lunes, 21 de enero de 2008

Volveríamos a estar los tres sentados alrededor de una mesa, bebiendo vino y cantando. Lo único que me preocupaba después de tres años eran las fotos dentro de la cámara, entonces los pasos que él había seguido en su huida habían sido los del campo.

La bola empezaba a formarse ahora también en la boca de su estómago, de hecho ya no podía comer nada sin sentir una revolución en su cuerpo. Julián estaba en la cama y no pudieron ni hacer el amor. La presintió besando a otro hombre y no paraba de atormentarla con sus inseguridades.
- No quiero una relación donde cada uno haga su mundo y después tener que vernos las caras.- Ella se sentía terriblemente mal y hacía tiempo no le decía mucho. En su panza se revolvían jugos gástricos y malformaciones. Entró al baño, el inodoro en cuclillas, no podía parar de vomitar. Julián lo entendió como un capricho, el encierro. La radio tapaba todos sus ruidos, más de los que él hubiera querido oír. Ella lloraba agarrada al bidé con los ojos un poco cansados, y dándose cuenta que no podría retener más.

Cuando salió, él dormía, su cara era de ángel apagado, curvado hacia la izquierda aferraba la manta tibiamente, no quería esa última imagen sin sus ojos. Dejó el baño, la casa, el gato, el cuadro, las fotos. Caminó por la calle hasta el taxi y la prepaga de su padre que le guarnecía el mejor doctor para su cuerpo. En su cabeza se sucedían los fármacos y la dopamina generada por su propia síntesis química. La ciudad un revuelo de colores desde el auto en movimiento, las caras drogadas de las adolescentes, ella había sido todas ellas y en sus ojos veía su interior vacío. Había abortado y el calor saliendo del propio cuerpo había sido placer. Ahora era cuando se sentía en sí misma ausente, pura cuenca, puro espacio. Se tomó el vientre con ambas manos y empezó a cantar por lo bajo.
Desde que Marco se había vuelto bohème solía verlo más seguido. Recorrían la ciudad infinita (en toda su vida no podrían recorrerla de Este a Oeste o de Norte a Sur ni memorizar cada fachada, ni siquiera pretendían saberse par cœur el frente de todos los edificios, sólo querían retener aquellas esquinas de cúpulas tormentosas, o los balcones de columnas ensanchadas en el centro y los zaguanes infinitos de las casas bajas que miraban absortos y detenidos al tiempo, con ojos afilados por el viento de inviernos y la miopía leve que los acosaba) en circuitos improvisados que armaban con un mapa de la ciudad de los años cuarenta del siglo anterior. Era fácil perderse y, sin embargo, siempre regresaban al punto de inicio reteniendo en su cerebro por unos momentos la adrenalina de saberse extraviados al menos veinte minutos, en una ciudad que no los abarcaba, pero los consumía.
Empezaban en un colectivo del que desconocían su recorrido, elegían solamente el color de acuerdo a sus estados de ánimo y pedían el boleto más caro, el que llegaba hasta la estación última. A veces decidían bajarse antes, lo importante era la búsqueda de las calles escondidas o las fachadas más deslumbrantes. Comenzaron cuando aún era verano en la ciudad y el aire tibio iba mezclado de olores rancios, un poco aumentados por el asfalto caliente y las lluvias escasas. Y cuando el otoño asomó las hojas caídas de colores ocres y las ramas se desenvolvieron de sus paquetes las travesías adquirieron tintes más aventureros había que navegar contra el viento y la lluvia filosa en la cara, esquivar los paraguas y los bolsos grandes alejados del cuerpo por los tapados gruesos y las faldas abultadas.

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