lunes, 21 de enero de 2008

Estaba recogiendo flores en el jardín, una vida más, entre las otras que no recordaría y, después de todas las imágenes feas que habían torturado su mente por años, ahí estaba ese hombre leyendo el diario en la galería de la casa frente a una pequeña masa de verde y árboles centenarios. Los recuerdos eran vigas que sostenían su presente de serenidad y era casi una sonrisa todo el sufrimiento y la desesperación. Cuando se es viejo todo transcurre lento, no sólo porque la vitalidad disminuida reduce la rapidez de las acciones sino porque además la mente trabaja más despacio. Y es un alivio que la vida en los últimos veinte años de la vejez avanzada regale una doble vida, por un lado la lentitud de los movimientos, por el otro los recuerdos que fluyen tan paralelos al estado presente que es posible estar en esos dos lugares al mismo tiempo, un cambio en la presión ocular, distraída, fija en una puerta, y se vuelve al presente; de ese modo, la presencia al cuadrado alarga la existencia terrenal y obsequia los recuerdos más intensos (no sólo los buenos, los negativos fluyen y son recordados con una sonrisa complaciente, con la tranquilidad de quién ha vivido demasiado y no se arrepiente de los dolores sentidos) al viejo que convive entre dos dimensiones. Ideal el estado de la vejez, con sus dos ventanas abiertas y sólo cambiar la mirada para acceder a una u otra, activar el espejado señuelo de la mente hacia un nodo o hacia otro.
Además el cuerpo, la presencia inevitable del cuerpo, la conciencia plena de su existencia, en sus dolores, en sus huesos descalcificados, frágiles como espuma. Ya no necesita sentir frío, estar enfermo, ser golpeado para recordarnos que sigue ahí, para informarnos de su presencia, simplemente está presente en cada articulación que se abre y cierra, en cada desplazamiento de los cartílagos entre tendones desgastados. Eso es maravilloso, la omnipresencia de su sentir, los latidos desplazados del corazón hacia las terminales nerviosas.
Ahí Julio, con su diario y su pipa, en la silla de mimbre, los ojos envueltos por las gafas, afilándose en el esfuerzo de leer las diminutas letra negras. Adentro, dormitaba una mujer anciana de cabellos canos con alguna obsesión enajenada.
Entre la muerte cercana y ese sol veraniego que le daba un poco de calma a los huesos, increíblemente, podía nombrarse feliz. Tenía esa calma de vieja y las dos personas que más había amado en su vida adentro de la casa.
Ya era abril y sutilmente, las tardes iban menguando antes, la debilidad de los rayos solares a esa hora le hacía cosquillas la cara, miró preocupada la descascarada pared que recubría el porche justo sobre la cabeza de Julio, era la figura de algún mapa de trenes de un país subdesarrollado.
Algún nieto vendría a arreglarlo, la humedad poco a poco estaba desgastando los cimientos

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