidad de pronto y se encontró en una cama, haciendo el amor casi en sollozos, primera puerta a una perversión que luego iría extendiendo, tal vez con la tranquilidad de no saberse coartada a designios supra humanos, sino con la leve intuición del libre albedrío. Una forma de aceptarse, ella también una divinidad caída al mundo y salida de un repollo rosado y hermoso.
A Julio lo había soñado distinto, pero en ese caso fue peor porque primero fue el sueño y después conocerlo. Primero lo dibujó como un anhelo y lo hizo de palabras en versos cortos e irregulares que ocupaban cuadernos viejos y papeles amontonados en cajas de cartón y madera. Se apareció como una visión en la adolescencia y fue moldeándolo a las primeras referencias, con algún anónimo cuerpo de hombre. Después lo localizó en el cine y decidió que la búsqueda se había detenido, el momento de la conquista y tal vez la sencillez de amarse la primera noche fue el paso natural a su aburrimiento temprano. Pero eso, dependía del día. Lo recordaba con amor y lamentaba el desnivel que volcó la pasión excesiva en engaño, o bajaba la cabeza con prestancia y no veía mejor salida para tanto amor prensado al vacío en su diminuto cuerpo, por algún lado debía expandirse y desembocó en el cuerpo blanquecino y mortuorio de un joven de escasos cabellos amarillos y de caramelos de miel en los ojos.
Facundo era el Capricho Mayor, pero se sentía mimada, observada, objeto de obsesión y desvelo. Cuando se separó de Julio no pudo tocarlo nunca más. Una de las mejores noches que pasó con él, estaba muy borracha con las burbujas del champaña zumbando en sus tímpanos y la música del cuarto de hotel le acompasaba los movimientos, se habían encontrado y él ya empezaba a demandarle más tiempo. Ella le prometió dejarlo, empezar de cero a construir un lenguaje juntos, a mecerse por las aporías del lenguaje unidos a la letanía de nuevos nombres, nuevas formas. Nunca pudo hacerlo, Julio la sentó en una mesa una tarde y le dijo que no podían seguir viéndose. Cuando se separaron, Facundo se volvió intocable, se encontraron varias veces después, pero ella estaba lejos, y en su mente los ojos verdes de pino florido le devolvían una mirada que no encontraba en las fotos. Le daba asco la presión de su mandíbula cuando ella le hablaba de Julio y la cara de placer reprimido al hacer el amor. En un accionar rápido, un correo electrónico intimidante, lo eliminó de su vida.
Facundo, después, no existía más que como el reflejo de lo indeseado, la parte más ignominiosa y secreta de su humanidad.
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