Ahora eran viejos de verdad. Y las arrugas en las manos eran gruesos trazos que movían tercamente los objetos y que manipulaban con torpeza los objetos y las pieles. La suave tersura de Marga, la calidad casi cristalina de las caricias que ella rozaba en el cuerpo de Julio no eran más que espasmódicos movimientos de unos miembros que respondían con dificultad los mandatos de la mente. Pero lo más simple era que podían vivir todos juntos, los tres y sin problemas.
Habían llegado a la edad en el hombre puede desapegarse de las mujeres no por influir miedo, sino por conveniencia, su cuerpo estaba ajado y no había ya un interés sensual que pudiera unir. Terminaron juntos, lo que ella había imaginado como cuerpos firmes y noches interminables, se transformó en manto de surcos que se daban tibio calor, que los abrazaba debajo de las ropas de pijama. No había resultado como en su novela, y en general siempre es así, estaban los tres en una misma cama, y ninguno sentía de deseos más que de pasar una larga noche, pero solamente durmiendo, sin corridas al baño ni dolores musculares pujantes. Ya ni se movían y los lugares por definición la dejaban a ella entre sus dos mayores, Julio solía irse algunas noches, porque no podía evitarlo, pero ahora corría hacia la casa de su hija y los nietos le abrazaban las rodillas y le demandaban golosinas. Él se reía con la barba incipiente y el pelo que le quedaba, enmarañado entre el cráneo y su frente. No tenía mucha aprobación del triunvirato convivencial del que formaba parte en la familia de su hija, pero los nietos creían que ellas eran hermanas, o tal vez como eran pequeños y las categorías recién empezaban a formarse en su mente las agrupaban como una sola persona. Sus ojos seguían siendo los más vitales, en ellas la córnea se había bañado de una cristalina película que les confería un aspecto triste, y después de tantos años de convivencia, sólo algunas partes de su cuerpo cobraban autonomía, su carácter se había asimilado y para Julio también esto era un placer más que un problema. No había diferencias en su trato y las tardes de mate frente al jardín o de póquer en las noches de verano eran rituales que abrían puertas hacia espacios análogos a los que antes eran buscados a través del vino o el sexo.
En los recuerdos mutaban los nombres y las situaciones eran vividas de vuelta, la mayor parte de las veces, con matices que nunca tuvieron. Reconstruían entre los tres las memorias y jamás se ponían de acuerdo, y como todos tenían razón había miles de finales posibles, las secuencias se bifurcaban y aunque entre palabras a veces chocaban y se veían acodados y enfrentados en muchos zaguanes, después se despedían orgullosos y creaban nuevas dimensiones con discursos cortos, abiertos a los ojos de los nietos más grandes, que eran los receptores más interesados de fenómeno tan extraño.
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