Marga volvió de latitudes opuestas obsesionada con la flor del loto. Había viajado a las tierras del lejano Oriente para saber más sobre ella. El encuentro se produjo en el jardín de una pintora mediocre pero excéntrica que coleccionaba orquídeas, pájaros exóticos y plantas acuáticas. Estaba repleto de especies que creaban un espacio espectral por la oscuridad que otorgaban las ramas abundantes y por la visiblemente virulenta convivencia de plantas sacadas de distantes lugares del mundo. Cada especie se reproducía alcanzando tamaños anormales en un vago intento de usurpar el espacio a las otras, por lo que enredaderas que en un jardín tranquilo y aireado hubieran podido crear un abrazo, un acto de amor, en este incienso de verdes entrelazados, eran horcas.
Marga había recorrido el jardín, azorada, y en sus ojos el champagne reproducía el jardín aún más tenebroso, más insectos carcomiendo las plantas de tierra y las cetáceas. No se encontraban caminos definidos, la hierba crecía desordenadamente y no había tiempo ni espacios donde crear senderos y arar la tierra. Se hubiera perdido si se mantenía sola mucho tiempo, el horizonte era una línea inexistente entre tanta exuberancia, pero intuía que las dimensiones no eran humildes.
Un poco lejos, apartado de tanto tránsito, había un estanque que se parecía más a un lago por la contaminación media y por la extensión de sus aguas. En esa olla artificial muchas plantas de loto flotaban a una distancia de cinco metros de diámetro y cada una tenía una flor que variaba en tonalidades de blanco a un purpúreo suave. Había encontrado entre todas una amarilla abierta con los pétalos hacía afuera que caían perpendiculares al agua y formaban círculos convexos cada vez que el viento soplaba y arremolinaba un poco las cándidas figuras flotantes. Esa planta ocupó su sueño esa noche y las siguientes. Había visto entre tanto color refulgente una mancha opalina que se escondía bajo la piel transparente de un insecto y en esa mancha el color que había visto en la piel de la flor era el color que siempre había querido alcanzar en sus óleos. Las especies de Loto apenas si variaban un poco y solamente en la flor, en sus tonalidades y un poco en la curvatura y grosor de los pétalos. Era una semilla legendaria, oriunda de Asia y entre el arco formado por la China y finalizado en la India, adquiría nombres diferentes y tonos variables. La flor crecía una sola vez, y en verano. Una flor por año, porque la regla fue componer al año en solsticios, la única flor que regalaba el Loto se producía una vez en esa ruptura de la continuidad insalvable. Aunque, al menos, no había una razón lógica, eso era lo bueno, el tiempo redondo, la naturaleza cerrada y encapullado, estática unos meses ante el frío y la compresión y después el renacer, la soledad que se vuelve a unir a los espejismos del mantra. La novedad, volvía a abrirse la flora. En ese espacio de opuestos disimulados en algunas regiones más que en otras, crecía sólo una vez una de las flores más bonita y simples que pueblan la Tierra, y una de las más veneradas por distantes y disímiles culturas, agrupadas por los occidentales en “orientales”.
Se acordó de su amiga del otro lado del océano, ella se obsesionaba con los hombres, nunca había logrado entenderla, se subsumía en una realidad paralela en donde el único esfuerzo de su vida dependía de ellos, en donde la fuerza de su carácter radicaba en la aprobación que necesitaba encontrar. Sufría con cualquier objeción que de su boca viniera, era interceptada por imágenes horrorosas producto de su pensamiento sin descanso. Los miedos eran ellos, y también su mayor atracción. La repulsión que temía ellos pudieran causarle actuaba como un reflejo que la acercaba más profundamente a sus aguas y donde si eran calmas solía reposar un rato para luego violentarlas o verse atrapada en las redes ya previstas de un hombre remolino que actuaba por sí mismo y la devolvía ultrajada a las playas. Esa era su búsqueda y si bien había tratado de educarla sentimentalmente, no podía desligarla de su manera obsesiva de buscarlos y rechazarlos.
Ahora la entendía, pero esa obsesión había recaído en un objeto (o ser) tan intrascendente como una flor. Problemas de menos, seguramente, pero la infertilidad de saber que no habría muchas más aristas en las cuales detenerse, solamente un color, el color que siempre había querido crear y que, tal vez, se pasaría toda su vida imitando parcialmente hasta lograrlo. Y, la blancura de los lotos blancos era pura pero natural, y el rosado de los lotos rosas una exquisitez y, sin embrago, no salían de los parámetros normales de cualquier coloración o flor hermosa. Sólo el tremebundo color del loto azul era la perfección del cromatismo.
Entonces empezó a plantarlos en la casa de su amiga, la excéntrica para intentar obtener esa magia de tonos de una semilla adquirida por ella misma. Comenzó a viajar para encontrarlos. Ella, con menos expectativas económicas que en otros casos, hizo la ruta del loto, la ruta del loto significaba atravesar en avión con escalas infinitas Europa y el Cercano Oriente hasta llegar a la India. En tierra Hindú, el loto que se comercializaba era en general de coloración rosada. De allí la mandaron a Asia Meridional, cerca de China y del Japón donde las especies habían mutado considerablemente produciéndose una variación no sólo en las flores, sino también en las hojas. Pero luego de muchas vueltas averiguó que el Loto azul era oriundo de Egipto. Nunca fue a Egipto porque su boleto de vuelta al país vencía y debía recuperar ciertos cuadros y ciertas promesas.
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