lunes, 21 de enero de 2008

Un árbol en un una plaza. Es un palo borracho, no muy grande, ni muy ancho.
Tres metros de altura y un diámetro en su parte central de metro y medio. Las raíces están enroscadas y sobresalen de la tierra, está en un cantero y a su lado un sujeto de la misma especie comparte espacio. Pero puedo reconocerlo como El árbol, antes tenía acodado un banco. En ese banco me senté al lado de alguien que sería un fantasma, una sombra, una tarde invariablemente fría de invierno.
Frente a un charco. Había estado lloviendo toda la noche y un sol ausente no había podido evaporar la humedad de la tierra. Sentada con la sombra hablamos de muchas cosas, creo que quiso besarme, pero mi modo distante no le permitió el avance, miró en mi cuello la marca de unos besos y deseó ser ella quien pudiera posar sus labios incorpóreos en mi piel blanquecina.
Me contó lo desolada que se volvía la plaza después del crepúsculo, cuando las voces agudas de los niños desaparecen y los perros se alejan a las casas con sus dueños y duermen las cotorras y las palomas resignadas saben que no hay más comida y huyen a los agujeros de los edificios y nadie toca una flauta. La plaza es un desierto de sombras que se miran y no pueden tocarse, un juego de luces con el alumbrado de los faroles altos y algunas estrellas que se dejan ver en la ciudad nocturna. Se divierten jugando a la mancha porque saben que ninguna va a perder, ninguna va a ganar, es un juego eterno que termina al primer albor y empieza en cuanto aparece el crepúsculo, siempre retomado donde fue dejado la noche anterior.
Me quería contra muchas cosas, la sombra, pero yo no tenía tiempo esa tarde. Las sombras no hablan entre ellas y la falta de expresión y atención en ese ser se tradujo en mis ojos desganados y un dolor intenso en el cuello.
Hoy pasé por delante de ese árbol y quise tatuar el tronco con algún nombre. Los fantasmas no tienen nombre, por eso son fantasmas, almas que vagan porque en la irrecuperable identidad se encuentra la causa de su desconsuelo. Nunca supo decirme si ella era un fantasma, se autodefinió como sombra y lo que más le dolía era no tener carne para que yo sintiera su abrazo.
Salí de la plaza de madrugada, tenía en la cabeza las palabras que formarían un nuevo relato, pero estaba como la sombra, sin manos para agarrar una birome y ponerlas en una hoja, sin dedos para el teclado. Había cosas que quedarían pegadas en la memoria y serían silencio, síntesis neuronal y nadaS más.

Haría sólo dos cosas importantes en su vida: lo mataría plasmándolo en un libro y robaría el cuadro pintado por Marga. Después de todo, recuperar las fotos había sido un asunto menor y de nula importancia.

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