Hubo un ocaso que fue muy largo, se habían despertado tarde, fue almuerzo de pan y miel y mate, nada de comida comprada o preparación. Cuando llegó, el ya había fumado, estaba sentado en el sillón marrón mirando televisión, los ojos profundos y dilatados abiertos exquisitamente y atrayendo con sus ojos la figura serpentina de ella que ingresaba vacilante, con un vino bajo el brazo y su sonrisa.
El cielo ya se iba tornando pálido, era una tarde de medio tiempo, aunque era invierno, pero había estado despejado y el rastro del sol vespertino había dejado calor en los cuerpos. Julio comía pan con dulce de leche y estaba poco hablador, en seguido supo que estaba un poco drogado, pero no ausente, de hecho la miraba retenida, con los ojos chiquitos pero anhelantes, buscando su piel con los iris, el contacto con sus manos. Empezaron desde temprano, porque no había nada más para hacer y porque no había nada mejor que hacer, ella también fumaba y se acercaba al estado más sublime de amor, teniéndolo frente como referencia, con la tranquilidad entregada al vulnerable sentimiento, la confianza enceguecida en un punto sin retorno de amor, en uno de esos momentos en que la empatía es tal que ya no se puede volver atrás, con quienes se comparte esa conexión son para siempre un ser amado. Allí todas las sensaciones que se hubieran podido tener, las más intensas y las más lábiles.
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