lunes, 21 de enero de 2008

XVII-X-MCM...
Julio:
Me parece evidente tu permanencia en la villa costera, si no, no me explico el por qué de la demora en la debida respuesta. Mis ganas de contarte estados, experiencias y sobresaltos se exime de la separación, por lo que deberás “escuchar” mis letras y en alguna oportunidad ensayar una bienvenida respuesta.
Quedé en contarte sobre mi villa serrana y allí quedó vagamente el boceto de una carta escrita en la plenitud de la sombra de un enorme pino con los ojos confinados en las sierras vecinas. Imposible reproducir esas palabras hoy, quedarían viejas, gastadas por un uso que en definitiva sólo transcurre en mi cabeza.
Mis impresiones durante ese fin de semana fueran muchas veces encontradas. Pasar por el hotel donde pernoctamos otro fin de semana, cenar en la misma estación al regreso, el frondoso verde de la ciudad, las calles de tierra de la villa... La sierra siempre produce en mí un estado de “révolte”, mis sentidos se agudizan, empiezo a moverme en diferente frecuencia, pero esta vez había algo nuevo entre tanto sentir. De pronto, la curva redondeada de una esquina, el barro ladeando los jardines de las casas de madera y material, y las ramas agazapadas de los árboles transfirieron un solo recuerdo espectral y voluminoso, otra villa en mi mente y sus consecuentes memorias. Debo admitir que esquivé o no tuve tiempo para una posible reflexión cuando nos separamos, mi ciudad adorada tampoco fue fuente de grandes cavilaciones, pero al menos entre tanta reminiscencia una sombra de mí misma se me escapó hacia adentro.
Lo más maravilloso fue la lluvia que se precipitó luego del brindis por el nuevo año. Con mi prima pensábamos encontrarnos con nuestros amigos en la ciudad aledaña menos familiar y más nocturna, pero en el viaje de ida y con una tormenta como jamás vi en mi vida el chofer decidió en ruta no seguir avanzando. Esta provincia me ha dado las dos más grandes y maravillosas precipitaciones que he tenido la oportunidad de presenciar. Hace dos años en una localidad cuyo nombre se me ha escapado las calles se convirtieron en improvisados ríos de lodo cuando una tormenta eléctrica, luego de diez meses de sequía, se ocupó de volar toldos y carpas y zarandear árboles. Por suerte estaba en un hotel céntrico y la vista fue increíble acodada a la ventana con los ojos rasgados por la interrupción del sueño. Disfruté de esa escena como una niña, tal vez lo era para esa época. Y ahora este año, la vista de relámpagos tan insistentes, tantas veces el iluminarse de un cielo arrebatado por el agua...
Esos fueron los acontecimientos más importantes de mi fugaz visita a la villa: la lluvia y el pino. Después de un tiempo de pausa y quietud, el asfalto devolvió el debido respeto a mi espíritu ávido nuevamente de noches y copas.
Caricias y abrazos.
Yo

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