lunes, 21 de enero de 2008

La sonrisa que ella le entregaba cuando se despertaban o después de hacer el amor era una de las cosas más hermosas que jamás había visto. Tenía las ondas enmarañadas en la cara y los reflejos rojizos se hacían más intensos por la luz del sol ya alto entrando por la ventana. La cama era de una plaza, le gustaba acurrucarse dándole la espalda y que él la abrazara, pero después de un par de horas siempre se volvía acalorado esperando que ella ya dormida lo liberara. Siempre conseguía levantarse antes, su cuerpo comenzaba a inquietarse en la cama y la sentía apisonarse en su espalda, dibujar objetos invisibles con su dedo en la pared, o moverse buscando arañas en los techos y el movimiento del brazo le dejaba medio torso al descubierto porque junto con su extremidad también se replegaban las sábanas. Ahí caía en la cuenta de que era ya pasado el mediodía, que tal vez fuera entrada la tarde y esa penumbra el sol cayendo, no un amanecer promisorio. Y ella no paraba de moverse, seguramente inquieta sintiendo que se le iba el día y el sol y debía intentar abrir los ojos para satisfacerla y llevarla a pasear o hacerle el amor nuevamente. Entonces sacudía la cabeza y se daba vuelta para abrazarla y responder a sus demandas, ella empezaría a ronronear y a estirarse, a caer bajo su cuerpo pero en un acto de sumo cariño, sin la perversión y el desenfreno que convocaba la noche. Prepararía café, o té y unas tostadas, la dejaría entrar en su mundo, luego estaría el ritual del diario, pasar la tarde o lo que restaba del día en la cama. Fumando, leyendo, todo los gestos que ella había adorado en películas, en la mítica generación del sesenta lo sentiría en su presencia, una fe en su costado del mundo. Pero terminaría por cansarse, lo sabía, una mañana se aburría de esos pequeños ritos, del vino y la buena cama y necesitaría el bienestar y la seguridad que toda mujer busca, que toda mujer en su calidad de procreadora latente necesita.
Luego de un desayuno tardío, se vistió despacio, el agua de la pava hacía rato silbaba burbujeante en la cocina, pero ella no se movía de la cama, estaba virada hacia la pared y podía percibir su angustia, su celo infantil. Arremolinada entre las sábanas, sabía lo que necesitaba, entonces era lo de siempre, acercarse y calmarla, darle lo que había jurado no haber encontrado en ningún hombre, la poesía. Le dejó el café y las facturas sobre la mesa de luz y después la dio vuelta despacio, la besó por todas partes. El sol corto del invierno ya se iba otra vez y él se desesperaba por partir, lo único que deseaba era que llegara al orgasmo así podría irse a la Galería. Luego de un cigarrillo compartido, buscó las llaves en el saco azul y salió con una campera de medio tiempo. Hacía frío y la vereda con sol no aportaba calidez a esas horas, pero no iba a volver, ella le pediría explicaciones, tal vez querría sexo nuevamente y entrara en uno de sus caprichos inconclusos. Hasta tal vez pensara que un cambio de atuendo implicaba una decisión estratégica, un doble discurso que no tenía ganas de poner en duda.
La Galería estaba en penumbras, era tarde y ya casi nadie visitaba entre semana arte en la zona baja de la ciudad. Marga estaba acomodando los cuadros, era malos y los colores se volvían con la luz tenue aún más escandalosos.
- El papá acepto la suma elevada. Nadie que exponga en mi galería se lleva una factura, el precio depende de la calidad de la obra o de las posibilidades económicas del solicitante, el valor de la exposición es inversamente proporcional a mi subjetivo gusto.
- Puedo deducir entonces que mi obra te gusta bastante, o al menos en algún momento.
- Julio, ya no vas a exponer gratis en mi galería.- le sonrió despacio, después lo besó en la frente, le acarició el pelo desprolijo, la tersidad de las manso de ellas sobre su frente, era una mano límpida, pequeña, de uñas cortas y prolijas, la suavidad al contacto de esas manos lo llevaron de nuevo a la galería años atrás, en ese mismo lugar, tal vez ahora mismo pero ocho años antes, ella estaba desnuda, las luces bajas, como ahora, pero había una lámpara de pie sobre su cabeza, los pinceles en el piso, y las cortinas de la ventana descorridas, el cuarto era pequeño pero el piso era bajo y daba a la calle, se oía el rumor de los autos sobre el empedrado y la luz del alumbrado público era la única fuente de energía además del foco. Tenía un balcón francés atestado de plantas musgosas y resecas por el excesivo sol y la escasa provisión de agua, ella desnuda pintaba su retrato, y el vidrio de la puerta le reproducía la mitad del cuerpo, una mano, la que mezclaba los colores y manipulaba el trapo, un brazo, un seno, el más pequeño, una pierna, la mitad de su sexo. Él permanecía con sus ojos verdes bien abiertos, tal vez fumaba, pero no lo quería retratar fumando, las córneas estaban rojas por el vino y por el humo, y también estaba desnudo, inmaculado, todo su cuerpo se reflejaría en un cuadro que nunca vería, que no volvería a intentar averiguar si aún existía.
Las manos seguían acariciando su cabeza, los ojos de Marga se perdían de nuevo, estaba vieja, había contorneadas sobre su rostro delgadas líneas, pero seguía siendo hermosa en las ropas holgadas sobre su delgada y alta figura. Tenía el pelo cada vez más rojo, nunca habían sido reflejos en ella, ni siquiera tonalidades, era un rojo como carbón encendido, y unos rulos que formaban bucles en la parte baja. No había dejado de ser hermosa.
- Ya no hay más fotos, ¿qué hiciste con las fotos?
- La verdad es que suelen pagar mejor quienes se dedican a la pintura, en este
momento sólo hay cuadros, pero puedo incorporar alguna fotografía. ¿Qué me traés? Espero que no sean fotos de tu nueva amiga.- Vio como se avergonzaba, nada había cambiado, aún era un niño, sus ojos se contrajeron un instante.
- Es un chiste, no te enojes por favor – reía solamente ella, y sus ojos verdes eran cada vez más nítidos, se parecían a los del gato de la infancia, su primer gato, el que dormía con él y que se escaparía hasta un día hacerse una nueva compañera y huir. Desde ese día elegiría solamente hembras. Miraba las fotografías, eran instantáneas de la ciudad, pero miniaturas: recodos de edificios, entramados de alguna alcantarilla enrejada, un insecto innombrable en alguna plaza céntrica, un chicle deformado al pavimento por el calor de enero. Entre ellas había un dedo, un dedo de mujer largo con la uña pintada en rabino curvada en la punta, el nudillo del índice revelaba que era delgada y blanca.
- Me gustan, Julio, me gusta que hayas vuelto al color, y al efecto sfumato que tienen algunas, me gusta que no se sepa a simple vista de qué se trata, que haya que mirar unos instantes la foto y que aunque se descubra el objeto igual sean lindas formas, lindas texturas.
-Gracias, Marga.
-Está contratado, joven – Ella seguía sonriendo, su teléfono celular había sonado antes pero no se había vuelto al escritorio a buscarlo. La música de circo comenzó nuevamente y ella atendió. Volvió después, con sonrisa pícara, le convidó un tempranillo de cosecha tardía, le mostró sus últimos trabajos, estaban repletos de desnudos femeninos y paisajes serranos. Ya era de noche y por la ventana volvía a ser la luz municipal el único lumbre que vigorizaba el cuarto. Sus conversaciones eran sobre arte, así había sido siempre desde la separación. A veces él le contaba sobre alguna chica y ella reía, lo aconsejaba, a veces con maldad, a veces sabiendo que él no volvería a preguntarle. Pero esta vez fue discreto, no se mencionó el tópico del amor, no se habló más que de pinturas, muestras y museos.
Quería quedarse hasta el amanecer con ella, quería seguir viendo su sonrisa y sus bucles, quería ser pintado a cuerpo completo otra vez, sin el despojo de la adolescencia.
Diez en punto un timbre sonó largo desde la cocina, el vino era apenas una medida en la botella, pero ellos seguían enfrentados en dos sillones opuestos. Marga atendió y con voz melodiosa esbozó un “ya bajo”.
- Lo lamento amigo, debemos irnos. Hablamos por teléfono para convenir el día que pasás y hacemos los arreglos, va a estar en vidriera una semana. Pero en exposición quedan treinta días corridos, ¿está bien?
Bajaron las escaleras y abajo no había nadie. Un auto tenía encendido los faroles a metros de la casa. Alguien adentro fumaba, bajo una sombra informe se distinguía la hierba encendida del cigarrillo. Él le besó la mano, pero el beso en la mejilla se lo dio ella. La vio correr hasta el Peugeot y entrar con agilidad, pero no pudo descifrar la identidad del acompañante. Volvió caminado, bajo el frío y una llovizna leve a la casa. Cuando llegó, las luces estaban apagadas, todo seguía en igual posición que cuado había partido, subió a la habitación pensando en llamarla sin explicaciones más tarde, en bañarse y un libro. Cuando prendió la lámpara vio con sorpresa que sobre la cama y en igual postura, ella seguía acurrucada y con su cuerpo virado hacia la pared, en silencio.

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