lunes, 21 de enero de 2008

Omar le enseñó muchas cosas, entre ellas su propensión al tres, cuando apareció, Julio era un recuerdo vegetativo que no causaba ningún problema a sus manos ni a su lengua, capaces ya de posarse en otras pieles y seguir absorbiendo el calor y el cuidado infinito de los hombres. Pero cuando una línea del accionar del otro se desviaba del lugar indicado, su mente se corría hasta Julio.

Venía tan bien.
Julián se estaba yendo en su carga de ojos verdes, su cuerpo había virado un poco hacia las horas en que me despabilaba que su nombre fuera una insignia y nada más, una puerta que se abre por comodidad porque se sabe que no está firme, que es eterna. Soñé con insectos de aguijones otra vez, insectos alados que zumbaban y retozaban entre ellos pero que buscaban mi piel para agujerearla. Puedo estar un poco cansada, el día en la ciudad es candado y las noches se agrietan cuando subo a mi cuarto y veo un hombre tirado que no es el mío. Cómo si Julián alguna vez hubiese sido pertenencia. Cómo si en mi concepción del mundo hubiera lugar para tal cosa, solamente hubiera adorado que su voluntad fuese quedarse, sin arrebatarle nada, sin exigirle algo. Simplemente una DECISIÓN de las mentales, esas maniobras que se juegan por convicción y ética y en las que el otro fuese un par y no un objeto que debe obtenerse a fuerza de escamoteos y malabares.
Tengo a Facundo que busca mi piel como yo la de Julián, tengo siempre a alguien que me quiere ver, en una tríada insoportable, yo que miro cuando me besan el vacío buscando unos ojos verdes y otros ojos en mi nuca abrasan mi piel que nunca será de nadie, que siempre en su egoísmo crea mundos paralelos que buscan un hombre que pueda reemplazar su primera letra por una n, un nombre que es justamente hombre y en mi eugenismo no puedo más que seleccionarlo como el indicado, el correcto.

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