lunes, 21 de enero de 2008

Enero, 2005
Me encontré con Julio el domingo pasado. Y no era Julio. Fue raro, pero en el acto de sentarme a la mesa con sus ojos amarillos y la postura desvastada de sus hombros, fue como si le hubiesen arrancado el alma. Estaba ahí quieto, callado, infinitamente delgado, más que nunca. ¿Dónde el hombre que amé? ¿Dónde esos incisivos ojos verdes que, abismales, ocupaban todo el plano de mi visión? Se me presentó gris, vulgar, poco hombre.
Las ropas ajustadas, el torso desgarbado, la melancolía absorta en sus ojos hinchados. Un mecanismo de defensa, ¿tal vez? Darse cuenta de la superación de un puente clavado a lo lejos. NO SENTÍA NADA. No tuve deseo de esa figura azul petróleo y tez transparente. Lo jamás pensado, lo nunca sospechado. A fuerza de deseado, conseguido.
Hablamos de tantas cosas que en realidad era una sola: no hablar. Esconder bajo el pliegue de ocupaciones diarias y el paso del tiempo la mugre que una vez hubo entre nosotros. Hicimos el amor y fue fugaz, terrenal, incorpóreo, espeso. Tal vez lo nunca creído: su cuerpo antes estaba poseído por el amor, por el amor que yo le profesaba, era por eso su piel incisiva y sus labios de miel y humus, era por eso que no había cuerpo que más deseara en el mundo. Había elegido uno entre los miles de hombres que había conocido y conocí por ese tiempo para dedicarle todo mi cariño y sentimientos. Sin embargo, cuando exorcicé de tal figura mi amar, con ella se fue toda la pasión y desparpajo. Fue extraño, hicimos el amor y sólo fue goce por costumbre, similar a mis aventuras con otros, con el agregado de unos miembros que me conocían de memoria y en su recuerdo sensual reproducía los gestos de las primeras veces: los mismos caminos, los intrincados senderos de mi carne que adormecida solía desvelarse por ese hombre.
El domingo fue nada más que un sueño, y no de los mejores, un reflejo pueril de una eternidad que paradójicamente hube desvanecido. Me acordé de cómo me excitaba abrir los ojos y encontrarme con sus labios enrojecidos por mis besos y el calor, y los discos verdes devolviendo la mirada, saber que era él y no otro, saber que en sus pupilas dilatadas estaba la aprobación de mi movimiento y en sus manos gigantes el acompasamiento de una deidad que nos tomaba hasta pasado el anochecer. La otra noche, yo quería abrir los ojos, pero me daba miedo saber que era Julio el que estaba ahí arriba, cuando pude hacerlo odié encontrame con su mirada en mi cuerpo, los cerré inmediatamente, en un impulso por escaparme de ese lugar y ese acto. Me alegré de que fuera rápido.
Me daba miedo pensar que ya no me deseaba más, accedí a pasar la noche juntos porque hubiera muerto de vanidad si Julio no volvía a desearme, ¿pero realmente tenía ganas de estar allí? ¿O era una prolongación de mi inconfundible manera de acercarme a los hombres? No fue repetición y eso dolió mucho, fue vacío aún más profundo que las primeras veces después de habernos separado, porque además, ahora, no sólo no hay compromiso, tampoco lo amo.
Si recuerdo la época anterior puedo volver a amarlo, pero es distancia. Además yo era tan pequeña, elegí ese hombre para depositar mi nimia idea del amor, en un momento, en una vida. La memoria me acerca a él y a mí misma, frente a frente con los dedos de sus manos entrelazados en mi cuello, su cabeza a lo alto, su mandíbula abierta hacia el precipicio. Pasa que el domingo no hubo fosforescencia, sólo extensiones de secuencias. Estamos inmolados en una imagen donde no transcurre el tiempo, en sus fotos, en mis escritos, en los cuadros de Marga, pero el domingo fue caricatura de un desnudo mucho más hermoso, hoy acabado.
La novela tiene que dar un giro rápido.

No hay comentarios: