Una recorrida por un barrio de casas bajas.
Fue un domingo, estaba buscando abrirse en una ciudad que la contenía pero donde no hallaba frontera. En las calles que frecuentaba, siempre podría asombrarse con algún nuevo negocio, un edifico de alturas insignificantes pero jamás vistas o el encuentro de un personaje curioso, historias urbanas tantas veces relatadas. El paseo era simplemente búsqueda, y como siempre, saldría mal, o al menos se contentaría con unos ojos verdes y la nada. Después el barrio se le volvió mítico, un pasadizo irrenunciable a través de calles cada vez más conocidas.
Se había inaugurado una feria en la que el barrio se volcaba a la calle, los negocios abrían sus talleres, las panaderías sus cocinas, las diseñadoras exponían sus máquinas. La plaza volvía a ser medieval, stands de pequeños objetos, imprentas improvisadas, revistas que se olvidarían pronto, y novelas que en vida de libro apenas llegarían a la fase del espejo. Las caras que iba reconociendo eran algo difusas, estaba buscando la persona que se había aparecido en un sueño. Pero no encontró a nadie, tan sólo un libro de fotografías, un libro de un corresponsal de guerra y allí vio imágenes inimaginables, África meridional, Somalia, el Congo, la mirada vacía del hombre, el estado cercano al objeto, materia inerte, sin vida. Fue antecesor a cualquier pensamiento, comprendió el dolor que ya no es dolor porque es anterior al lenguaje, años después leería teorías al respecto que pondrían en palabras el despojo espiritual de esos ojos de crueldad infinita, aún más crueles por no saber serlo.
Caminaba despacio, disfrutando de esa soledad que era suya y en la que la ciudad le pertenecía, pocos momentos de placer le brindaba, siempre apurada, con bocinas y ruidos constantes, con sus apretujones y las manchas de los edificios... Esta vez, estaba apaciguada. La tarde de invierno se mezclaba en aromas de hojas caídas e inciensos silvestres, el enigmático atardecer temprano anunciaba las luces tenues y distantes del alumbrado público. Volvería temprano y movilizada, con los ojos de un somalí en su mirada. Sabía que debería comenzar a escribir, en su cabeza rondaban algunas ideas ilusorias pero funestas, quería hablar más que nada de los hombres, de los que había amado y a los que sin quererlo se había apostado en un convencimiento de ser más mujer. La Súper mujer le diría su analista, la súper mujer a la que nada faltaba (con cara de pícara) e intentaría explorar su homosexualidad como un desafío. Plantear un límite es realizarlo, tanto como imaginar una idea es consumar el hecho.
Pero con las fotos comenzó otra búsqueda, le haría falta toda la vida para realizar su empresa, tanto sería así, que en el momento en que lo lograra tal vez no se daría cuenta. El amor... sin embargo, el amor, como logia a la que debía pertenecer y de la que huía al menor asomo no tardaría en llegar y esas profecías de las cuales una de diez se cumplen, tal vez se realizara de noche en un cine cualquiera y ante el personaje de un sueño. Siempre se está en transición, siempre se mira atrás con la certeza de algo nuevo, de un cambio, puentes, pasajes, viajes.
Atardecer frío, una noche de cucharita y película, pero era joven y hermosa y debería apaciguar su pena en esos bares que eran raros, oscuros y le generaban la sospecha de algo que se le desvanecía entre los dedos, un eslabón perdido que era la clave de su inseguridad. No buscaba el diálogo fácil y la mirada coqueta. Esa noche se vistió de negro y se acordó del tiempo en que todo tenía su explicación, había una llave que daba paso al mundo infinito de las respuestas. Cuando descubrió la linealidad, el espesor del tiempo consiguió una dimensión tangible, pudo situar a distancias inteligibles los hechos, Jesús y la Conquista de América no eran coetáneos y los griegos eran anteriores a la Edad Media. También se formó la esfera del mundo en su mente, descubrió los países y las provincias y cuál cajón se incrustaba en el otro. Todo poseía la tranquilidad inquietante de poder ser descubierto, pero existía esa posibilidad, la Ilustración de la vida; de ahí a la total apatía, al desconcierto de una tierra sin misterios y por eso aún más increíble la volvía tatuaje del mundo, como cada ser humano: la Historia no lineal, no inmolada de un planeta mezquino. Necesitaba pasar a la otra etapa, una vuelta a la fe que la despabilara de tanto racionalismo.
Era de esos días en los que respiraba como si fuera la última vez, los sentidos abiertos, totalmente inherentes a la anestesia urbana. Tenía el papel arrollado en una mano, los dedos lo habían reducido a un rectángulo con montones de arrugas y callos en los bordes, se encontraría con Facundo, pero Facundo sería una excusa que volvería a repetirse. Esa noche no pudieron verse y extrañó un poco en sus ojos dorados la espuma de una velada que invitaría a reponer al día siguiente en un incoherente cuadro conceptual cómo había llegado a estar en esa cama y desnuda, aunque fuera la propia, aunque estuviera sola y no la hubiera compartido con nadie. Pero el papel seguía ahí y no había andado más de tres horas entre puestos y gente de mejillas rojas no por calor, sino por frío, cuando el celular empezó a sonar.
- Tengo guardia esta noche, no podemos vernos.
- Ok, hablamos en la semana.
El colectivo era un sinfín de cabezas modeladas y peinados altos, no había gente de los bajos fondos, barrios enteros de bailanta se difuminaban al otro lado de la ciudad, oscuros e inaccesibles como los sótanos de los bares que frecuentaba, donde presentía se le escondía otro bar, descendiendo las escaleras, tras alguna puerta, igual al otro donde ella estaba, pero más oscuro, los brebajes más destructivos, las drogas más virulentas y las personas con sus bajos fondos en superficie. Allí, donde deseaba acceder pero jamás podría por instinto, por imaginar demasiado y lograr reconstruir con sus pequeñas experiencias ese mundo subterráneo prohibido. Sería cine y casa.
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