Ella estaba en la puerta de un edificio gigantesco de oficinas cerradas y cubículos altos bloqueados en partes por repisas y escritorios llenos de biblioratos y afiches con diagramas tortas y escaladas. Era su último día, hacía un tiempo mantenía el trabajo sólo por una cuestión de miedo al vacío. Desde hacía dos años podía vivir de lo que escribía, del periodismo e irregulares proyectos y colaboraciones o publicaciones de poemas y algunos otros textos cuyo género desconocía, no por lo novedoso sino por lo mediocre.
Estaba cerca del puerto y el espejado del edifico siempre le había parecido insólito frente a la arboleda que habían instalado alrededor, con las fuentes artificiales y algunas estatuas de pésima calidad. Esa parte de espacio verde de la cual tan orgulloso se estaba en la empresa parecía más la entrada a un hotel alojamiento que el ingreso a una compañía interesada en el bienestar de la gente. De todas maneras, estaba convencida que en ese tipo de hoteles el servicio era más digno y lo practicado más elevado que un correr tras papeles y sucumbir ante un teléfono inagotable.
Afecta a los recuerdos, miró con ojos contraídos la masa de vidrio y material que se extendía un ochocientos por ciento encima de ella. El viento salino de humedad acentuada por la cercanía del río le devolvía los cabellos a su rostro. Dudaba volver pronto.
Julio pasó a su lado sin reconocerla, llevaba una camisa caqui y estaba sin anteojos, los cabellos desprolijos y ligeramente más largos. Traía barba ahora y lo recordaba más delgado. Lo más impresionante fue sus ojos, habían tornado a un castaño claro verdoso, no podía ser la poca luz porque el sol era un fulgor en esa zona abierta de la ciudad y a esa hora. Nunca habían sido cristalinos, pero le resultaba inconcebible una variación tan profunda, habían subido al menos un tono en la escala cromática. Recordó que de pequeña ella misma tenía cabellos castaños de tintes dorados y que a lo largo de los años habían variado en un marrón profundo de leves pinceladas rojizas que se encargaba de aumentar con tinturas artificiales. Pero nunca había visto semejante variación en la tonalidad de los iris y menos en una edad en la que ya está conformada la totalidad de la fisonomía.
- ¿Julio? – Tardó en reaccionar. Llevaba una cartera similar a la del primer encuentro, la de las fotos, sus manos parecieron más grandes, una enredadera que podía prensar con firmeza. Había eliminado de su persona la elegancia para dar paso a un porte masculino que la remitía más a un guerrero que a un pensador clásico. Eso era lo que más la consternaba, lo había visto hacía algunos meses y estaba tan delgado, tan femenino en su aspecto y modales que le dio un poco de repulsión, no era posible una variación tan profunda en tan poco tiempo. Ella estaba sobre un colectivo y él caminaba por la calle con libros en la mano y en su andar melancólico vio más a un Marco, que a un Julio.
Él se dio vuelta porque reconoció su voz, y bajo la pollera holgada debajo de las rodillas y la musculosa negra, no dudó que era ella por las rojas ondas del pelo y la comisura de los labios. El agujero que se formaba en los extremos de los labios cuando sonreía seguía ahí. Se abrazaron tibiamente, sintió el calor del bello del pecho que quedaba al descubierto de la camisa en su mejilla, no lo recordaba tan alto.
Decidió desactivar su parte ramplona y aceptar que ese hombre era Julio, temía estar convirtiéndose en una Penélope, tampoco había pasado tanto tiempo y no podía ser más que una construcción mental deformada las diferencias tan agudas que creía estar viviendo.
El vino y el sol no fueron un buen complemento, él hacía las cosas que nunca había necesitado hasta que pudo engañarlo. Iba despacio, la besaba en los labios con fina suavidad pero insistencia. Le tomó el cabello largo entre las manos, las horas se iban en un acto donde no había inocencia, pero sí pureza.
Ella quedó profundamente dormida, exhausta por beber demasiado y besar como nunca. A las dos horas se despertó sobresaltada, él la tenía enroscada, se habían dormido así y no la había soltado en toda la noche. Era de mañana y la luz se hinchaba desde las delgadas líneas de la ventana al piso del cuarto de hotel, formando hileras de rectas luminosas sobre la alfombra carmesí. El aroma de los inciensos la había adormilado profundamente en un descanso sin sueños y con la mandíbula floja.
El olor del hombre que tenía a su lado era distinto, había un fulgor más agrio, el desodorante no podía apaciguar la emanación profunda de una piel italiana. Recordaba en Julio una exhalación más pura, un aire a campos de península, no tanto sentir a musgo silvestre y tierra mojada. En su mirada entreabierta de profundo sueño los ojos eran marrones, no podían haberse vuelto tan hermosamente oscuros. La nariz de tabique recto era ahora una nariz de originalidad extraña, en donde había una línea erecta, ahora una planicie se prolongaba hasta sus narinas. Los labios, otro rubor, sumergidos en la profusa barba, no eran tan carnosos, ni tan rojos; la sutilidad casi femenina que habían tenido en algunos momentos, sobre todo cuando él dormía, daba lugar a una nueva geografía en su cara, se parecía más a una efigie egipcia que al griego de proporciones perfectas que supo vislumbrar en sus fantasías despabilada. Era un guerrero del oriente antiguo, un huno arremetido contra las sábanas pero tomándola tiernamente por la cintura y susurrando su respiración en el oído, le rozaba un pecho con el dorso de la mano y el vello que crecía en esa parte le picaba dulcemente. He ahí otra gran diferencia, no recordaba que su torso, ni su pecho tuvieran tanto pelo. La otra mano mantenía la frazada en su lugar. Ella sacaba las piernas por debajo, un poco acalorada, pero feliz de saberse protegida bajo cuerpo tan extenso y una mente limpia.
De a poco fue girando su cuerpo para poder enfrentarse más a sus facciones y extremidades, fue un instante, lo decidió como descubrimiento. No era Julio, era Omar, simplemente.
Él durmió hasta tarde. Cuando se despertó se acercó hasta ella que leía en la
ventana y comenzó a jugar con sus pies, le estiraba los dedos buscando el “crac” de algún nudillo. Desde el sofá le sonreía divertida, le hacían cosquillas sus manos pero no soltaba el libro. No era Julio y estaba muy bien que no lo sea, sin embrago era muy él en algunos aspectos, le pareció natural, en definitiva la trilogía primigenia había ensamblado en su inconciencia una búsqueda infinita en la que se daba lugar a unos hombres y otros quedaban en borradores. Ella estaba con una bata verde cuyo cinturón le ceñía la cintura y la hacía aún más esbelta, la parte superior de la vestimenta en forma de V le dejaba parte de sus senos al descubierto, estaba sonrosada y el sol le pegaba directamente en el rostro. Él la miraba fascinado, entre acogido y superpuesto. La musicalidad de su voz era potente, que fuera antropólogo era una extensión, distinta síntesis de un Julio renovado.
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