Irrompible, deseaba esa muñeca.
El avión salió despegado del asfalto con resorte de fuego y a algunas señoras se les voló el sombrero. Se acrodó de muchas cosas mientras la ventanilla del avión le pasaba en diapositivas más y más nubes. No podía evitar ver objetos, caras y símbolos en esos gases de colores cada vez más grises. Aunque pusiera su mente en blanco, no intentara recordar nada, siempre aparecía algo nombrable, un significado, ahí estaba la inevitable alteridad volviéndose amiga. Resultó que a su lado viajaba un yanqui argentino, es decir nacido en estas tierras pero emigrado de pequeño, era rubio y mormón. Iban de viaje a las sierras porque ambos tenían familiares y necesitaban cariño y recuerdos. No quisieron nunca admitirse que se conocían, pero él le contó los fundamentos de su religión.
Vultur gryphus
Hubo otra vez de luna llena baja y dorada, grande como un balón que parecía
flotar en el cielo y caer. Pero en realidad no caía sino que se elevaba por sobre ellos, dejaba poco a poco de ser un objeto sin esfuerzo de visión en el horizonte, para coronar sus cabezas y merecer para ser vista una flexión de cuello o la postura horizontal con la cara dando a la cúpula de la noche y allí, más pequeña y socarrona, poder adorarla en tributos.
Esa noche, no hubo asados. El niño masticaba una tableta de manteca de maní, la niña castaña y de rosa lamía concentrada su paleta multicolor, estaban recostados sobre un mantel cuadriculado, improvisada lona, llena de migas y restos de chocolates y gaseosas. Cabían los dos muy bien dentro del lienzo, alrededor de sus extremidades quedaban espacios amplios, había algunos juguetes, pero el juego principal era la noche.
Se contaban cosas. Habían pasado toda la tarde en el río, en el canal de aguas rápidas y poco profundas que quedaba descendiendo una ladera. Era la selva, matas espesas de árboles a los que la vista no alcanzaba, protegían con sus copas del sol impiadoso de la siesta. Arbustos de diversos verdes, flores silvestres, frutos jamás probados. A los lados de la rivera los caminos eran pedregosos y el olor a musgo se acrecentaba con la menta y el boldo. Habían corrido toda la tarde en un juego sin reglas donde no se definía quién debía alcanzar al otro, ni quién debía reanudar la marcha. Encontraron piedras extrañas.
El niño rubio en un momento se paró en seco. En mitad de la jungla, a sobrevuelo, pasó un cóndor muy cerca del suelo, seguramente perdido de las sierras cercanas. El abuelo de ella les había contado esa historia: Cuando un cóndor se aleja de las alturas y se vuelve a las zonas playas de un pueblo está anunciando la muerte de un ser antiguo, pero que en su esencia aún permanece joven. Las personas que conocen este secreto de conservación de la juventud son muy pocas en el mundo y lo aprenden de pequeños en algún encuentro casual con estos animales, en general en expediciones a las altas cumbres o en campamentos a en los valles entre altos picos. Cuenta la leyenda indígena que los cóndores no envejecen. Para morir se suben a la cima de la montaña más alta y esperan la muerte, caen rodado a las profundidades de los cerros, al centro del Reino de los cóndores, donde viven eternamente. Si un humano fue capaz de aprender tales virtudes, aprende la manera de conservarse por siempre jovial y morir bruscamente, llevado por algún cóndor a su vida eterna.
Eso fue la tarde. Su secreto. A nadie contaron sobre el cóndor y sobre el canal que transparentó en sus aguas el collar de plumas negras y los ojos amarillos. Se pasaron el resto de luz diurna metiendo las piernas en la rivera, ella se sentaba entre las rocas que formaban una cascada en miniatura y el agua que se abría entre sus muslos le hacía cosquillas en la piel brillante. Los pájaros eran un revuelo luego de la aparición del ave madre.
Después se alimentaron de lo que la abuela del niño cocinó. Hacia el anochecer no los dejaron volver a la casa. La luna estaba llena y vigorosa sobre el extenso campo del terreno de enfrente. Nadie les explicó nada, pero los dejaron quedarse despiertos y juntos hasta la madrugada. Se quedaron con la abuela de él, el resto había desaparecido entre caras preocupadas y pañuelos en las narices de las mujeres. Afuera había autos nunca vistos. El padre la besó en la frente y le acomodó el flequillo desmarañado, estaba cubierta en sudor infantil, con las mejillas rojas por el sol, el desgaste físico y el amor. Sabía que algo había pasado, entre sus ojos la señal alerta de que algo se había alterado, el desgarro en el pecho del cambio, inevitable y fuerte.
Pero el niño seguía al lado y sobre el mantel pensaban en el cóndor, y en lo que habían visto cuando, desnudos, se sumergieron en las aguas y transparentados bajos las burbujas de la corriente el reflejo del sol los ayudaba a distinguirse. No se habían tocado, cada uno descubrió en su propio cuerpo las partes que el día y las ropas y las madres ayudaban a ocultar y plegar. Sobre el mantel, acostados uno al lado del otro con los brazos muy cerca, la parte posterior de sus manos, la de ella la izquierda, la de él derecha, se rozaba. El calor que irradiaban era intenso. Y soñaban despiertos, después, no hubo otra noche para ellos.
Omar. Julio Omar. Oh mar, julio. Julio, oh mar. Mar o Julio. Julio o mar. Omar o Julio. Julio y Omar. Julio Omar. Julio.
Hacía algunos años había vuelto. El calor del verano devolvía a la tierra
dureza y los cabellos resecos de la abuela eran la extensión más notoria de una vegetación que había pasado la época de humedad y brisa fresca. Descendió las laderas que la comunicaban con la selva. El canal era una línea poco profunda que surcaba un verde apagado. Pocos cantos de pájaros, alguna cotorra, excepcionales mirlos. En la distancia, las casas que quedaban en la otra orilla y eran el susto y dibujo de historias de fantasmas estaban ahora abandonadas, los perros seguían con su ladrido infernal, detrás de las rejas.
El agua, un hilo de color castaño; el cielo, un hueco más grande entre el verde.
Cuando volvió, la casa vecina estaba habitada por otros. Fue una noche la que pasó con su abuela y no quiso regresar más. No había luna, ni historias de fantasmas, no hubo infusiones medicinales ni hierbas espesas humeando la misma casa de hacía veinte años.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario